sábado, 30 de junio de 2007

Sir Salman Rushdie

Algunas de las diferencias que existen en las sociedades humanas, como aquellas entre hombres y mujeres, embellecen la vida. Otras, en cambio, nos enfrentan con esa interminable veta oscura y maligna que llevamos dentro, como especie: a principios de junio de 2007 una muestra de dibujos de Alfonso Barbieri fue atacada por un grupo cristiano ultraortodoxo –que no reconoce a los papas posteriores a Pio XII– dirigido por un tal Julián Espina, en la ciudad de Córdoba. Un dirigente cordobés de la agrupación Acción Católica, Marcelo Raspanti, tras deplorar el ataque y establecer que no tenía relación con la iglesia católica sintetizó, en dos frases, la filosofía del control del pensamiento: “la libertad de expresión no puede faltarle el respeto a ninguna creencia o religión…” y “…si ofende, no debería permitirse la exposición…”
La libertad de expresión requiere, en muchas ocasiones, de un estómago fuerte, para digerir el discurso hediondo, sectario y estúpido. Pero sin duda alguna, puede “faltarle el respeto” a las creencias y las religiones… o no sería una “libertad”.


La vida internacional tiene una especificidad y sustancia propias, y siempre hay que estar prevenidos contra las analogías domésticas. Pero en algunos casos, lo local y lo global sólo se diferencian en la intensidad y en el poder de los actores implicados: el 18 de junio, la Corona británica anunció el otorgamiento de honores a 945 personas, por méritos diversos. Uno de ellos es el escritor anglo–paquistaní Ahmed Salman Rushdie. En los días siguientes, los cables de agencia y algunos medios locales reproducían declaraciones altisonantes y marchas de protestas en Paquistán, Irán y Egipto, entre otros lugares, en lo que se presentaba como una nueva “afrenta” al Islam.
En 1988 Salman Rushdie no era “Sir”, sino un simple escritor que publicaba su cuarta novela, Los versos satánicos, de cuyo destino ya no podría separarse. En ella había ciertas referencias a tentaciones que sufría el profeta Mahoma. En la India se generó la primera protesta, ante la solicitud de un diputado de la prohibición del libro, a lo que el gobierno de Rajiv Ghandi dio luz verde en octubre de 1988, tres semanas después de su publicación. Siguieron las prohibiciones en Bangladesh, Egipto y Sudáfrica. Pero el conflicto sobre Los versos satánicos escaló en Paquistán.
Bajo la influencia de las ideas de Mawdudi (1903–1970), los islamistas paquistaníes fueron partícipes del proceso formativo de su país –desde la secesión con la India en 1947– como el partido “Jamat al–islami” –o “Vanguardia de los creyentes”. En 1971, la secesión de Bangladesh había constituido un trauma para el nacionalismo paquistaní comparable a la Guerra de los Seis Dias para el nacionalismo egipcio. Para 1977 el general Ali Bhutto, del Partido del Pueblo Paquistaní, ya había abandonado la divisa “Socialismo, Islam y democracia”, pero igual fue derrocado por el general Zia ul–Aq. La “islamización” de las leyes paquistaníes se profundizó desde 1979, y un importante sector de la burguesía piadosa logró controlar, mediante su apoyo económico, el sistema de escuelas religiosas –o madrassas– que tuvo su explosión en la década siguiente. El control ideológico unía a religiosos y al gobierno paquistaníes
En el Paquistán de 1988, donde los servicios de inteligencia –el ISI– manejaban las finanzas de una compleja red de guerreros santos –los yihadistas– contra la ocupación soviética de Afganistán, los sectores religiosos tenían mucho peso –en particular la escuela deobandí, de la que luego derivarían los talibán que gobernaron Afganistán entre 1994 y 2002–, pero no planteaban la ruptura sino la participación en la vida política. Así, solicitaron un embargo comercial a EE.UU. para que allí también se prohibiera el libro de Rushdie. Sin embargo, el gobierno paquistaní trazó un claro límite a las protestas: cuando un grupo de musulmanes furiosos incendió el Centro Cultural Americano en Islamabad, la represión policial causó doce muertos y cientos de heridos.
Pero en Irán, en cambio, la dinastía del Sha Pavlevi había sido derrocada por un movimiento liderado por el ayatollah Rudolah Khomeini, en 1979. Khomeini fue el tercero de los grandes islamitas del siglo XX –junto con Qotb en Egitpo y Mawdudi en Paquistán–. Pero mientras Mawdudi proponía la participación política, y Qotb la ruptura desde la clandestinidad, Khomeini logró articular su movimiento para liderar los reclamos contra la dinastía persa. En la víspera de la revolución iraní, todos estaban
de rodillas ante Khomeini, como recordara la escritora española Rosa Montero sobre los socialdemócratas, socialistas y comunistas. La revolución había logrado la creación del primer Estado islámico –la República Islámica de Irán– y la extensión de la sharia –la ley islámica– era total. Pero el costo había sido enorme: la toma de la embajada de EE.UU. en Teherán brindó al régimen una enorme victoria política, al mantener rehenes estadounidenses durante 444 días, y tras el fracaso de una operación de rescate; pero entre 1980 y 1989 Irán sostuvo una guerra contra Irak por unos pueblos fronterizos. El saldo fue de entre medio y un millón de muertos iraníes. En aquellos tiempos, Saddam Hussein recibió apoyo saudita y estadounidense –Donald Rumsfeld viajó, en 1983, como enviado especial de la administración Reagan– para contener a Irán, que compensaba la superioridad táctica y operacional de los iraquíes con ataques masivos de infantería.
La controversia sobre Los versos satánicos llegó en el momento justo para el régimen iraní, que había quedado debilitado por el final de la guerra sin un claro vencedor. En Inglaterra, los sectores musulmanes habían organizado, en los meses anteriores, campañas políticas y quemas del libro de Rushdie, pero ese impulso se estaba agotando sin logros concretos. El 12 de febrero de 1989 la represión policial había culminado con las protestas en Islamabad. Tres días después, los soviéticos terminarían su retirada de Afganistán. El 14, la fatwa tomaba por sorpresa al mundo: Khomeini había dado la orden a todo musulmán de matar a un escritor que vivía en Londres –y a sus editores, por cierto–. Se había logrado colocar por encima de la distinción entre chiitas y sunnitas, y había llevado el ámbito de jurisdicción islámico hasta abarcar al planeta entero: Hitoshi Igarashi fue asesinado en Japón, en julio de 1991, por traducir el texto al japonés. Ettore Capriolo, el traductor al italiano, y William Nygaard, el editor al noruego, sufrieron intentos de asesinato en 1991 y 1993. Rudollah Khomeini murió poco menos de tres meses después de ordenar la muerte de Salman Rushdie, quien vivió oculto por las autoridades británicas durante los siguientes nueve años. Si bien la fatwa fue disputada, en su origen, por los clérigos sunnitas, y luego levantada en 1998, su sombra jamás dejó de perseguir a Rushdie, ni de definir la relación entre el integrismo islámico y la libertad de expresión.
Los ejemplos cercanos abundan: el 2 de noviembre de 2004 el cineasta holandés Theo van Gogh (47) –descendiente del hermano de Vincent van Gogh– fue asesinado por Mohammed Bouyeri, un holandés–marroquí, en Ámsterdam. van Gogh había presentado su corto “Sumisión” –tal es el significado de la palabra árabe “Islam”–, una fuerte crítica a la posición de las mujeres en el mundo musulmán. “Sumisión” fue realizado en base a textos de la activista feminista de origen somalí
Ayaan Hirsi Ali, entonces diputada holandesa.
El 30 de septiembre de 2005 el periódico danés Jyllands–Posten publicó una docena de
caricaturas sobre el profeta Mahoma. Las protestas que generaron causaron al menos 139 muertos, inflamadas por una campaña de un grupo de clérigos holandeses en los países musulmanes, e incluyeron boicots comerciales a Dinamarca y Holanda, quema de banderas y embajadas. Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah –la guerrilla chiita del sur del Líbano con fuertes y reconocidos lazos con Irán– declaró, en febrero de 2006, que estas caricaturas eran consecuencia de no haber matado a Rushdie en su momento.
En septiembre de 2006, el papa Benedicto XVI, en una alocución en una universidad alemana, deslizó una cita del siglo XIV en la que se criticaba al Islam. Las protestas se sucedieron desde Egipto, Marruecos, Somalía –donde el sheik Abubukar Hassan Malin
llamó a "cazar" al Papa, “…como se había perseguido a Salman Rushdie, el enemigo de Alah que ofendió a nuestra religión”–, Irán, Iraq, Indonesia, Malasia, Paquistán, Palestina, Turquía y Yemen. Una monja italiana fue asesinada en Somalía, y los cristianos iraquíes fueron amenazados, y sus templos incendiados por la insurgencia iraquí.
La actual protesta contra el ahora Sir Salman Rushdie se extiende por Paquistán, Egipto e Irán, puntos de origen de sendos movimientos fundamentalistas. Es muy pronto para establecer si quedará en algunas demostraciones públicas y protestas oficiales, o si se trata de las primeras gotas de una nueva tormenta –al término de estas líneas aún no se había aclarado la autoría de
dos coches bombas fallidos y un tercer vehículo en llamas en Inglaterra–.
Existen diferencias que embellecen nuestra vida, como la diversa dotación de talentos entre los hombres. A algunos, una mezcla de azar y necesidad los coloca en el lugar y el momento correctos y sus dichos devienen “clásicos”. En un discurso de 1852 de Wendell Phillips –un abogado estadounidense que fuera abolicionista y, después de la guerra civil estadounidense, defendió los derechos de los nativos y las mujeres– sintetizó un principio rector de validez universal sobre nuestras libertades:
El precio de la libertad es la eterna vigilancia.

Raúl J. Maldonado.

Ayann Hirsi Ali fue incluida, en 2005, en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de Time Magazine. Resume su historia en un duro reportaje del diario El País. En 2006 su caso –habría “mentido” para lograr asilo en Holanda en 1992– estuvo en el centro de la caída del gabinete de coalición holandés, que se quebró en torno a la cuestión de la inmigración. Entre los datos sorprendentes sobre las caricaturas de Mahoma, si bien cayeron las exportaciones danesas de productos lácteos a países árabes, el consumo de productos de lujo entre la derecha estadounidense llevó a un aumento de sus exportaciones del 17% en 2006. La cita de Wendell Phillips es atribuida, en muchas ocasiones, a Thomas Jefferson –el tercer presidente de EE.UU., quien no necesita, por cierto, citas ajenas. Es el autor de otro dictum afamado sobre las libertades: “El árbol de la libertad necesita regarse, de tiempo en tiempo, con la sangre de los patriotas y los tiranos."



viernes, 15 de junio de 2007

La Guerra de los Seis Días

Tras seis días de enfrentamiento abierto, en lo que The Economist ya denomina Guerra entre Hermanos –un elegante eufemismo para una guerra civil–, el gobierno de unidad entre al Fatah y Hamas, en la Franja de Gaza, fue disuelto. Según el portavoz de Hamas, Fawzi Barhoum, “Esta es una victoria no sólo para Hamas, sino para los palestinos. La primera liberación fue de la ocupación. Esta liberación es de las milicias de al Fatah apoyadas por nuestros enemigos.”

Valga recordar que Israel ocupó la Franja de Gaza en 1967, en la Guerra de los Seis Días, y la entregó a la Autoridad Palestina en septiembre de 2005. La complejidad de las situaciones de Medio Oriente pone a prueba la paciencia y los métodos de cualquier analista. Pero, como bien recordaba Henry Kissinger –en unas líneas que bien podrían buscar su propia exculpación–: “Los intelectuales analizan las operaciones de los sistemas internacionales; los estadistas los construyen. (…) El analista no corre riesgos. Si sus conclusiones resultan erróneas, podrá escribir otro tratado. Al estadista sólo se le permite una conjetura; sus errores son irreparables.”
La guerra –o, con mayor propiedad, el conflicto armado– es la actividad humana que representa el nivel más complejo de la interacción estratégica, en ella las “conjeturas del estadista” se pagan con sangre, sudor, trabajo y lágrimas. Lejos de las asociaciones de un no tan remoto pasado con la gloria y el honor, el siglo XX acercó, mediante la fotografía, la radio, el cine y la televisión, el campo de batalla con una inmediatez que ya no requiere el talento de un Tolstoi o un Conrad: el dolor y la muerte están allí para quien quiera verlos. Pero la casi obscena cercanía con el desarrollo y los resultados inmediatos de los combates no permite aprehender, en toda su dimensión, el fenómeno estratégico. El éxito en los niveles tácticos y operacionales no siempre se transforma en éxito estratégico. La Guerra de los Seis Días –del 5 al 11 de junio de 1967– constituyó un claro ejemplo.
Existen sencillos recuentos, y otros más complejos, de los hechos, así como de sus antecedentes y consecuencias. Pero a los efectos de este análisis, valga establecer que para fines de mayo de 1967 los oficiales de las fuerzas armadas israelíes presionaban la autorización para el ataque –llamado “preventivo” para encuadrarlo en la legítima defensa del art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas– a las tropas egipcias que se acumulaban en la frontera. Michael Oren, un reconocido autor de la derecha israelí, sostiene que el ataque fue una respuesta razonada a una escalada de agresiones de parte de los sirios y los egipcios. También sostiene la teoría de que el ataque egipcio se programó para fines de mayo, pero fue abortada por una maniobra diplomática israelí: al denunciar en EE.UU. el ataque inminente de Egipto, la consulta llegó al Kremlin –no habían pasado aún cinco años de la crisis de los misiles cubanos, y las superpotencias estaban muy pendientes de no enviar mensajes equívocos– y la Unión Soviética instó a Egipto a no tomar la iniciativa.
Menagen Begin –en aquel entonces, ministro de Defensa israelí – reconoció, en tres párrafos sucesivos de un
discurso de 1982, que aún cuando Egipto había cerrado el Golfo de Aqqaba –una vía marítima no esencial a Israel– y había realizado una concentración de tropas en el Sinaí, la decisión y la iniciativa del ataque partió del gobierno israelí. Por su parte, Moshe Dayan, en un reportaje de 1976 que se mantuvo sin publicar hasta 1997, dijo que alrededor del 80% de los incidentes previos con los sirios habían sido provocados por Israel. Éstas y otras declaraciones similares no son pruebas del cinismo de los hombres de Estado, como han dicho –a izquierdas y derechas– los defensores de las interpretaciones conspirativas, sino muestras de las complejidades de las decisiones de la política internacional, frente al sosegado juicio que brinda el tiempo.
El 5 de junio de 1967 el éxito de las fuerzas israelíes fue abrumador: en tres oleadas principales de ataque, volando bajo el radar, sus poco menos de 200 aviones de combate destruyeron más de 330 aviones egipcios –cuatro quintas partes de las máquinas y un tercio de los pilotos– y luego destrozaron a las fuerzas aéreas de Siria, Jordania e Irak. Al final del día, en términos de la propia
Fuerza Aérea Israelí, se había alcanzado la supremacía aérea en los tres frentes: en el Sinaí; en ambas riveras del río Jordán; y en las Alturas del Golán.
Esta victoria, la mayor que Israel consiguió sobre sus vecinos árabes, es un ejemplo del concepto de maniobra correlativa: en lugar de enfrentar una larga guerra de desgaste contra un enemigo superior, las fuerzas armadas israelíes concentraron su ataque en una debilidad de sus enemigos –la pobre coordinación de sus fuerzas aéreas– y lograron, en el primer día, la supremacía aérea. Tras cinco días más de combate, Israel triplicó su territorio ocupando terreno en los tres frentes –la Península de Sinaí y la Franja de Gaza; Cisjordania y las Alturas del Golán–, y ocupó la totalidad de la ciudad santa, Jerusalén. Por primera vez en 2500 años, desde la expulsión ordenada por el emperador romano Adriano, había judíos en el Muro de los Lamentos.
El impacto en el mundo árabe fue demoledor. El presidente de Egipto, Ganmal Abdel Nasser, renunció durante algunas horas. Cayeron las administraciones de Siria, Irak, Sudán y Libia. Pero el cambio más duradero no fue tan evidente: la Guerra de los Seis Días inició el declive del nacionalismo árabe, y su reemplazo por el islamismo. Ese nacionalismo, de corte socialista, había acercado a Egipto a la Unión Soviética y se había permitido, incluso, diezmar a la organización islámica de los Hermanos Musulmanes en 1955 y ahorcar al líder teórico del islamismo egipcio, Sayyid Qotb, en 1966. Pero para 1973 –cuando Egipto realizó un mejor papel militar frente a Israel en la Guerra del Yom Kippur–, los líderes islamitas insistían en que se debía a que las tropas avanzaron al grito de “Dios es grande” y no al de “Agua, Tierra, Aire” de la época de Nasser. Explicaciones más mundanas, como que Egipto había alcanzado una sorpresa operativa –la movilización israelí fue ordenada casi en el momento mismo del ataque egipcio– y una sorpresa táctica –los egipcios desplegaron los primeros misiles antitanques– fueron convenientemente dejadas de lado.
La enorme victoria de 1967 había logrado imponer la propia existencia de Israel como Estado en la agenda diplomática. Logro no menor, ya que, por lógica, el reconocimiento es el inicio, y no el término, de la acción diplomática: para 1979 el Egipto de Anwar el Sadat firmó la paz con Israel –paz por la que un grupo islamista asesinaría a Sadat dos años después–. Pero esta guerra también facilitó, para Israel, cuatro décadas de una indiscutida “relación privilegiada” con EE.UU. Si esa relación fue de beneficio recíproco, y la existencia y alcance del “lobby pro–israelí” fueron los ejes de la famosa polémica que, en la Harvard Law School, sostuvieron entre marzo y septiembre de 2006 los profesores de ciencias políticas
Stephen Walt y John Mearsheimer y el profesor de leyes Alan Dershowitz. Uno de los pocos puntos en común fue la importancia de la Guerra de los Seis Días como término inicial.
Pero también se generaron costos. La península de Sinaí fue devuelta entre 1979 y 1982, la Franja de Gaza y parte de Cisjordania, en 2005. Las Alturas del Golán siguen ocupadas por Israel, pendiente de resolución de conflictos con Siria. El último informe de Amnesty International sobre el
costo humano de la ocupación, es lapidario, y critica las restricciones a la circulación, el ataque a las personas por parte de los colonos, el destrucción de casas y otras propiedades y el muro de Cisjordania.
Lo que sorprende de Medio Oriente es la resistencia del conflicto a agotarse. En parte, la explicación puede encontrarse en la Guerra de los Seis Días. Desde el punto de vista israelí, el desmesurado éxito del primer día –los israelíes perdieron sólo 19 aviones, es decir, menos del 10% de su fuerza, por eliminar del conflicto a sus homónimas de cuatro países– y la posterior ocupación de toda Jerusalén fortalecieron a los sectores más duros de la política israelí. Sin embargo, como decían David Makovsky y Eran Benedeck en 2003, en
The 5 per cent solution, sólo el 5% de los colonos israelíes se ha asentado en los territorios ocupados en 1967. Sorprende el número ya que la presencia mediática de esos grupos hace presumir una mucho mayor importancia.
Pero así como Israel no puede abandonar su aura de invencibilidad –a pesar de las claras limitaciones que mostró en 2006 frente a Hezbollah–; tampoco los palestinos pueden evitar iniciar su propia guerra civil aún antes de haber viabilizado su primera experiencia de autogobierno.
Una victoria no tan aplastante en los niveles tácticos y operativo tal vez hubiera permitido –con la salvedad de que se trata de un análisis contrafáctico– una solución mucho más rápida y sencilla del problema de
los refugiados palestinos. Pero el excesivo éxito evitó cualquier posibilidad de un rápido compromiso. Aún más, para muchos analistas la resolución de tomar Jerusalén fue tomada a medida que avanzaba el combate. Tal es el peso de los acontecimientos. Quedan por fuera de este análisis multitud de cuestiones –la Resolución 242 de la ONU, el ataque al USS Liberty, las imputaciones de apoyo combatiente y no combatiente a EE.UU. y a Inglaterra, la conformación de los grupos palestinos, las cuestiones de insurgencia y terrorismo, y un largo etc.–. Pero el hecho subsiste: la Guerra de los Seis Días fue el evento más influyente en la conformación del actual Medio Oriente. Cuarenta años después, la región aún vive atrapada en los ecos de aquellas batallas o, lo que es lo mismo, lejos de la paz.

Raúl J Maldonado.

La cita de Kissinger corresponde a La Diplomacia, México, FCE, 1995, pág. 29. Para Walt y Mersheimer, el apoyo de EE.UU. a Israel había excedido con creces las ventajas, y la diferencia estaba en la cuenta del “lobby pro–israelí” –una coalición laxa de cabilderos de diversa orientación, que incluye sectores sionistas duros, fanáticos religiosos como Jerry Falwell e intereses industriales–. Alan Dershowitz, un polemista habitual, aún hoy detenta el record de ser el profesor más joven jamás nombrado en Harvard. Fue partícipe de muchos casos de alto perfil mediático, como el juicio a O.J. Simpson en 1994. En 2002 defendió la aplicación de la tortura en su artículo "Want to torture? Get a warrant". Construyó su argumento contra Walt y Mersheimer sobre la imputación de antisemitismo. Sobre la polémica del lobby proisraelí, puede verse el informe especial de Foreign Policy de julio/agosto 2006.



viernes, 1 de junio de 2007

Actualización de las mil visitas

Habiendo pasado la arbitraria barrera de las mil visitas, parecería un buen momento para una actualización de algunos de los contenidos de “Asuntos Externos” en estos 60 días:

Nuestro “24”
Una –no tan– insólita derivación del formato de esa serie se vivió en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la campaña para jefe de gobierno, disputada entre el actual jefe de gobierno, Jorge Telerman –al frente de una coalición de centro–; Daniel Filmus –ministro de Educación, el candidato del gobierno nacional– y Mauricio Macri –favorito en las encuestas, con una coalición de fuerzas de derecha bien financiadas y vinculadas a los medios–.





Tras la esperada cuota de discursos vacíos, carteles y demostraciones –en cámara– de buen gusto, moderación y sensibilidad social, el final de la campaña de Macri fue la “Maratón 24 horas de propuestas”. La similitud con las “Maratón 24” de la cadena Fox –emisiones de entre 6 y 24 capítulos seguidos– no es, ni puede ser, accidental: no hay decisiones triviales en una campaña electoral. ¿Por qué elegiría Mauricio Macri asociarse a la imagen de Jack Bauer? ¿A qué electorado apunta? En EE.UU., los candidatos republicanos no repudiaron la tortura en escenarios de bomba de relojería. Excepto John McCain, quien fue prisionero de guerra en Vietnam por cinco años y sabe, por experiencia, de qué se hablaba. Lo demás, por cierto y como dice Sandra Russo, son galletitas para monos.
Carlos Fuentealba
El asesinato de un maestro estuvo presente en los medios durante algunos días. El gobernador de Neuquén, Jorge Sobisch, realizó su propia versión del canto del cisne: decidido a morir matando, el 9 de abril presentó una larga solicitada llamada Carta a los Argentinos, donde reclamaba un “profundo debate” sobre las formas de la protesta social en la Argentina. Que no haya mencionado por su nombre a Carlos Fuentealba no se debió al pudor, ni al respeto a la investigación judicial. Es, tan sólo, una muestra más de un discurso y una práctica políticos que no sólo penalizan la protesta social, sino que racionalizan el asesinato por razones políticas en el altar del cumplimiento de la ley. Y según sus propios dichos, lo volvería a hacer. El próximo domingo, 3 de junio, también habrá elecciones en Neuquén. El Movimiento Popular Neuquino –el partido de Sobisch– intentará retener la gobernación, habiendo ganado cada elección desde 1961.

Kurt Vonnegut
El negocio editorial ha respondido a la melancolía de sus viejos lectores, y las obras de Vonnegut pueden encontrarse con mayor facilidad. Bush y Dick siguen en sus puestos, intentando explicar por qué invadieron un país como forma de combatir a una red terrorista que poco tenía que ver con el tal país invadido. Pero cuando las preguntas molestan, como por ejemplo sobre el uso de datos de inteligencia antiguos en la lucha contra al Qaeda, don Arbusto puede contestar, tras un mar de lugares comunes, "Son una amenaza para tus hijos, David", como ocurrió hace pocos días en una conferencia de prensa en Washington. Existía un consenso pacífico, en la política estadounidense, sobre no preguntar por la vida familiar de los funcionarios. John Dickerson se ha preguntado, con razón, si no es hora de empezar a preguntar sobre hijas alcohólicas o lesbianas, en consecuencia. Kurt Vonnegut hubiera adorado tal posibilidad.

El financiamiento de la guerra de Irak
La administración Bush logró imponerse, mediante el veto presidencial, a los díscolos legisladores que querían establecer un calendario de retiro de las tropas: Bush realizó con gran estilo un nuevo apretón en su soga al cuello: al rechazar la opción de “cortar y correr” –o “cut and run”– sólo le queda la de ganar con las tropas y recursos que ya ha desplegado. En Irak, mientras tanto, la cuenta regresiva al infierno se acelera: Irak Body Count ya ha contabilizado entre 64.664 y 70.815 civiles muertos desde la invasión, y empeorando. La insurgencia iraquí mejora sus tácticas de combate, de emboscadas, uso de cohetes, etc. Vaya sorpresa, Irak es considerado el país más inseguro del mundo por la Economist Intelligence Unit, la sección de investigación de la prestigiosa The Economist, en su Global Peace Index.

Luis D´Elia
Sin haber aclarado si arregló su calefón, Luis D´Elia brindó declaración en tribunales en la investigación del atentado a la AMIA. Ratificó su idea de la pista israelí, resaltó inconsistencias –aunque no se aclaró si eran las suyas propias, u otras más– y explicó su demora en brindar argumentos –ya que no pruebas– dado que las condiciones geopolíticas “habían variado”, y EE.UU. tenía, ahora, la intención de invadir Irán. Como maniobra de distracción, varios días después se realizó una reunión cumbre entre Irán y EE.UU., la primera en casi 27 años, donde se discutieron cuestiones de la insurgencia iraquí y el programa nuclear iraní.

Este tema sigue siendo ajeno a la corriente principal de los medios locales, amparados en que la ortodoxia católica espera la decisión del Papa Benedicto XVI de volver a dar misa en latín, para reforzar la imagen de la Iglesia como mediadora entre la deidad y el creyente. La disputa entre evolucionistas y creacionistas, en EE.UU., ha derivado en un intercambio de chistes educados que, con la traducción y fuera de contexto, pierden mucha gracia. Cuando los evolucionistas dicen cosas como: “¿Cuántos creacionistas se requieren para cambiar una lamparita? Ninguno, porque prefieren quedarse en la oscuridad”, los creacionistas responde con “Ninguno, porque en los últimos días Dios proveerá lamparitas para Sus elegidos…” Ambos grupos disputan ahora sobre el significado de las carcajadas de los evolucionistas a esta última frase.
Mientras un blog mexicano insiste en la teoría de que Tinky Winky asesinó a Jerry Falwell “a carterazo limpio”, en un registro menos divertido la Defensora de Menores del gobierno polaco amenazó con una evaluación psiquiátrica al personaje para determinar si fomenta la homosexualidad, aunque la resistencia de la Unión Europea a tamaña tontería fue inmediata.
Raúl J. Maldonado

domingo, 27 de mayo de 2007

El fin del Imperio Neocon

“Aquella noche oí explicar a un coronel la guerra en términos de proteínas. Nosotros éramos una nación de cazadores carnívoros con muchas proteínas, mientras que los otros sólo comían arroz y roñosas cabezas de pescado. Íbamos a matarlos a garrotazos con nuestra carne." Así recordaba Michael Herr alguna de las charlas de los días previos a la ofensiva Tet, en Vietnam –el ataque coordinado a más de treinta ciudades en Vietnam del Sur, entre enero y abril de 1968, que constituyó un fracaso militar y un éxito político de primera magnitud para Vietnam del Norte–.
"¿Qué podías decir salvo «usted está loco, coronel» Era como aparecer en mitad de una lúgubre comedia manicomial en la que el tonto tuviera todos los papeles.” Hace pocos días, The Economist reseñó la investigación de Robert Dallek sobre las relaciones, en aquella época, entre el presidente Richard Nixon y su asesor de seguridad nacional y luego Secretario de Estado, Henry Kissinger –dos importantes protagonistas de la comedia manicomial de aquellos tiempos–. Del análisis de más de 2.800 horas de grabaciones de conversaciones en la Casa Blanca, surge la imagen de dos hombres a los que no les importaba el costo en vidas de sus decisiones, sino tan sólo si podían perjudicarse el uno al otro. Lejos de sorprender, estas revelaciones deben recordarnos hasta qué punto la política exterior es, en última instancia, una actividad humana, sujeta a las miserias, limitaciones y grandezas que compartimos como especie.
El final de aquella guerra, en cualquier caso, no implicó el telón para la comedia manicomial, sino tan sólo un cambio de actores. El movimiento neoconservador, nacido a finales de los años setenta, y abroquelado bajo autores como Irving Kristol y Norman Podhoretz, se desarrolló hasta llegar a ser un actor importante en la coalición que llevó al poder a George W. Bush en las elecciones de 2000. Pero fueron los atentados del 11–S los que les permitieron llevar adelante su programa en su máxima expresión: tras décadas de paciente prédica, los neocon aparecían como el único grupo, dentro de la vida política estadounidense, con un plan con apariencia de brindar una salida al desafío de al Qaeda: promover la democracia y la libertad de mercado como un mandato moral absoluto para EE.UU.
De esta premisa inicial pueden deducirse las otras notas del proyecto neocon: la predilección por las coaliciones flexibles, e incluso la acción unilateral, en lugar de los grandes cuerpos multilaterales como la ONU; la utilización expansiva del aparato milita y la preferencia por el ataque preventivo, frente a la prohibición de la guerra de agresión. No fueron extraños a la manipulación de la opinión pública: las míticas armas de destrucción masiva iraquíes, y el nexo de Saddam Hussein con al Qaeda y el 11–S fueron las banderas bajo las cuales movilizaron la invasión.
La celeridad con la que lograron imponer su agenda política sorprendió a tirios y troyanos: entre 2001 y 2005 aparecían como un grupo capaz de avasallar toda oposición, e imponerse sobre toda la vida política de EE.UU. –y, por extensión, del mundo–. Durante 2003, incluso, en el mundo de habla hispana se los llegó a catalogar como una secta religiosa que controlaba la Casa Blanca. El equívoco puede rastrearse hasta un artículo de Alfredo Jalife–Rahme para La Jornada, de México, en mayo de 2003, “
Seymour Hersh expone a la secta esotérica que controla la Casa Blanca”, donde reseñan un artículo en Hersh en The New Yorker. Culmina caracterizando a los neoconservadores “…como miembros de una “Cábala” que posee un conocimiento secreto al que sólo pueden acceder unos cuantos…” Varios párrafos después los trata de “la secta bélica y esotérica paleo–bíblica de La Cábala” y los fanáticos paleobíblicos”. En notas subsiguientes, “…la secta esotérica de iluminados profetas paleobíblicos que domina la Casa Blanca…” y de allí, la referencia se volvió una verdad revelada –si se permite la expresión– en el progresismo de habla hispana.
Sin embargo, volviendo a la fuente, el artículo original de Hersh trata sobre la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, creada por Paul Wolfowitz –él, si, un neoconservador– Subsecretario de Defensa en ese entonces, y quien hace pocos días terminó su paso por el Banco Mundial por un escándalo de corrupción vinculado a ascensos de su novia. Esta oficina se creó con un propósito concreto: realizar el análisis de datos de inteligencia bajo la doble premisa de la existencia de las armas de destrucción masiva en Irak y el vínculo entre al–Qaeda y Saddam Hussein. Ambos argumentos fueron utilizados para justificar la invasión de Irak en 2003. Y sus miembros, según Hersh, se llamaban a sí mismo, en tono casi burlón, “the Cabal”, término que, en inglés, hace referencia a un grupo de personas unidas para llevar adelante una agenda política, y que carece, por cierto, de toda la connotación esotérica que tiene en español. Desde el siglo XVII se utilizaba, en Inglaterra, para hacer referencia a reuniones no oficiales de grupos de ministros del Rey, en particular en lo relativo a política exterior. Y en apoyo de esta visión, el artículo de Hersh no hace mención alguna de secta o iniciaciones: se refiere a la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, a su lucha por imponer su agenda política sobre otras agencias de inteligencia; a las fuentes de información sobre los programas de armas de destrucción masiva iraquíes; etc.
Los neocon protagonizaron, como grupo político, su propia versión de la comedia manicomial: enviaron una significativa fuerza expedicionaria a imponer la democracia –y la libertad de mercado, de la que por supuesto hubieran obtenido suculentas ganancias, además de las vinculadas a la guerra en si misma– en Irak. Los iraquíes no se levantaron en regocijo tras la derrota del régimen de Saddam Hussein, mientras que la insurgencia empezó a extenderse y fortalecerse, al ritmo al que crecían los enfrentamientos sectarios y el país se deslizaba hacia la guerra civil. La democratización por vía de la ocupación militar se ha demostrado como una tarea más allá del poder estadounidense. El fracaso de esta fuerza expedicionaria no sólo debe medirse por el alejamiento de las perspectivas de paz en Medio Oriente. El despliegue de esta fuerza expedicionaria ha implicado, también, la puesta a prueba de la noción de una nueva política imperial: tal era la consecuencia de la agenda política neoconservadora. Precisando, no se trataba de promover o fortalecer las relaciones de vinculación o explotación económica, lo que es común denominar “imperialismo”. Se trataba de la demostración de que no existía alternativa a EE.UU. dado que contaba no sólo con los medios sino también con la voluntad de imponer criterios y políticas en cualquier lugar y en cualquier momento.
Este es el proyecto neocon que ha fracasado. Hace poco más de dos semanas
Geoffrey Wheatcroft realizaba un relevamiento de ominosas señales: la impaciencia de muchos estadounidenses para que termine el mandato de Bush; la pérdida del control del Poder Legislativo; la caída del primer ministro británico Tony Blair; la declaración del líder de la mayoría, Senador Harry Reid, de que la guerra de Irak está perdida; el despido de Paul Wolfowitz del Banco Mundial; el Senado interrogando a Alberto González –el Fiscal General que suscribiera, en 2002, un memorando intentando legalizar la tortura–; para concluir: “Y todo esto ilustra la impenitente arrogancia de la gente que ha guiado el destino de EE.UU. (...) por los últimos seis años. Lo que se siente con tanta agudeza son las condiciones de crecimiento de una perfecta tormenta política, que engullirá y destruirá todo el proyecto neoconservador.”
Jacobinos de la derecha estadounidense de inspiración fascista, promotores de una pax americana sostenida por armas guiadas por láser, grandes campeones de las guerras culturales de la prensa estadounidense, los neocon han aprendido, por el camino duro, que no existen recetas sencillas en política internacional. Claro que, mientras el fiasco iraquí se lleva su sueño imperial al arcón de los malos recuerdos políticos, otros serán los encargados de pagar los costos de su visión simplista de la política internacional.

Raúl J. Maldonado.

Michael Herr fue corresponsal de la revista Esquire, destacado en Vietnam entre 1967 y 1968. Sus memorias fueron publicadas en 1976, bajo el título “Dispacthes” –la cita corresponde a su edición en español, Despachos de Guerra, Barcelona, Anagrama, 2001, pág. 63–. Sus visiones de la guerra de Vietnam resultaron en su colaboración en dos clásicos del cine, “Apocalipsis Now”, con Francis Ford Coppola, y “Full Metal Jacket”, con Stanley Kubrick. En ambas se reconocen escenas enteras de “Dispatches”. Seymour “Sy” Hersh es una institución del periodismo estaounidense: denunció la masacre de My Lai, en Vietnam, en 1968; el programa nuclear israelí; y las torturas a prisioneros en la prisión de Abu Ghraib, en 2004. Sobre el papel de los neocon en la etapa 2001–2005, puede verse CORIGLIANO, Francisco,
Amenazas, seguridad nacional y política exterior, en Criterio, mayo 2007.

jueves, 17 de mayo de 2007

Jerry Falwell: Dinosaurios en el Arca de Noe

Casi sin repercusión en los medios locales, falleció Jerry Lamon Falwell. Fue un pastor evangélico, formado desde la escuela en una visión radicalizada del cristianismo, que a los 22 años inició su ministerio en su ciudad natal, Lynchburg, en el estado de Virginia, donde murió a los 73 años. Construyó su iglesia, que hoy cuenta con 22.000 fieles, recorriendo su barrio casa por casa y vecino por vecino. Pero se hizo conocido al presidir, desde 1979, la organización “Mayoría Moral”, que apoyaba la candidatura de Ronald Reagan para la presidencia. Había dicho, en un sermón de 1976: “La idea de la que la religión y la política no se mezclan fue inventada por el Diablo para impedir que los Cristianos gobiernen su propio país”.
El apoyo no era meramente declamativo: se trataba de unir la militancia religiosa y la política, y plantear como “deber de cristiano” interesarse en las mundanas cuestiones de quién y para qué presidiría el país. “Mayoría Moral” fue creada con el propósito expreso de registrar votantes, conseguir fondos para los candidatos y, en líneas generales, unificar el espectro de la derecha religiosa, y fue disuelta en 1989, habiendo alcanzado con creces sus objetivos. Falwell, como Billy Graham, Pat Robertson, Gary Bauer y un número de figuras religiosas más pequeñas, representaban a, y supieron enancarse en, aquella masa de ciudadanos del sur y el centro de EE.UU. para los que las costas este y oeste, liberales y cosmopolitas, eran decadentes y peligrosas promotoras del aborto, la igualdad de derechos de las minorías, la cultura de las drogas, la aceptación de la homosexualidad, etc., y eso era más de lo que estaban dispuestos a tolerar. Falwell supo construir un imperio tocando esa sensibilidad del conservador estadounidense. Sin olvidar la noción subyacente de supremacía blanca, siempre presente en formas más o menos embozadas. Así, en 1984, en una reunión en Denver, el magnate de la cerveza William Coors –amigo personal y gran contribuyente de los proyectos de Falwell y Robertson– dijo a un grupo de hombres de negocios de color: “Una de las mejores cosas que [los mercaderes de esclavos] hicieron por ustedes fue traer encadenados a vuestros antepasados.” Prosiguió, luego, hablando sobre la economía de Zimbawe, débil por “…la falta de capacidad intelectual de los africanos.”
Por supuesto, era un ferviente anticomunista. Así, en 1985 –mientras se discutían sanciones económicas contra el apartheid– viajó a Sudáfrica, y volvió diciendo que la segregación “eventualmente” terminaría y que, en cualquier caso, había sido “exagerada” por los medios liberales de EE.UU. Veía la defensa del régimen del presidente Botha como necesaria para evitar que el país se transformara en un “títere comunista”, y dijo del obispo anglicano –y ganador del Nobel de la Paz– Desmond Tutu que era “un fraude”.
Falwell perdió varias demandas por su prédica contra el movimiento gay y contra la libertad de prensa –en particular, contra Larry Flint, cuando la revista Hustler lo publico como protagonista de una parodia de una propaganda de Campari–. Su obsesión contra el movimiento gay llegó a extremos sorprendentes, como cuando dijo –en 1999– que el personaje “Tinky Winky”, de la serie infantil “Teletubbies”, promovía valores gay dado que era violeta y usaba un bolsito.
Provocador, afecto a la hipérbóle, supo mantenerse dentro del espectro de los medios masivos para movilizar su mensaje: en septiembre de 2001 dijo, en el popular programa televisivo evangélico “The 700 Club”, de Pat Roberson, que EE.UU. era una nación inmoral abandonada por Dios, lo que había permitido los ataques de Osama ben Laden: “Realmente creo que los paganos, y los abortistas, y las feministas, y los gays y las lesbianas que activamente tratan de hacer de eso un estilo de vida alternativo, la
ACLU, la People for the American Way –todos los que han tratado de secularizar a América–; yo apunto mi dedo ante ellos y digo “ustedes ayudaron a que esto pasara”.
A fines de septiembre de 2002 se hizo acreedor a una fatwa condenándolo a muerte, del ayatollah iraní Alí Khamenei, por decir, en el programa televisivo “60 minutos”: “Pienso que Mahoma era un terrorista. He leído suficiente tanto de musulmanes como de no musulmanes [para decidir] que era un hombre violento, un hombre de guerra.”
Esto nos lleva a una de las características más sorprendentes de este personaje. Tan pronto murió, los panegíricos se sucedieron en la prensa estadounidense sin solución de continuidad. Entre ellos, uno de los más discutidos fue, en el Washington Post, el del historiador
Jonathan D. Sarna, con el título “Un amigo de Israel, un enemigo de los antisemitas”. Porque Falwell tiene, en su haber, declaraciones tan contradictorias como “Quien está en contra de Israel está en contra de Dios” (en 1979, al fundar la “Mayoría Moral”) y “…muchos evangelistas creen que, por necesidad, el Anticristo será un varón judío…” (en 2002). Hasta la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo era virulento en personajes conservadores, como el reverendo y comentador radial Charles Coughlin. ¿De dónde surge el apoyo tan irrestricto al Estado de Israel que mostraba Falwell y que muestra, en general, la derecha religiosa estadounidense? ¿De la creencia en la libre determinación de los pueblos? ¿De alguna forma de culpa colectiva respecto a no haber hecho lo suficiente para evitar el Holocausto? No.
La respuesta es el llamado “dispensalismo milenarista”. En muchos círculos pentecostalistas y fundamentalistas cristianos, existe la creencia de que la completa restauración de la nación israelí debe ser previa a la segunda llegada de Cristo. Luego sobrevendrá algo denominado “el Rapto”: los justos –cristianos evangélicos de virtud intachable– serán llevados, de un momento al otro, a esperar en el Paraíso el final de la “Tribulación”, un período de ascensión del Anticristo seguido por 7 años de una guerra total que culminará cerca del Monte Meggido, en Israel –o Armageddón–. Tras la derrota del Anticristo, los justos y los que hayan encontrado la salvación durante el período de la “Tribulación” vivirán un milenio de paz y armonía. Esta creencia no es común a todos los protestantes, ni tiene su aval en todos las versiones bíblicas, pero era artículo de fe para Falwell. En esa interpretación bíblica, “Israel” abarca regiones de Jordania, Egipto, Siria y, por supuesto, todo el territorio palestino.
Pero quizá su contribución más duradera a la religiosidad estadounidense haya sido la fundación, en 1971, de la
Liberty University, en Lynchburg, en cuya oficina de dirección lo encontró la muerte. La institución ha formado unos 20.000 estudiantes en los últimos cinco años, según sus propios dichos, bajo severos códigos de vestimenta y de conducta, que prohíben tanto las minifaldas como fraternizar con consumidores de alcohol… y, por supuesto, consumir pornografía o cualquier otro material de sexualidad explícita, tanto dentro como fuera del campus. En 2005, un grupo de estudiantes de Lynchburg fue arrestado en la Universidad, en la primera parada de lo que llamaron la Equality Ride por ingresar sin permiso para hablar con los estudiantes sobre esas políticas homofóbicas.
Sin olvidar, por supuesto, el asunto del “creacionismo”: Liberty University defiende la idea de que la Biblia, y en particular los primeros capítulos del Génesis, entendidos de manera textual, permiten realizar la datación necesaria de toda la historia del planeta que abarcaría, en total, menos de 10.000 años. Al punto que, incluso, se ha manifestado que existirían “pruebas” de la presencia de dinosaurios en el Arca de Noé… incluyendo el esqueleto de un diplodocus que se encontraría en el campus de Liberty University –lo que no sería extraño– datado 3.000 años atrás –lo que si es sorprendente en un dinosaurio, aunque quizá no sorprenda a Susana Giménez–. En la presentación de su libro “The God Delusion”, en otra universidad de Lynchburg, el ácido biólogo británico
Richard Dowkings –conocido por su posición en defensa del ateísmo–, tras discutir sobre este "reciente" dinosaurio, terminó diciendo “…mi consejo para todos los estudiantes de Liberty es que renuncien inmediatamente e ingresen, en cambio, a una universidad apropiada.”
Algunos hombres están en el momento justo para encarnar movimientos sociales. Con Falwell la derecha religiosa estadounidense pierde uno de sus campeones, pero sería difícil menospreciar los extraños logros de su vida. En su alianza con los grupos neocon –constituidos, en su mayoría, por judíos y católicos, ex militantes demócratas, socialistas o trotkistas que se volvieron “conservadores”–, los grupos que Falwell representaba lograron tener un enorme poder dentro de la Casa Blanca bajo la administración Bush. Y si bien los neocon se encuentran en retirada –al menos momentánea– por el fiasco iraquí, el avance de la derecha religiosa no se ha detenido.
Ahora, ¿qué diferencia a estos de otros fanáticos religiosos, digamos el mullah Omar u Osama bin Laden? Fuera de la sociedad en la que crecieron, nada, por supuesto. Ambos grupos creen en una visión literal de sus textos sagrados, y los utilizan como guía política. Ambos grupos combaten la homosexualidad, el aborto y la liberación femenina, y están en contra de la larga tradición occidental de libre investigación científica, democracia, publicidad y revisión de los actos de gobierno, etc. Ambos militan para una conversión universal de la especie humana a su credo salvador. En síntesis, son mucho mayores sus semejanzas que sus diferencias. Cuando Osama ben Laden habla de la obligación del musulmán de combatir a “judíos y cruzados”, y cuando George W. Bush habla de un “eje del mal”, están tocando la misma cuerda del fanatismo religioso.
Es común que cada movimiento social se inicie con uno o más líderes carismáticos, para luego ser reemplazados –cuando subsisten– por organizaciones. Bajo esta visión, es difícil que la derecha religiosa vuelva a producir un personaje como Falwell. Pero su muerte no es el final de una era, sino tan sólo otra ocasión para reflexionar sobre los riesgos que corren, y los ataque que enfrentan, las libertades que damos por sentadas con tanta facilidad y frecuencia, olvidando que siempre hay algún "Jerry Falwell" esperando para limitarlas.

Raúl J Maldonado.

La cita de William Coors puede hallarse en LAURENT, Eric, El mundo secreto de Bush, Barcelona, Ediciones B, 2004, pág. 99. Sobre el “dispensalismo milenarista”, puede verse MARTIN, William, The Christian Right and American foreign policy, en Foreign Policy, spring 199, pág. 62 y ss. Sobre las visiones del “Rapto” y la “Tribulación”, puede verse, en la propias palabras de Falwell, en CNN still fixated on Apocalypse predictors, still ignoring alleged invitation to White House, Capitol Hill, uno de la serie de tres reportajes que, en ocho días, mantuvo la cadena CNN en ocasión de la última guerra entre Israel y el Líbano, en agosto de 2006. Sobre el viaje de 1985 a Sudáfrica, An Unholy Uproar en Time Magazine. Sobre la relación entre el líder carismático y las organizaciones, puede verse GALBRAITH, John, The Anatomy of Power. Y respecto tanto a la génesis de la frase “el eje del mal” como a la relación entre milenaristas y neoconservadores, la excelente síntesis de Bernardette Rigal–Cellard, en Criterio, febrero de 2004, El presidente Bush y la retórica del eje del mal.


domingo, 13 de mayo de 2007

Gustavo de Arístegui: Niebla de guerra

¿Cómo valorar, en 2007, la decisión de invadir Irak? La invasión, implementada en 2003, fue decidida, en rigor, en noviembre de 2001, cuando el presidente George W. Bush preguntó a su Secretario de Defensa, Donald Rumfeld –y éste, a su turno, al general Tommy Franks– sobre el estado de los planes para un despliegue en Irak que implicara un cambio de régimen –vale decir, entrar y acabar con Saddam Hussein–. En 2007, después de cuatro años de ocupación militar por una coalición guiada por EE.UU., el resultado parece ser claro en dos sentidos: la potencia hegemónica ha sido humillada por la insurgencia iraquí; y el país invadido se desliza hacia una guerra civil de sufrimientos enormes y resultado incierto.


Hace pocos días estuvo en Buenos Aires el vocero parlamentario para asuntos internacionales del Partido Popular español, Gustavo de Arístegui. Un político agradable y educado, de Arístegui es autor –o al menos, responsable– de un blog en el que desgrana, con estilo bello y cuidado, sus años de experiencia diplomática y su conocimiento personal de muchos personajes de Medio Oriente. Pero en el blog se impone, en definitiva, la profesión, y la crítica ácida al gobierno de Rodríguez Zapatero convive con la defensa irrestricta de la invasión a Irak. Y hacia allí se orienta ese análisis: en una entrevista a un medio local, de Arístegui resumió la defensa de la invasión que ya había adelantado, en días previos, en su blog. Vale detenerse un momento a resumir los ejes de la defensa de la invasión:
1) La “comunidad internacional” estaba convencida de la existencia de armas de destrucción masiva;
2) La participación de las tropas españolas se limitó a la etapa de la “reconstrucción”;
3) La distinción en el manejo de la invasión y el de la posguerra.
Por una razón expositiva, tomemos primero los puntos finales. No ha existido tal cosa como “etapa de reconstrucción” en Irak. Desde la finalización de “las operaciones principales”, que George W. Bush anunciara con tanto fervor el 1° de mayo de 2003, la situación de seguridad no ha hecho sino empeorar de manera sostenida. Que existan esfuerzos puntuales de reconstrucción de las redes de infraestructura devastadas por años de descuido o por la guerra; o que florezcan nuevas industrias como la telefonía satelital, no implica que pueda hablarse de una situación de “reconstrucción”. Y la distinción entre “invasión” y “posguerra” es, en el educado léxico diplomático, una crítica a quien fuera dos veces Secretario de Defensa de EE.UU. –y el más joven y el más viejo en ocupar el cargo–, Donald Rumfeld. Existe una fuerte corriente de críticas desde el momento mismo de la invasión, que hacían notar que el despliegue de tropas –entre 130 y 160 mil, según los momentos, más un número no contabilizado de mercenarios bajo la figura de “empresas privadas de seguridad” o similares– no era suficiente habida cuenta las experiencias previas de operaciones de pacificación –en particular, las que implicaron cambios de regímenes, Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial–. Pero, para exculpar a una administración –en el caso, la administración Aznar– del error de ir a una guerra ilegítima, injustificada y destinada al fracaso, se requiere algo más que encontrar un chivo expiatorio.
Y es allí donde de Arístegui muestra a fondo su oficio, en una doble maniobra discursiva en la que diluye la responsabilidad del partido al que representa, al proponer que “la comunidad internacional” creía en la existencia de las armas de destrucción masiva iraquíes, con una particular referencia a la Resolución 1.441 (2003) del Consejo de Seguridad de la ONU, y su frase “…que Irak ha incumplido sus obligaciones… entre ellas la Resolución 687 (1991)…” Ahora bien, aquí caben dos precisiones. La primera, no existe tal cosa como una “comunidad internacional”. Al menos, no existe como término teórico independiente y unívoco, ya que, ¿a quienes incluye? ¿A los funcionarios con adscripción profesional al tema? ¿Sólo los jefes de Estado y los Cancilleres? ¿Los simples ciudadanos que, como ejemplo urbi et orbi, se manifestaron en forma previa contra la invasión? ¿Las asociaciones profesionales, las empresas multinacionales, las organizaciones no gubernamentales? ¿Los analistas y los periodistas especializados? Ya una definición de un “analista internacional” sería de una complejidad creciente, la de una “comunidad internacional” es casi imposible.
La segunda precisión, el incumplimiento de una o más Resoluciones del Consejo de Seguridad no es lo mismo que la posesión de un arsenal de armas de destrucción masiva. Es cierto que, bajo órdenes de Saddam Hussein, Irak utilizó armas químicas tanto en la guerra contra Irán –1980–1988– como en su campaña contra los kurdos –1987–1988–. No menos cierto es que, a pesar de las denuncias y las tentativas de sanciones –en particular, la “ley contra el genocidio” que propuso Peter Galbraith, y que recibió el apoyo de los senadores Pell y Helms y una votación favorable en el Senado, antes de caer bajo la presión de, entre otros, los cabilderos agrícolas: Irak compraba un cuarto de la producción de algodón de Arkansas, y un millón de toneladas de trigo estadounidense–, poco o ningún costo soportó Saddam Hussein por las matanzas masivas, la deportación y la tortura que tomaron la vida de entre cien y ciento ochenta mil kurdos entre 1987 y 1992. Y que de poco sirvieron las denuncias sobre, al menos, 49 ataques con gas mostaza, tabul, sarín y, eventualmente, VX y aflotoxinas, ni que el ataque a la ciudad de Halabja, entre el 16 y el 19 de marzo de 1988, haya constituido el primer caso en la historia del uso de armas químicas contra una población civil –no el último, por desgracia–.
Pero después de la fallida invasión a Kuwait, en 1990, entre los blancos de las semanas de bombardeo sostenido que precedieron a las 72 horas de combate terrestre se encontró buena parte de la infraestructura militar del régimen de Bagdad. Al sofocar los levantamientos de los kurdos en el norte, y los chiítas en el sur, en marzo de 1991, las tropas de Iraq no utilizaron armas químicas. Y la posterior misión de la ONU para verificar la destrucción tanto de armas químicas como de sus vectores se ha mostrado, en definitiva, como exitosa: la invasión de 2003 no sólo no las enfrentó en el campo de batalla, sino que tampoco ha logrado encontrar luego –a pesar de una búsqueda exhaustiva– ninguna evidencia de las armas denunciadas por la administración Bush. Vale decir, volviendo a la doble maniobra discursiva de de Arístegui: hubiera sido más correcto decir que “…algunos actores de la comunidad internacional estaban convencidos de que existían unas armas de destrucción masiva que nadie encontró…” antes que, “…la comunidad internacional creía…”
¿Cuál era la fuente de esa “convicción” en la existencia de las armas de destrucción masiva iraquíes? de Arístegui recurre, en definitiva, a dos conceptos útiles en el análisis internacional.
Por un lado, el enfoque neorrealista del equilibrio de amenazas, que desarrollara, entre otros, Stephen Walt. Frente a la teoría realista clásica, que presuponía que los Estados–nación –únicos actores relevantes– actuaban en forma racional para obtener sus objetivos de maximizar el poder nacional, Walt propone una visión más flexible, y si se quiere, subjetiva: los actores del mundo internacional actúan contra lo que perciben como amenazas… con independencia de que las constituyan o no. Así, el régimen de Saddam Hussein, al obstaculizar de manera sistemática las misiones de control de la ONU sobre sus programas de armamentos –con el argumento de que en tales misiones se habían infiltrado equipos de inteligencia occidentales– no hacía más que mantenerse como un poder amenazante frente a sus vecinos y las potencias mundiales, lo que habría justificado la creencia de la “comunidad internacional” que proponía de Arístegui.
Otro argumento que podría justificar esta creencia es el recurso a la llamada “niebla de guerra”. Si bien la expresión de atribuye a Karl von Clausewitz en su clásico “De la guerra”, su origen es más moderno, de finales de la década de 1980. La metáfora, en cualquier caso, es clara respecto a su referencia: aquello que ignoramos en el conflicto bélico –y por extensión, en cualquier escenario de decisión estratégica–, sea tanto referido a la posición, potencia o intención del adversario o enemigo. Y, por ende, la “niebla de guerra” permite exculpar, en muchas ocasiones, una decisión errónea.
Pero, volviendo a Irak en 2003: la teoría del equilibrio de amenazas, o la niebla de guerra, ¿podían justificar los motivos arguidos para la invasión? Las pruebas están a la vista, no ha logrado comprobar la existencia de armas de destrucción masiva, ni los vínculos del gobierno iraquí con al Qaeda y los atentados del 11 de septiembre de 2001. Tampoco ha logrado democratizar Irak –pues la existencia de elecciones no alcanza a compensar la lucha faccional en la que se sumerge más y más el país– ni muchísimo menos democratizar Medio Oriente. Cuatro años de ocupación militar han servido de poca cosa a la hora de volver más seguro el mundo y, por el contrario, todo indica que han generado una nueva serie de conflictos aún más crueles.
¿Y eliminar a Saddam Hussein? Claro, de Arístegui, al igual que cualquiera que quiera encontrar algún mérito a la decisión de invadir Irak, arguye que existe un dictador menos en el mundo. Volviendo al contexto original, lo hacía en una entrevista en la que discutió, con un periodista argentino, cuántos muertos había generado la invasión –para el político, 60.000; para el periodista, 600.000, tema que merece otro artículo en estas páginas–. Pero tampoco correrá con suerte este argumento: de Arístegui tendría demasiado trabajo a la hora de justificar la invasión de cada país en el que no se respeten los derechos humanos.
En ocasiones, en lugar de una cerrada defensa de un acto de la vida política, a los hombres sensatos se les puede exigir que digan “esto, fue un error”.


Raúl J. Maldonado.


Para profundizar: sobre la planificación del ataque a Irak, puede verse, entre muchos otros, WOODWARD, Bob, Plan of attack, New York, Simon & Schuster, 2005, págs. 5 y ss. Sobre las perspectivas de guerra civil en Irak, FEARON, James, U:S. can´t win Iraq´s Civil War, en Foreign Affairs, march/april 2007. Un excelente relato del genocidio kurdo y de la tarea que intentara Peter Galbraith –hijo del economista John Kenneth Galbraith– desde el Senado de EE.UU. puede verse en POWER, Samantha, Problema infernal, FCE, México, 2005, págs. 228 y ss. Sobre las tropas necesarias para pacificar Irak, BRONSON, Rachel, When soldiers become cops, Foreign Affairs, Nov./Dec. 2002. Sobre la definición de “niebla de guerra”, una crítica sobre el concepto actual, y contra la idea de que la revolución tecnológica la eliminaría, puede verse On war without the fog, de Eugenia C. Kiesling, en Military Review, sept./oct. 2001.


domingo, 6 de mayo de 2007

Luis D´Elia: El hombre al que le explotó el calefón

En 1942, un polaco católico, Jan Kozielewski, oficiaba de correo para el gobierno en el exilio del general Sikorski. Bajo el nom de guerre –que luego fuera su nombre legal– de Jan Karski realizó dos incursiones en el gueto de Varsovia, vistiendo la Estrella de David; y una en el campo de exterminio de Beltzec, en la frontera con Ucrania, disfrazado de guardia ucraniano. Luego de un peligroso viaje, cruzando Polonia, Alemania, la Francia de Vichy y España, logró pasar a Londres y luego a EE.UU., donde intentó –con poco éxito– denunciar las atrocidades nazis.


No quiero detenerme aquí más que en una anécdota: Karski se reunió, en 1943, con el famoso Juez de la Suprema Corte de EE.UU. Frank Frankfurter.[1] En la reunión en cuestión, en presencia del Embajador polaco, Karski relató sus experiencias en unos 20 minutos. Frankfurter se levantó de la silla y caminó por su estudio. Luego se sentó y dijo: “Señor Karski, un hombre como yo, hablando con un hombre como usted, debe ser totalmente franco. Soy incapaz de creer lo que usted me cuenta.” Ante la protesta del Embajador polaco –amigo personal de Frankfurter–, agregó: “Señor Embajador, no dije que este joven hombre esté mintiendo. Dije que soy incapaz de creer lo que él me ha contado.”[2]
Anécdotas similares son comunes en todos y cada uno de los genocidios que han enlutado el siglo XX, pero en la respuesta de Frankfurter existe una candidez con un dejo –quizá no tan leve– de chauvinismo occidental: a pesar del asesinato de más de un millón de armenios en 1915 por el gobierno turco, la resistencia a creer que un gobierno “moderno y occidental” se hubiera embarcado en la sistemática tentativa de exterminar una o más minorías raciales o religiosas se encontraba fuera del imaginario político de un sofisticado funcionario estatal.
Más de medio siglo después, sería casi imposible encontrar a un ciudadano que creyera que un gobierno, cualquier gobierno, es incapaz de realizar casi cualquier actividad ilegal o paralegal. Después de la Segunda Guerra Mundial las imágenes del horror se han vuelto costumbre. Con una definición estricta de “genocidio”, aún debemos lidiar con las imágenes de Camboya, el Kurdistán iraquí, Ruanda, Bosnia, y Darfur. Si extendemos la visión a los crímenes de lesa humanidad, las dictaduras latinoamericanas en los años ´80 y una larga serie de masacres en Asia y África. Si nos centramos en el cumplimiento de las leyes de la guerra, o en el espionaje industrial, o en la corrupción, o en cualquier ámbito de la vida en sociedad nacional o internacional, podemos encontrar ejemplos que ponen a prueba la más férrea convicción sobre la bondad inmanente de la Humanidad, y que muestran a funcionarios gubernamentales incumpliendo sus deberes, por acción o por omisión, y más generalmente, por brutalidad o codicia.
Sin embargo, no por ello se puede decir cualquier cosa, en cualquier momento, y sobre cualquier asunto. Vale aclarar, el lenguaje político es, en esencia, performativo y no sólo descriptivo. Busca convencer, generar acciones concretas –aunque más no sea el asentimiento del lector, como en este blog–. Cuando un ex funcionario del gobierno argentino, el líder piquetero Luis D´Elia, dice “Habría que tener la valentía de investigar a la derecha política israelí, la misma que asesinó a un grande de la historia de Israel que es Yitzhak Rabin. (…) Este atentado, ¿no tendrá algo que ver con aquel cruel asesinato? Algunos creen que no y otros creemos que por ahí sí”
[3] está emitiendo un juicio político y, por cierto, está requiriendo en forma directa una acción política concreta. La conferencia en la que pronunció tal dictamen degeneró con rapidez, y las tentativas de responder desde el público culminaron en gritos, empujones y un final abrupto de la reunión.
Desde el 18 de julio de 1994, cuando un atentado destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelí Argentina –AMIA, con un saldo de 85 muertos y más de 150 heridos–, la investigación judicial ha avanzado a tropezones y palazos de ciego sin lograr –al igual que con el anterior atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992– un definición satisfactoria e indiscutible. Con diversas y contradictorias peripecias, más cerca de los largos “juicios de residencia” de la época colonial que de un proceso judicial moderno –recordemos, el atentado ocurrió en 1994–, recién en noviembre de 2006 se produjo el requerimiento de captura internacional del ex presidente iraní Akbar Rafsandjani y otros siete funcionarios. Requerimiento que ha sido criticado por un amplio espectro político, en razón de deficiencias en la fuente de información, de su redacción, a las fuentes de información, etc.
[4]
Vale mencionar, en esta instancia, la cuestión de la autoría del atentado. La mayoría de los análisis de fuentes occidentales coinciden en responsabilizar a Hezbollah. Esta organización, creada en el Líbano en 1982, y que hoy tiene una fuerte representación en el legislativo y en el ejecutivo libanés, ha rechazado haberlos cometido. El atentado fue reivindicado, en cambio, por la entonces desconocida –y hoy inactiva– organización “Ansar Allah” o “Guerreros de Dios”, que cuenta en su haber con dos ataques, en 1994, la AMIA el 18 de julio y un avión en la ciudad de Colón, en Panamá, al día siguiente, con un saldo de 21 muertos. En 2003 volvió a reinvidicar un ataque, esta vez dos cohetes disparados contra los estudios de Future TV en el Líbano, cadena que apoyaba al entonces presidente Rafiq al–Hariri.
[5]
Para muchos analistas, Hezbollah utilizó a Ansar Allah como una de sus pantallas –y habría utilizado a la Jihad Islámica como pantalla para el ataque a la embajada de Israel–. Para otros, se trató de una puja interna que se resolvió mediante una escisión momentánea en dos organizaciones diferentes. En el mundo del análisis del terrorismo internacional es siempre difícil, por definición, poder constatar la información conforme pautas académicas. Pero es indiscutible que existe una vinculación, o un apoyo, entre Irán y Hezbollah. Valga recordar la utilización de tecnología iraní en el reciente conflicto del sur del Líbano, o el flujo de fondos que, saliendo de Irán, permitió a Hezbollah reconstruir muchas viviendas del sur del Líbano con gran rapidez y eficiencia.
[6]
Luis D´Elía había asumido, en febrero de 2006, como Secretario de Hábitat Social de la administración Kirchner. Por supuesto, la interpretación más evidente y comprensible fue que había sido cooptado dentro de la estructura de poder del gobierno. Pero cuando se produjo, en noviembre, el pedido de captura de los funcionarios iraníes ya referido, D´Elia se presentó –junto a representantes de varias fuerzas políticas– en la embajada de Irán, en un acto de rechazo al requerimiento. El argumento, tanto entonces como ahora, era que la información que había fundado la medida judicial provenía de los servicios secretos estadounidenses e israelíes y, por ende, era falsa. La salida del funcionario piquetero no se hizo esperar. A fines de febrero, junto con el ex diputado justicialista Mario Cafiero y del sacerdote católico Luis Farinello, D´Elia viajó a Teherán invitado por el gobierno iraní. Fiel a su estilo informal, declaró a su regreso “Me explotó el calefón cuando me encontré con que la comunidad judía iraní tiene cerca de 500 mil adeptos…” La colorida metáfora no impide entender que la comunidad judía iraní no tiene “adeptos”, sino “integrantes”.
[7] Como la cooptación, en cualquier caso, resulta en una carrera profesional, la esposa de D´Elia fue contratada en el Ministerio de Acción Social pocos meses después. Finalmente, Luis D´Elia protagonizó el bochornoso incidente en la tradicional Feria del Libro, ya referido, junto al ex diputado Mario Cafiero –y, según algunos medios, también al sacerdote Luis Farinello, quien no habría estado presente–.
Las respuestas oficiales y oficiosas no se hicieron esperar. El diario de mayor circulación en el país presentó un editorial sobre el aumento del antisemitismo y otras formas de intolerancia.
[8] Luis D´Elia fue citado a declarar en la causa por el atentado de la AMIA para el próximo martes 8 de mayo. Y con particular énfasis se cubrió la presentación de la senadora Cristina Fernández de Kirchner en una cena de gala del Comité Judío Americano, incluída su respuesta cuando le preguntaron por los dichos de Luis D´Elia: “Los disparates son disparates, pongámonos contentos de estar en un país donde tenemos el derecho de decir disparates.”[9] Y seis días después, el incidente se declaraba “superado” y tan sólo una tentativa del líder piquetero de “obtener prensa”.
Pero no se trató de disparates, sino de un discurso político, que buscaba una acción política concreta. No se trató de mera cortesía para con los organizadores de la charla –la Casa de Difusión del Islam que dirige Mohsen Alí–. Mientras que el ex diputado Mario Cafiero se refirió a la cuestión de los testigos de la causa –vale decir, atacó los fundamentos de las medidas judiciales con argumentos basados en datos, y que por ende pueden ser discutidos y contrastados–, Luis D´Elia se limitó a una imputación general a un colectivo no especificado –la “derecha israelí”–, sin dejar en claro cómo y por qué ese colectivo atacaría, en Buenos Aires, a un blanco de la colectividad judía. Pero sería un error interpretar este gesto como producto de una nueva explosión del calefón del líder piquetero.
El liderazgo político no se construye sólo sobre el rigor académico –aunque la diferencia entre el líder político y el estadista también se nutre de ese rigor y esa formación–. También existe una dosis, y no menor, de carisma, de contacto espontáneo con la masa de seguidores o de votantes, de saber –o poder, pues en ocasiones alcanza sólo con picardía– tocar la nota adecuada para que una parte más o menos importante de la sociedad vibre en consonancia. Luis D´Elia sabe, en algún punto, tocar esa cuerda: con cierto cinismo, podría recordarse que en Argentina 3.5 millones de hogares sintonizan shows de difícil descripción cada noche. E, incluso, que para la edición 2007 del premio más afamado de la televisión local –el “Martín Fierro”–, que otorga la Asociación de Periodistas de Televisión y Radiofonía Argentina –APTRA– se haya retirado la categoría “programa cultural/educativo” para ser reemplazada por “reality show”.
[10] Su falta de rigor al imputar el atentado de la AMIA a la derecha israelí no le quitará credibilidad académica, pues no ha sido ese su objetivo –caso contrario, hubiera realizado una presentación más formal, razonada y por escrito–.
Se ha dirigido, o al menos ha beneficiado, a grupos e individuos que están ya convencidos, que, a diferencia del juez Frankfurter, pueden creer cualquier atrocidad, siempre y cuando se impute al actor político correcto. No fue un disparate, sino una jugada política concreta que no se zanjará con tibias recomendaciones de mayor discusión en las escuelas sobre la tolerancia –por cierto, discusiones necesarias y útiles–. Y si bien podemos decir que la libertad de expresión debe amparar, precisamente, incluso al más odioso discurso del más hediondo neonazi –perdón por el involuntario pleonasmo–, ante determinadas manifestaciones del discurso político no alcanza con desecharlas por disparatadas.
Los atentados de 1992 y 1994 tienen una dimensión política inevitable y evidente. Y sus motivaciones, autores y beneficiarios son objeto legítimo de especulación y debate. Pero, otra vez, ello no autoriza a que cualquiera diga cualquier cosa en cualquier momento. La crítica política es necesaria, y es un arte que este país parece haber olvidado, cuando los debates sobre las grandes cuestiones de la época se limitan a discusiones entre carteles anónimos en las calles céntricas; y las explosiones del calefón pasan casi sin pena ni gloria, total, son disparates...

Raúl J. Maldonado.


[1] Uno de los artífices del fallo “Brown vs. Board of Education” de 1954, que prohibió la segregación racial en las escuelas públicas de EE.UU, Frankfurter es considerado un liberal que tendía a limitar la intervención del poder judicial sobre el legislativo y el ejecutivo. Ocupó el puesto entre 1933 y 1962.
[2] Existe un registro sonoro del propio Karski contando este evento, en http://remember.org/karski/kaudio.html. Para un análisis más contextualizado del papel de Karski en el movimiento que intentó impedir el genocidio nazi, puede verse POWER, Samantha, Problema infernal, México, Fondo de Cultura Económica, 2005, en particular el capítulo III, “El crimen con nombre”, pág. 64 y ss., que también recoge esta anécdota, con pequeñas variaciones.
[3] D´Elia fue citado como testigo en la causa sobre el ataque a la AMIA, en Página/12, 03–05–07. Otros medios del país recogieron, también, en todo o en parte, las frases citadas.
[4] Al respecto, puede verse URIEN BERRI, Jorge, Una cuestión de fe, no de pruebas, en La Nación, 10–11–06, http://www.lanacion.com.ar/857371, y KLICH, Ignacio, Relaciones tumultuosas con Irán, en Le Monde Diplomatique, edición cono sur, marzo 2007, pág. 7 á 9.
[5] Fuente: http://www.tkb.org/Incident.jsp?incID=16811, con datos de la RAND Corporation y cables de agencia. El propio al–Hariri fue asesinado en un atentado suicida el 14 de febrero de 2005, y la investigación de su muerte aún continúa, aunque apunta a una intervención de funcionarios sirios.
[6] Después de los misiles, Hezbollah despliega su fortuna y sus misiles, La Nación, 22–08–2006. En la misma edición, puede verse la entrevista al líder de las “Fuerzas libanesas”, grupo cristiano de derecha, y ministro de turismo libanés, Joseph Sarkis, realizada por Silvia Pisani, “Nasrallah quiere crear un Estado para él y su gente”
[7] La mayoría de las estimaciones ubica a la comunidad judía en Irán alrededor de las 25.000 personas. Entre otras fuentes, HARRISON, Francis, Los judíos discretos de Irán, en BBCMundo.com, del 27–09–06, http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/international/newsid_5386000/5386370.stm.
[8] Alarma el aumento del antisemitismo, Clarín, 04–05–07.
[9] Cristina Kirchner tildó de “disparates” las declaraciones de D´Elia sobre la causa AMIA, Clarín, 04–05–07, http://www.clarin.com/diario/2007/05/04/um/m-01412261.htm
[10] Véase RESPIGHI, Emanuel, Pergolini vs. Martín Fierro en Página/12 del 03–05–07, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/8-6223-2007-05-03.html. El periodista y productor Mario Pergolini, en desacuerdo con estas categorías, solicitó por carta que el programa “Algo habrán hecho por la historia argentina”, que condujera junto a Felipe Pigna, fuera retirado de la terna que compartía, junto “Almorzando con Mirtha Legrand” y “Mañanas informales”, en el rubro “interés general, cultural y musical”.



viernes, 27 de abril de 2007

Un asunto de errores

El 25 de abril de 2007 la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un paquete de financiamiento de la fuerza expedicionaria enviada en 2003 a Irak que incluye, en apretada síntesis, un plan para iniciar la retirada de las tropas entre el 1° de julio y el 1° de octubre de 2007 y culminarlo antes del 1° de abril de 2008. El Senado, por su parte, lo aprobó al día siguiente. El retiro en julio o en octubre dependerá de si el gobierno iraquí logra cumplir ciertas metas: desarmar a las milicias, purgar del gobierno a los ex miembros del partido Baath, reducir la violencia sectaria y aprobar una ley que resuelva la cuestión del reparto de petróleo. Esas serán las condiciones para que las tropas de combate permanezcan un trimestre más en su puesto.



Existen varias interpretaciones posibles, que no son necesariamente excluyentes.
La primera y más obvia: la rama legislativa cuenta con el que la rama ejecutiva ejerza el poder de veto y, en la negociación posterior para un nuevo pronunciamiento obtener una o más ventajas concretas –por ejemplo, un financiamiento menor, de 40 mil millones en lugar de los 124 mil ahora aprobados, lo que acortaría los plazos para una nueva revisión legislativa–.
También, la coalición de fuerzas de la derecha estadounidense que llevó al poder a George W. Bush se está reacomodando para abandonar a su presidente por el fracaso en Irak. Como ejemplo, en marzo, en la “Conferencia de Acción Política Conservadora”, se realizó una encuesta entre sus más de 1700 asistentes para que se definieran como un “conservador estilo Ronald Reagan” o uno “estilo George W. Bush”, que ganaron los primeros por una ventaja de 26 a 1.[1]

Y a esas alturas, aún no estaba claro el resultado de la última ofensiva contra la insurgencia iraquí. ¿Qué vendría después de la eventual retirada? Michael O´Hanlon, de la Brookings Institution, en The Washington Times, lo anticipa con una sorprendente simplificación para un autor, en general, más sofisticado: “Para explicarlo con más precisión, ex–Saddamistas quieren restaurar una autocracia Sunnita, y al Qaeda quiere retornar a la región al siglo séptimo y está deseosa de matar a todos en el camino para lograrlo.”[2]

A la hora de ofrecer críticas y alternativas, O´Hanlon es claro. La estrategia de Bush ha fracasado, e Irak debe ser partido en tres regiones autónomas. Y culmina su nota con un llamado a seguir combatiendo por el honor nacional, ya que no por una administración “…que ya tiene garantizado tener, en el mejor de los casos, un lugar mediocre en los anales históricos de América…”

Uno de los heraldos neoconservadores, Max Boot, empieza a sugerir posibilidades aún más horrendas en su informe de un viaje que realizara en febrero y marzo por Ramadi, una ciudad iraquí en la provincia de Anbar, al referir, sin explicitar fuentes, que las tropas de al Qaeda empezaron a luchar contra grupos menos fanáticos y más nacionalistas.[3] Los éxitos de Petreaus requieren estar allí, ocupando sectores enteros con una presencia masiva de tropas. Ante el retiro, las expectativas de una guerra civil, una limpieza étnica o un genocidio, o cualquier combinación de estos horrores, no puede ni debe ser descartadas.

E, incluso, tal perspectiva puede ser defendida. En 1999 Edward Luttwak, en ocasión de los conflictos de Bosnia y Kosovo, decía: “Una desagradable verdad que a menudo es subestimada es que aunque la guerra es un gran mal, tiene una gran virtud: puede resolver los conflictos políticos y llevar a la paz. Esto puede pasar cuando todos los beligerantes quedan exhaustos, o cuando uno de ellos gana en forma decisiva. En cualquier caso la clave es que la lucha debe continuar hasta que se alcance una resolución. La guerra trae paz sólo después de una fase culminante de violencia.”[4]

La idea, como bien recordara el entonces Subsecretario General para Asuntos Humanitarios de la ONU, Sergio Vieria de Mello, al contestar al artículo de Luttwak, no era entonces novedosa.[5] Y tampoco lo es ahora. Pero no se trata, en todo caso, de una discusión menor o académica: Vieira de Mello, un destacado diplomático brasilero que había desarrollado una larga carrera de manejo de conflictos, y había sido nombrado Alto Comisionado para los Derechos Humanos, murió el 19 de agosto de 2003 en Bagdad, junto con otras 32 personas, cuando un camión–bomba se estrelló contra el Hotel Canal, que oficiaba de cuartel general para la misión de la ONU en Irak. Un segundo atentado, en septiembre, terminó por decidir el retiro de los contigentes civiles de la ONU.

Bajo esta perspectiva, la puja entre las ramas legislativa y ejecutiva cobra otra dimensión: ¿Qué administración se hará cargo de la retirada? ¿La actual o la futura? ¿Quién quiere quedar asociado a una derrota militar de envergadura? Demócratas y republicanos tienen un mismo interés, hacer soportar a George W. Bush el costo de ver a los helicópteros en las azoteas de los edificios.

Que en Irak se produzca una matanza, una guerra civil o una limpieza étnica a nadie preocupa. E, inclusive, desde la perspectiva de la realpolitik tiene mucho sentido: chiitas y sunnitas combaten desde hace siglos, incluso desde antes que el mundo islámico se hubiera consolidado. Y la minoría sunnita cuenta con no ser abandonada por sus hermanos de fe, que son mayoría en el mundo. La mayoría iraquí, chiita, se apoyará en Irán. El conflicto civil iraquí, con cualquier resultado, podría consumir durante años los recursos iraníes. Y aún en el supuesto de una anexión total o parcial, llevaría tiempo para ser digerido.

También puede encontrarse una perspectiva no tan sombría. Desde la caída del Muro de Berlín la derecha estadounidense, y en particular los grupos neoconservadores, han insistido en la necesidad, e incluso en la obligación moral, de que EE.UU. actuara como una potencia imperial, e impusiera la pax americana. El primer ensayo de esta actitud se llevó a cabo, justamene, en Irak, cuando George W.H. Bush lideró una coalición de 34 países para hacer retroceder a las tropas iraquíes que habían ocupado Kuwait, entre 1990 y 1991. Tras seis meses de preparativos políticos, diplomáticos y militares, y varias semanas de bombardeo, las tropas iraquíes fueron derrotadas en menos de cuatro días de campaña terrestre. Las tropas de la coalición sufrieron más bajas por accidentes que por fuego enemigo, y luego detuvieron su avance después de dañar severamente el aparato militar iraquí. En 2003, la invasión en si fue un éxito militar atronador: no hubo oposición digna de tal nombre, e incluso se había logrado interferir hasta tal grado el ciclo de toma de decisiones iraquí que Saddam Hussein no sabía, en rigor, qué estaba pasando.[6]

Cualquier pretensión de imponer la pax americana ha caído desde 2003, ante la arrogancia y la alienación con que se han manejado los máximos niveles de la administración Bush.[7] Pero la caída de una visión de la política exterior estadounidense no debe ser exagerada. El poder es, en esencia, relacional. Y si bien hoy EE.UU. está exigido al límite de sus actuales recursos militares –tiene desplegadas la mayoría de sus unidades de combate, por plazos que se han extendido hasta un 25% más de lo planeado–, no ha visto afectada su capacidad de acumular y proyectar más poder si fuere necesario.

Desde antiguo, la capacidad de desplegar una fuerza expedicionaria ha tenido un impacto mensurable en el destino de los imperios y de las naciones: la expedición a Sicilia, en 415 AC, selló el destino del imperio ateniense en la Guerra del Peloponeso. La fuerza expedicionaria macedonia, bajo el comando de Alejandro Magno, selló el destino del imperio aqueménida en Gaugamela, en 331 AC. Y un larguísimo etcétera. Pero no todo despliegue fallido ha significado un problema insalvable: mientras que Hernán Cortés logró apoderarse del imperio azteca, y sus fabulosas riquezas, entre 1519 y 1521, siete u ocho años después de Narváez perdió una expedición similar en lo que hoy es la Florida. Ninguna de ellas –iniciadas con alrededor de 5000 hombres y 1500 caballos cada una– hubiera significado un desastre para la coroña española.

El retiro de la fuerza expedicionaria estadounidense en Irak no significará, tampoco, un desastre para el poder estadounidense, pero si para la administración Bush y los sectores neoconservadores, que arriesgarán un destino de ser uno más de los grupos minoritarios con fuerte presencia mediática que existen en EE.UU., discutiendo durante años los pro y los contra de las decisiones que los llevaron a la Casa Blanca y de vuelta a los callejones del poder. Muchas de, sino todas, las situaciones que se han visto en la invasión a Irak fueron advertidos por analistas políticos y militares, pero la evidencia fue descartada o desacreditada por la Casa Blanca. Existen muchas explicaciones posibles para esta ceguera a consejos profesionales, y más de un lector tendrá ya su opinión formada sobre las intenciones y los éxitos o los fracasos. Pero, en cualquier caso, desde el pasado resuena la sanción de Winston Spencer Churchill, “La guerra es siempre, esencialmente, un asunto de errores…”

Raúl J. Maldonado.



[1] WEIGEL, David, The Great Do-Over, Conservatives gather to forget George W. Bush, and elect his clone, en Reason on line, 6-3-07, http://www.reason.com/news/show/118956.html
[2] O´HANLON, Michael, A ruthless foe, The Washingont Times, 24–4–07. http://www.washtimes.com/functions/print.php?StoryID=20070423-093052-6887r
[3] BOOT, Max, Can Petreaus pull it off?, The Weekly Standard, http://www.weeklystandard.com/Content/Public/Articles/000/000/013/551cokdv.asp
[4] LUTTWAK, Edward, Give war a chance, en Foreing Affairs, Jul/Ag. 1999.
[5] VIEIRA DE MELLO, Sergio, Enough is enough, en Foreing Affairs, Jan/Feb. 2000.
[6] Puede verse, entre otros, EISENSTADT; Michael, Understandig Saddam, en The National Interest, Fall 2005, Number 81.
[7] Puede verse la entrevista que Hugo Alconada Mon realizó al célebre periodista Bob Woodward, quien ha seguido el proceso de toma de decisiones después del 11 de septiembre, llamados “Bush en guerra”, sobre Afganistán; “Plan de Ataque”, sobre Irak; y “Estado de negación”, sobre la actitud del propio presidente. “Bush vive en una de las mayores burbujas que vi en mi vida”, en La Nación, 4–2–07, http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=880704