viernes, 30 de marzo de 2007

Nuestro "24"

¿Qué haría el lector en la siguiente situación? Un terrorista ha desplegado un arma nuclear de un kilotón en un edificio de una gran ciudad. El terrorista se encuentra bajo su custodia, la información de inteligencia es coherente y coincidente sobre la existencia y la inminencia del atentado. Quedan dos horas para localizar y desactivar el arma, y no hay otras pistas activas, excepto… el terrorista esposado a una silla.
¿Qué haría el lector? El ataque a Hiroshima, en 1945, mató en forma instatánea a 80 mil personas con 12,5 kilotones. Un kilotón en Nueva York, hoy, mataría en forma instantánea al menos a 200 mil.
[1]
Este escenario, conocido como “la bomba de relojería”, está presente, con variaciones, en los debates jurídicos sobre el uso de la tortura.[2] Y es la base de la exitosa serie “24” que en pocos días iniciará su sexta temporada en la pantalla local. Cada temporada está compuesta de 24 capítulos que cuentan, en tiempo real, un día en la vida del agente contraterrorista Jack Bauer –Kieffer Shuterland– y su lucha por derrotar a varias organizaciones que cometen o intentan atentados, asesinatos y/o secuestros, y siempre lo superan en planificación, logística y recursos.
La construcción del verosímil televisivo circunvala la discusión ética para Jack Bauer: el espectador, casi omnisciente, conoce la gravedad e inminencia de la amenaza, y la identificación con el protagonista es fuerte, y reforzada por el uso del folletín, cada capítulo resuelve la crisis del anterior, pero termina con el planteo de una aún peor.
Jane Mayer, de “The New Yorker”, ha publicado un excelente informe sobre el ideario político del productor de “24”, Joel Surnow. Extenso y exhaustivo, hace surgir la conciencia política del show, que abreva en la corriente más belicosa del neoconservadurismo estadounidense.
[3] Surnow no oculta su opinión sobre “hacer lo que sea necesario” para derrotar al terrorismo, y comparte cenas con la familia del vicepresidente Dick Chenney –el mismo que ha manifestado que, a su juicio, la tortura por sofocación, o “submarino”, no le quita el sueño–. Ni se ha retractado, ni tampoco ha confesado si su juicio proviene de la experiencia, sea política o propia de su vida íntima.[4]
Pero la paradoja del escenario de la bomba de relojería sigue allí, hambrienta de nuestras respuestas: el cumplimiento de la ley perjudicaría la vida de miles, y sólo su ruptura aparecería como la forma de salvarlos. Por supuesto, hay varias respuesta posibles.
Una posible: es tan improbable la situación que, en definitiva, la respuesta es instrascendente. Elude, pero no responde. Otra elusión posible: la tortura no es un medio fiable de conseguir información, y tampoco sería práctica en el caso, ya que el terrorista sabe que cada minuto que gane aumenta su posibilidad de tener éxito en el ataque, y que cuenta, además, con las defensas pasivas y activas que puede haber colocado en el propio dispositivo que, si fuera encontrado, aún debería ser desplazado o desactivado.
[5]
Una tercera respuesta posible, más sofisticada y de corte utilitarista: puesto que tal hipotético terrorista sería la única persona con capacidad de detener el despliegue del arma, se trata de una situación de combate. Y en el combate, el uso de la fuerza es legítimo, e incluso exigible en ocasiones. El terrorista es parte del despliegue del arma, en algún sentido, y por ende un blanco legítimo si se respetan las reglas de proporcionalidad y discriminación, etc.[6]
En el World Report 2005 de la organización Human Wright Watch, su director, Kenneth Roth, atacaba de lleno el punto: “…el escenario de la bomba de relojería es una metáfora peligrosamente expansiva capaz de abarcar a toda persona que pueda tener conocmiento de futuros atentados terroristas sin especificar. A fin de cuentas, ¿por qué serían sólo las potenciales víctimas de un inminente atentado las merecedoras de la protección por medio de la tortura? ¿Por qué no utilizar la tortura para prevenir atentados que pueden ocurrir mañana, o la semana que viene o el año que viene? Además, una vez que se ha roto el tabú contra el uso de la tortura, ¿por qué limitarse a los propios presuntos terroristas? ¿Por qué no hacer uso de la tortura contras sus familiares y aliados; y cualquiera que pudiera ofrecer información que salve vidas? Este es sin duda un terreno muy resbaladizo”.
¿Qué queda para países que no tienen el grado de desarrollo institucional de EE.UU. e Israel, ni la misma participación de su sociedad civil en la vida política?
¿Y por qué debería importarnos este debate, después de todo? Porque tenemos nuestro propio “24” cada año, el 24 de marzo. Nuestra propia historia de uso de la tortura, amparada y promovida desde el Estado antes y durante la últlima dictudura militar.
Pero, ¿fue aquella tortura igual al aséptico escenario de un show televisivo? Cuando termina su jornada de trabajo, Kieffer Shuterland retoma su vida civil, y su tibia militancia demócrata. Tal vez, previa llamada a su contador –percibió 10 millones de dólares por esta temporada de “24”– incluso se tome unas copas con los actores a los que su personaje ha “torturado” horas antes.
Para miles de argentinos –y es penoso recordar que no somos una excepción, como país, sino uno más en una larga nómina– la tortura es, en cambio, un recuerdo que los acompañará por el resto de sus vidas. Y no se trataba de un excepcional “último recurso” para evitar un mal mayor, sino de una aplicación casi impersonal, burocrática, sistemática, cuyo móvil no era la obtención de información. La tortura del disidente político busca –como los ataques contra los que lucha Jack Bauer en la pantalla– imponer el terror. Y ese fue su objetivo en nuestro país durante la represión de la Triple A y la dictadura militar.
Cada “24 de marzo” inicia una nueva “temporada” de doce meses de reclamar justicia, reclamar información y reclamar castigo a los culpables. Pero además reabre las heridas de quienes sufren la incertidumbre del destino de sus seres queridos. Suerte de tortura diferida que hoy vive, también, por segunda vez, por idénticas causa y criminales, la familia de Jorge Julio López.
“24” es, en última instancia, sólo un show televisivo, parte de la corriente global de ideas e información que recorre el mundo. Se origina en EE.UU., “sube” a esa red, y “baja” en los hogares argentinos –y de otros países, por supuesto–. ¿Qué importancia puede tener? Aquí, entre 2,5 y 3 millones de hogares sintonizan, cada noche, las andanzas de unos extraños personajes que buscan fama y fortuna encerrados en una casa de mil cámaras.
¿Qué importa qué haría el lector en las inverosímiles circunstancias de Jack Bauer? En la realidad, afuera de las pantallas, empieza nuestra propia temporada cada 24 de marzo, reclamando nuestro esfuerzo y nuestras decisiones contra tanto terrorista suelto y tanto crimen impune.

Raúl J. Maldonado.
[1] Esta estimación puede encontrarse en Jessica STERN, El terrorismo definitivo¸ Bs. As., Granica, 2001, pág. 26 y sus notas.
[2] Como ejemplo, la propuesta de “garantías judiciales” para la tortura, que realizara el abogado estadounidense Alan Dershowitz, puede verse analizada y refutada en Is torture ever justified? en The Economist, 9–1–03; o en Kenneth ROTH, Darfur y Abu Grahib, en Papeles de cuestiones internacionales, N° 89, primavera de 2005, pág. 125. Como ejemplo histórico, en 1987 la Comisión Landau, en Israel, autorizó para estos “escenarios” la práctica de “presión física moderada”, hasta que la Corte Suprema israelí restringió la práctica en 1999. Las organizaciones de derechos humanos denunciaban que, en poco tiempo, más de un 80% de los palestinos detenidos por cuestiones de seguridad denunciaban haber sido torturados.
[3] Puede verse en http://www.newyorker.com/reporting/2007/02/19/070219fa_fact_mayer. Para algunas reacciones en nuestro medio, la opinión de Oscar Raúl Cardozo en http://weblogs.clarin.com/afuerayadentro/archives/2007/03/que-paso-con-los-derechos-humanos.html, y la discusión allí generada.
[4] La entrevista completa, del 24 de octubre de 2006, con la sorprende declaración de que EE.UU. no utiliza la tortura, puede verse en http://www.whitehouse.gov/news/releases/2006/10/20061024-7.html. Cheney parece haber olvidado no sólo las leyes internacionales, sino las imágenes de Abu Grahib y Guantánamo, que recorrieron el mundo con su carga de vergüenza y horror.
[5] Al respecto, entre otros, False hopes, drugs cannot make you tell the truth, en The Economist, 9–1–03, cuando se empezaban a denunciar casos de tortura por fuerzas estadounidenses en Afganistán, y varios voceros neoconservadores clamaban por la aplicación de míticos “sueros de la verdad”.
[6] Sobre esta concepción utilitarista, y su desarrollo en la doctrina estadounidense, puede verse Michael WALTZER, “Guerras justas e injustas”, Barcelona, Paidós, 2001, en particular los capítulos tercero y cuarto. También la investigación que ha presentado Colin KAHL, How we fight en Foreign Affairs, Nov./Dec. 2006. En ambos, se refiere como obligación activa la inmunidad del no combatiente, incluyendo por supuesto al prisionero.

Los fantasmas que recorren Europa

La “entrega extraordinaria” es un procedimiento por el que se captura a personas que se encuentran fuera de la jurisdicción estadounidense, y se realiza al margen del sistema de cooperación penal internacional. Su ejemplo más conocido fue la invasión de Panamá, en 1989, para capturar al entonces presidente de ese país, Manuel Antonio Noriega.[1] Otro caso, menos espectacular, fue la captura de Mir Amal Kansi, en Paquistán, en 1997, tras una persecución de cuatro años.[2]
Pero desde 2001 se ha transformado en un criterio operativo en la llamada “guerra contra el terror. Una vez capturados, los “sospechoso” son entregados –sin procesos formales de extradición– a terceros países –como Egipto o Jordania– o recluidos en el limbo jurídico de prisiones secretas –entre las que destaca la base estadounidense de Guantánamo, en Cuba–.
El programa tiene su origen en la reunión del Consejo de Seguridad Nacional –dos docenas de funcionarios de primer nivel y sus asesores– del 15 de septiembre de 2001. El tercer orador, George Tenet, entonces director de la Agencia Central de Inteligencia, solicitó los poderes más amplio en la historia de la CIA, propuso ataques al financiamiento de la red al Qaeda y de Afganistán, así como reclutar a los servicios secretos de Egipto, Jordania y Argelia, entre otros países, para triplicar o cuadriplicar sus recursos humanos. Tras reconocer que “algunos” de esos servicios secretos tenían fama de despiadados y de utilizar la tortura, se limitó a manifestar “Miren, yo no controlo a esos tipos en todo momento”. Bush, por su parte, dijo entender el riesgo que ello implicaba.
[3]
Que este programa es ilegal no es ningún secreto. Richard A. Clarke, funcionario de carrera de la administración estadounidense, recuerda la primera captura que recomendó al presidente Clinton, en 1993: en la reunión en que realizó su propuesta al presidente, el debate se estancó hasta la llegada del vicepresidente Al Gore, quien dijo con toda sencillez: “Es una decisión fácil. Por supuesto que es una violación del Derecho Internacional; por eso tiene que ser una operación encubierta. Ese tipo es un terrorista. Id, y traedlo de los huevos.”[4] Otro ex funcionario de la CIA, Michael Scheurer, resaltó la estandarización del procedimiento: mientras que antes del 11–S requerían la autorización del presidente, ahora son decididas con la firma del Director o del Subdirector de la CIA: “La idea de que se trataría de un método fuera de la ley, imaginado por alguna persona, es simplemente absurda”. Este ilegítimo programa viola la Convención contra la Tortura de la ONU, de 1948, y el Convenio de Tokio sobre Infracciones y Ciertos Otros Actos Cometidos a Bordo de Aeronaves, de 1979, ambos instrumentos suscriptos por EEUU; y el complejo y creciente plexo normativo del derecho internacional humanitario y de los conflictos armados. Tales menudencias no inquietan a la administración Bush, que ha legitimado la tortura, mediante la figura del “interrogatorio agresivo”; va por el quinto año de una guerra de agresión contra Irak; ha firmado acuerdos de inmunidad para su personal militar destacado en el extranjero con muchos gobiernos, por fuera del sistema de la Corte Penal Internacional; y que enfrenta recurrentes escándalos por su trato a prisioneros y civiles en Afganistán e Irak.
Las “entregas extraordinarias” fueron denunciadas por las organizaciones de derechos humanos y por la prensa, hasta que la existencia del programa fue aceptada por el presidente Bush en septiembre de 2006.
[5] Varias investigaciones judiciales ya se habían iniciado en Europa, entre las que destaca el secuestro de Osama Mustafá Hassan Nasser, alias Abu Omar, clérigo fundamentalista secuestrado en Milán por agentes de la CIA en 2003 y entregado a Egipto. Sus abogados han denunciado que fue sometido a torturas en Italia y en Egipto, donde tiene hoy prohibido hacer declaraciones públicas, y que fue trasladado a través de la Base Aérea Ramstein, de EEUU, en territorio alemán –lo que generó otra causa en Alemania–. Por esta causa, la justicia italiana ha solicitado la extradición de 26 agentes de la CIA –sin que, por supuesto, EEUU haya respondido–. La lista de casos y causa judiciales excede, con mucho, lo que puede mencionarse en este espacio.
El informe aprobado por el Parlamento Europeo el 14 de febrero de 2007 ha recogido, con base en haber entrevistado a 120 testigos y víctimas, evidencia de al menos 1245 escalas de vuelo en territorio europeo entre 2001 y 2005. Aviones civiles, propiedad de empresas fantasmas de la CIA, organizaban el transporte. La complicidad de muchos gobiernos europeos permitió a los operativos realizar las capturas, y en muchos casos se materializó en actuaciones directas de los servicios de inteligencia o de seguridad locales.
[6] El reporte de la Comisión que lidera el eurodiputado socialista italiano Giovanni Claudio Fava recoge el trabajo de un año, y es particularmente duro en su lenguaje. La lectura de sus considerandos es ilustrativa, al igual que los anexos en los que se detalla la colaboración –o su falta– por parte de gobiernos, funcionarios, ONGs y personas particulares.[7]
La reflexión sobre las relaciones internacionales se ha dividido, desde la antigüedad, en tres corrientes principales e irreconciliables, según cuál es considerado el principio ordenador de la vida internacional. Para la escuela realista, lo que determina la realidad internacional es el conflicto; mientras que para la idealista es la cooperación y, por último, para la radical es la explotación del hombre por el hombre. En el caso bajo análisis, es claro que las escuelas idealista y radical critican este programa por obvias razones, entre las que cabe destacar la violación de los principios de cooperación internacional implícita en la ilicitud del secuestro y de la tortura; la subordinación de la vida humana al mantenimiento de la tasa de ganancia de las grandes empresas; o la tentativa de control de territorios ricos en recursos naturales.
Quiero detenerme un minuto en la justificación que produce parte de la escuela realista. El dictum de Al Gore es claro al respecto: si el objetivo es la captura de un enemigo, bien puede romperse la legalidad. Bajo la misma invocación genérica se ha justificado la tortura, la guerra de agresión, y cualquier otro crimen de lesa humanidad. Buena parte de la doctrina estadounidense, además, encuentra necesario invocar una cita célebre de William T. Sherman, general del Norte en la guerra civil estadounidense –1861 a 1865–, de un discurso ante la Academia Militar de Michigan en 1879: ““Hoy, aquí, hay más de uno que ve la guerra como todo gloria, pero, muchachos, es todo infierno.”
[8] Otros, en cambio, prefieren la cita del mariscal alemán von Moltke, un año después, al objetar la Declaración de San Petesburgo –uno de tantos intentos de establecer convenciones bélicas razonadas y razonables–: “En la guerra, la mayor gentileza consiste en concluirla con rapidez.” Descriptiva en Sherman, prescriptiva en von Moltke, ambas frases han sido utilizadas para destacar la inutilidad de la convención bélica e, incluso, su antagonismo con la victoria y con la paz duradera. Así, cualquier limitación al máximo esfuerzo bélico aparecería generando un resultado paradojal de alargar el infierno. Aplicado al caso bajo examen, el cumplimiento de los pasos legales, así como el respeto a los prisioneros, sólo generarían una baja en la eficiencia técnica de la lucha contra el terrorismo islámico. Resuenan esos ecos, tal vez, en la conclusión que en el mismo reportaje produce Scheuer: “La detención de cualquier sospechoso es un éxito técnico, pero perdemos en el plano estratégico, fundamentalmente por nuestro apoyo a las dictaduras del mundo musulmán.”[9]
Y sin embargo, los resultados paradojales están a la vista. La administración Bush, como muchos analistas han notado, ha mostrado pocos avances en la lucha contra el terrorismo islámico en un lapso mayor al que llevó la derrota de las fuerzas combinadas de Alemania, Japón e Italia en la Segunda Guerra Mundial. Lejos de ser recibidos como “liberadores”, los integrantes de las fuerzas armadas más poderosas, letales, sofisticadas y mejor entrenadas de la historia se han empantanado en la invasión a Irak, sin una estrategia de salida a la vista. Y la lista de fracasos sigue, cuando se considera a los miembros del famoso “Eje del Mal” al que Bush amenazaba en 2002: Irán y Corea del Norte gozan de haber desafiado, hasta ahora con éxito, a la superpotencia.
Y tanto la insurgencia iraquí como el islamismo radical han encontrado su mejor material de propaganda en las acciones de la administración Bush. Retomando a Scheuer, en un artículo de hace poco más de un año en un periódico neoconservador: “Osama ben Laden sólo puede recitar `Allahu Akhbar´ – `Dios en grande´. Para los estadounidenses la pregunta debe ser ¿De qué lado están estos tipos?”.
[10] Por cierto que podemos hacer nuestra esta pregunta. Una constante en las fatwas[11] que Osama bin Laden emite desde 1996 es invocar, entre muchas otras ofensas, el maltrato a los musulmanes. La desaparición forzada –pues en eso han terminado muchos casos de “entrega extraordinaria”– produce una herida sin tiempo en el tejido social.[12] La administración Bush se ha constituido en el mejor propagandista de al Qaeda y de otros movimientos del radicalismo islamita. Los fantasmas que recorren Europa –y otros continentes menos permeables a las investigaciones– aumentarán las huestes del terrorismo internacional. Bush y sus asesores, al volver rutinario un procedimiento excepcional, parecen un grupo de bomberos dementes que intentan apagar un fuego con combustible de aviación.
Raúl J. Maldonado.
[1] El despliegue de 23000 hombres en esa operación hizo inevitable relacionarla con el retorno del Canal a la soberanía panameña, acordado en el Tratado Carter–Torrijos de 1973, y que se produjo el 31 de diciembre de 1999. Las víctimas civiles se contaron por miles.
[2] Apenas había asumido Clinton la presidencia, en 1993, Kansi fue sospechoso de haber disparado en las garitas de ingreso de la sede central de la CIA, en Langley, Virginia, matando a tres personas. No se ha establecido, hasta ahora, su vinculación con ningún grupo.
[3] Ver WOODWARD, Bob, Bush en guerra, Barcelona, Península, 2003, pág. 99 y ss.
[4] CLARKE, Richard. A, Contra todos los enemigos, Bs. As., Taurus, 2004, pág. 184. Fue Director del CSG –que reportaba al presidente en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional– durante las administraciones de Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo, y renunció en 2003 –al igual que sus dos sucesores– en desacuerdo con la prioridad puesta por la administración en invadir Irak en lugar de perseguir a al Qaeda.
[5] Como recoge el Informe Fava, Bush ha dicho que “…un pequenos numero de presuntos lideres o agentes terroristas, capturados durante la guerra, han sido sometidos a arresto e interrogados fuera de los Estados Unidos, en un programa separado operado por la CIA.” Claro que este reconocimiento no implica quitarle su carácter de hecho delictivo.
[6] En España se abrió una investigación sobre una visita de miembros de la policía española a Guantánamo después del atentado en Madrid, en la estación ferroviaria de Atocha, en 2002.
[7] Informe sobre la supuesta utilización de países europeos por la CIA para el transporte y la detención ilegal de presos en www.europarl.europa.eu.
[8] Sherman había anticipado su criterio en 1864, al ordenar evacuar e incendiar la ciudad de Atlanta, leal al Sur. La culpa colectiva de sus habitantes había sido, por supuesto, brindar tal apoyo, y así lo manifestó en su respuesta oficial a los pedidos de clemencia de sus habitantes.
[9] Scheuer fue Director, en la CIA, de la “Unidad ben Laden”, creada en 1996 para instar la captura de Osama bin Laden, cuyos planes jamás alcanzaron estado operativo. Renunció a la administración Bush en desacuerdo con la invasión de Irak. Su último libro, “Imperial Hubris” –algo así como “Arrogancia imperial”, un éxito editorial de 2004, tiene un subtítulo inequívoco: Como Occidente está perdiendo la guerra contra el terror. Ambas citas proceden de Alain GRESH, La CIA terceriza la tortura, en Le Monde Diplomatique, edición cono sur, Abril 2005.
[10] Michael Scheuer, How Bush helps jihadists, en The Washington Times, 13-03-06.
[11] Decretos religiosos –bin Laden pretende tener título para realizarlos– en los que se resuelven cuestiones concretas sobre los derechos y los deberes de los musulmanes.
[12] La ligazón con nuestro país puede verse en Ignacio RAMONET, Vuelos secretos de la CIA, Le Monde Diplomatique, edición cono sur, marzo 2007.

El motivo de este blog

El movimiento neoconservador es un fenómeno complejo, que no intentaré definir en esta instancia, pero que ha devenido un actor crucial de la política internacional a partir del ascenso a la presidencia de EE.UU. por George W. Bush.
Los ataques del 11 de septiembre de 2001, la posterior retaliación a Afganistán, y la subsiguiente agresión a Irak son los eventos más visibles, o que han generado el mayor impacto en la realidad internacional, en los que los "neocon" se han visto implicados.
Pretendo, aquí, registrar algunas de las inquietudes que han generado en el autor a lo largo de estos años.