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martes, 19 de marzo de 2013
Algunas reflexiones sobre el origen de la democracia
lunes, 16 de abril de 2012
Las fotos en las manos de mi amigo
jueves, 9 de febrero de 2012
Luis Alberto Spinetta
martes, 25 de octubre de 2011
Elecciones 2011 y la desgracia de la Patria
martes, 29 de marzo de 2011
29 de marzo, cinco años después
30 años después de la muerte de mi madre, hoy llevé claveles rojos a su tumba. Dos balazos en la cabeza sellaron su vida. Pero compartió, durante casi 28 años, el destino de miles de argentinos. Sus restos fueron enterrados en el sector de NN –non nomine, o sin nombre– del Cementerio de Moreno, en la provincia de Buenos Aires, junto a 13 personas más. Permanecieron allí hasta 1983, cuando fueron exhumados y llevados –en pequeñas bolsas de plástico y cajas de cartón– a la Asesoría Pericial de la Ciudad de La Plata.
Ignorando estos hechos, en 1996 iniciamos una acción judicial para recuperar los restos, y nombrando peritos de parte al Equipo Argentino de Antropología Forense. Uno de sus miembros logró encontrar, en la Asesoría Pericial, las bolsas donde los restos del Cementerio de Moreno habían sido mezclados, sin orden ni concierto, y unas fotocopias simples del expediente de la inhumación, que dieron importantes pistas. Resaltaba, sobre todo, los exámenes post mortem –pues no llegaban al rigor de una autopsia– realizados a los cuerpos en forma inmediata a la muerte. Uno o dos disparos en la cabeza habían rematado a los prisioneros. Sus cuerpos, luego, fueron incinerados en forma precaria, y enterrados sin mayor ceremonia ni tentativa de identificarlos formalmente.
No es por pudor, ni por temor, que omito, ex profeso, detalles relevantes, como el nombre, el ámbito de militancia y las circunstancias del último día de vida de mi madre. Exceden el compás de este escrito, que se enfoca en mis propias sensaciones el día en que nos entregaron los restos.
El proceso de identificación, en si, llevó varios años de trabajo. Los esqueletos y las hipótesis forenses comenzaron a cobrar sentido, y la identificación de parte de los maxilares y la forma del cráneo permitía acercar un nombre a esos restos destrozados por disparos a bocajarro. La crónica escasez de recursos del Poder Judicial y la siempre exigida capacidad de trabajo del EAAF llevaron a que las pruebas de ADN recién pudieran ser procesadas en 2004. Pero una vez realizada la identificación, la Cámara Federal accedió a mi pedido de inmediata entrega de los restos, bajo el argumento genérico de que no se podía, ni se debía, esperar un minuto más para cumplir con la inhumación.
Los restos de mi madre fueron cubiertos por claveles rojos que arrojamos sus amigos y parientes, y nuestros amigos y parientes, y luego por la tierra común de un cementerio popular. Muchas personas viajaron muy lejos para estar ese día. Por una combinación improbable de tenacidad, deber moral y mucha buena suerte, habíamos logrado “hacer reaparecer” los restos de mi madre y dar cumplimiento al entierro ceremonial, una de las conductas más antiguas de la Humanidad, presente en todas las culturas e independiente de todas las religiones.
Hoy, treinta años después de esa muerte, hay voces que siguen esgrimiendo sus cansinos argumentos sobre “lo infernal de la guerra”, o sobre “la violencia de ambos bandos”, o sobre “la necesidad de reconciliación”. Tomados uno a uno, o en conjunto, son argumentos necios, tontos y tan faltos de rigor como de buena fe. Ninguna pretendida “guerra” justifica el secuestro, la tortura, el asesinato, el robo de bienes y la apropiación de menores. Ninguna violencia justifica que el Estado aplique su considerable poder a violar las garantías del sistema legal.
El grupo de personajes variopintos, mezcla de oportunistas, integristas católicos y lumpenaje que constituyó el brazo ejecutor de la dictadura militar sigue, hoy, reivindicando su accionar. Cuando no, como pudimos constatar en días cercanos, reproduciendo sus mismas tácticas de control ideológico y estableciendo el peligro de la intelectualidad para los intereses marítimos de la patria. Que más de un cuarto de siglo después los torturadores y asesinos sigan esgrimiendo su exacerbada visión del conflicto social –y, sobre todo, de las formas de resolverlo– no deja de tener sentido: a todos les va su conciencia, y a muchos su libertad, en esa discusión. Tampoco puede esperarse que los distintos actores políticos de nuestro país dejen de vincular sus propias propuestas políticas y sus valoraciones sobre los últimos 30 años. La dimensión pública de estos asuntos supera y trasciende las valoraciones individuales, como ocurre con cualquier hecho relevante de la historia o de la actualidad.
La desaparición forzada de personas no es privativa de nuestro país, sino una práctica extendida por todo el mundo, como cualquiera puede constatar en pocos minutos. Tampoco es novedosa, Sófocles, en la Grecia clásica, narra en su Antígona un caso clásico de abuso del poder estatal: Creonte, rey de Tebas, había ordenado que Polinices quedara insepulto por intentar derrocarlo. Antígona desafió la ley humana para cumplir el mandato divino de enterrar a su hermano. Creonte, para no ser culpado por la muerte de Antífona, trama un asesinato encubierto: “La llevaré allí donde la huella de los hombre esté ausente, y la ocultaré en una pétrea caverna.” Antígona dice al coro: “A vosotros os tomo por testigos de cómo, sin lamento de los míos, y por qué clase de leyes, me dirijo hacia un túmulo excavado de una imprevista tumba. ¡Ay de mi, desdichada, que no pertenezco ni a los mortales ni soy una más entre los difuntos, que ni estoy ni con los vivos ni con los muertos!”
Millones de Antígonas, en todo el mundo, siguen clamando desde el limbo de los desaparecidos. Convenciones multilaterales y regionales, y disposiciones constitucionales y legales de muchísimos países tratan de erradicar el odioso crimen de la desaparición forzada de personas. Millones de hombres y mujeres ponen su esfuerzo cotidiano para que así sea. Y aunque los resultados a la vista son parciales, los avances son innegables.
El cráneo de mi madre tiene dos disparos a quemarropa. He tenido la buena fortuna de poder recuperarlo, verlo, tocarlo y enterrarlo, gracias al apoyo de gente maravillosa. Es una experiencia y un privilegio que compartimos poco menos de doscientas familias en este país. El esclarecimiento del destino de los desaparecidos y la recuperación de sus restos deberían haber sido políticas de Estado sostenidas desde 1983. El juicio, el castigo y el debate político son temas propios de la contingencia –como bien hemos visto en el último acto del 24 de marzo–. El dolor de quienes siguen tratando de saber qué pasó con sus seres queridos es mucho más concreto y merece un oportuno desagravio. ¿Seremos capaces, como sociedad, de dar una respuesta a estas personas y a estas familias? ¿Una respuesta que no dependa de la voluntad del gobierno de turno, ni de la buena fortuna de lograr un hallazgo casi artesanal de restos e informaciones? ¿O seguiremos viviendo, para siempre, una puja por apropiarse del capital político, un reflejo fariseo de utilización del dolor para la agenda propia? ¿Escuchando o leyendo los casi infantiles llamados a la “reconciliación” sin la “responsabilidad”? Es el Estado argentino, como persona de existencia ideal, quien debe dar cuenta del destino de cada persona puesta bajo su poder, y recuperar los restos cuando fuere posible.
Nuestro país y nuestra sociedad están lejos de lograr un acuerdo conceptual sobre la dictadura, sus métodos y sus consecuencias. Si bien casi nadie reivindica abiertamente a la dictadura in toto, tras el repudio formal aparecen las relativizaciones, las idealizaciones y/o las apropiaciones ideológicas. Pero hasta que el último de los desaparecidos haya sido identificado, o se haya establecido su destino, seguiremos, como Nación, en deuda con las víctimas del terrorismo de Estado. En cualquier caso, yo seguiré ejerciendo el extraño privilegio de poder llevar claveles rojos cada 29 de marzo a la tumba de mi madre.
lunes, 20 de abril de 2009
Barack Obama, la CIA y los memorandos de la tortura
Poco importa si Leónidas tuvo o no ocasión de retirarse, su gesto quedó en la historia. Bajo lo que algunos autores denominan “laconofilia” –afinidad por Esparta, también llamada Laconia– ha constituido un llamado capitalizado a favor de la virtud cívica democrática, cuando no del militarismo. Sin adentrarse en la discusión sobre la cultura espartana –esclavista, misógina, violenta, militarista y casi sin expresiones artísticas–, el epitafio de aquel poeta que nunca vivió en Esparta destaca el tema del sometimiento a la ley, recurrente en la tradición griega. La muerte de Sócrates, entre otros ejemplos, tiene el mismo argumento: rechaza huir porque se había sometido a la jurisdicción ateniense, y bebe la cicuta.
Raúl J. Maldonado. Notas al pie: El filósofo eslovaco Slavoy Zizek, a propósito de la película “300” de Zack Snyder, ha realizado una interesante lectura de nuestra visión de los espartanos en su artículo La verdadera izquierda de Hollywood, donde propone una defensa de la disciplina y el espíritu de sacrificio, cualidades en las que no ve “nada esencialmente fascista”. Entre las prohibiciones de la aplicación de tortura, y respecto de la entrega de sospechosos a terceros países, valga destacar que EE.UU. ha ratificado la Convención contra la tortura de la ONU en 1994, que en su art. 3.1 establece que “Ningún Estado Parte procederá a la expulsión, devolución o extradición de una persona a otro Estado cuando haya razones fundadas para creer que estaría en peligro de ser sometido a tortura” Aunque las tres reservas interpretativas que realizara EE.UU. al ratificar la Convención remiten, en última instancia, a su ordenamiento interno para determinar qué es “tortura” y cuándo existen “razones fundadas” para temer su aplicación, existe evidencia de que la entrega de prisioneros a terceros países fue propuesta por George Tenet y su jefe de Contraterrorismo, Cofer Black, en la reunión del Consejo Nacional de Seguridad del 15 de septiembre de 2001: había tanto el conocimiento previo como la intención de que la persona fuera sometida a tortura. Sobre la formación del complejo de empresas privadas de inteligencia, puede verse el excelente “Legado de cenizas – Una historia de la CIA” (Time WEINER, Montevideo, Debate, 2008) en particular págs. 539 y ss. Un análisis detallado del memorando de González puede verse "La impunidad imperial" de MONTOYA, Roberto (Madrid, La esfera de los libros, 2005, pág. 95 y ss.)
Hay ecos de estos argumentos en la cuidada declaración de prensa con la que la administración Obama autorizó la publicación de cuatro memorandos, emitidos por la Oficina de Consejo Legal del Departamento de Justicia entre 2002 y 2005, que detallan una compleja casuística a favor de las llamadas “técnicas de interrogatorio mejoradas” que propuso la administración Bush. Tales técnicas consistían en la privación de sueño, las posturas estresantes, el encierro prolongado, periódicos baños de agua helada, el ahogamiento simulado –o “submarino”–, golpes en la cara o contra las paredes, etc.
Las consultas fueron realizadas por la Agencia Central de Inteligencia –CIA– en relación a prisioneros, presuntos “blancos de alto valor” de la red al Qaeda. Las respuestas intentaron variadas acrobacias para intentar justificar la violación de la prohibición interna e internacional de la tortura, en particular intentando establecer un conjunto de condiciones para evitar daños permanentes físicos o mentales. La argumentación devino, así, casi circular: las técnicas fueron diseñadas –y luego serían implementadas– con el aporte de médicos y sicólogos contratados por la CIA, además de interrogadores profesionales, y bajo tales parámetros fueron aprobadas por la Oficina de Consejo Legal. En un caso, al menos, el uso de insectos contra un prisionero fóbico fue aprobada por los abogados con base en el consejo de los sicólogos.
El comunicado de la administración Obama justifica la publicación de estos memorandos por su compromiso con la transparencia y la responsabilidad de los actos de gobierno, así como por el hecho de que buena parte de la información ya era de dominio público –como ejemplo, ha sido discutida aquí y aquí–; y establece que no habrá persecución penal contra los funcionarios que hayan seguido ese consejo legal de “buena fe”. Claro que tal limitación no implica que las cortes o el Congreso se abstengan de realizar investigaciones, o que no existan reclamos en sede internacional. El actual director de la CIA, Leon Panetta, ha prometido apoyo legal y financiero a cualquiera de sus empleados que sea objeto de persecución, dentro o fuera de EE.UU. La ausencia de persecución penal ha generado un fuerte rechazo entre quienes han litigado por años –como la Unión de Libertades Civiles y otros grupos– para obtener tanto el acceso a la información como el castigo de sus responsables.
La administración Bush protagonizó el ataque más serio y efectivo al sistema de derecho internacional humanitario que se construyó, con mucho esfuerzo, después de la Segunda Guerra Mundial: legitimó la guerra de agresión, el secuestro y traslado de sospechosos bajo el sistema de “rendiciones extraordinarias”, la detención sin juicio y la tortura, por si o por entrega a los servicios secretos de terceros países –como Egipto, Jordania, Arabia Saudita, etc., donde las “técnicas de interrogatorio mejoradas” no serían tan “cuidadosas” –. Poco importa si se exigía que el agua para simular un ahogamiento debiera ser potable y con un adecuado contenido de sodio, o si después de mantener durante más de siete días a un prisionero despierto hubiera que brindarle una noche de sueño antes de iniciar otra vez el proceso, o si los insectos que se introducirían en la celda hubieran de ser inofensivos: se trata de tortura, lisa y llanamente. La defensa de la era Bush se limita a constatar un hecho negativo, la ausencia de otros atentados en territorio estadounidense después del 11 de septiembre, aunque exige un esfuerzo de imaginación atribuirlo únicamente a tales tareas de inteligencia. Y sin olvidar que fue la misma CIA la que brindó el argumento sobre las “armas de destrucción masiva” del régimen iraquí, que nunca fueron encontradas.
La administración Obama, en cambio, ha prohibido la tortura y ha ordenado desmantelar las cárceles secretas de la CIA al igual que los campos de prisioneros de la base de Guantánamo, en Cuba, mediante órdenes ejecutivas suscriptas en el primer día de su mandato. Hasta qué punto es una convicción sincera es materia opinable. La limitación de las persecuciones penales favorece la opinión de quienes ven un simple cambio de estilo, pero no una ruptura con el pasado. También es cierto que, en los años de Bush, se desarrolló una próspera industria de inteligencia privada –vía contratación de empresas externas, o “tercerización”–, al punto que si en 1990 existía en la CIA un alto número de veteranos de la Guerra Fría, en 2005 la mitad del personal –operadores y analistas– tenía menos de cinco años de experiencia. La CIA, hoy, es detestada por el Pentágono y por el Departamento de Estado, y la militarización de las funciones de inteligencia no se ha detenido desde 2004. Entre otros inconvenientes, su Director Ejecutivo Kyle “Dustin” Foggo –“número tres” de la Agencia– fue acusado en 2006, y se declaró culpable en 2008, de aceptar sobornos para favorecer a su viejo amigo, el contratista Brent Wilkes, en contratos de logística: Nunca en su historia, la CIA había tenido que enfrentar un caso de corrupción de tan alto nivel. Con estos antecedentes parecería comprensible que la administración Obama quiera limitar la migración de personal formado al sector privado –donde hay buenas pagas, buenos beneficios y escaso control civil–. Firmas de contratistas militares como Lockheed Martin, Booz Allen Hamilton, o Blackwater ofrecen mejores condiciones, al punto que los contratistas privados ocupaban casi la mitad de los puestos de analistas en Bagdad y en el Centro Nacional de Antiterrorismo en 2006.
Otro punto álgido es qué tan alto podrían llegar las investigaciones sobre la decisión de implementar tortura. Valga recordar que una de las piezas principales de legitimación de la tortura es un memorando del Fiscal General Alberto R. González, del 25 de enero de 2002 que relativizaba la aplicación de las Convenciones de Ginebra a los prisioneros del régimen talibán. Los argumentos fueron la falta de reconocimiento internacional del régimen talibán –sólo reconocido por Pakistán y Arabia Saudita– y el hecho de que no tenía control total de su territorio; la conclusión, que sus miembros no representan a gobierno alguno –por lo que quedarían fuera de la “inmunidad del combatiente” por los hechos cometidos durante el conflicto–. El memorando, de cuatro páginas, propone luego una serie de ventajas y desventajas de tal razonamiento, para concluir en que la ganancia neta, para la administración, habría de ser superior.
Entre tantos argumentos capciosos y forzados, hay uno recurrente: la “guerra contra el terror” es una “nueva clase de guerra”, por lo que las regulaciones de las Convenciones de Ginebra no habrían resultado apropiadas. Pero si cada conflicto armado es, por definición, único e irrepetible como cada evento histórico, ¿qué sentido tiene entonces hablar de regulaciones legales? Estas establecen criterios generales que son interpretados por la autoridad de aplicación en una situación particular. El argumento de “la nueva clase de guerra” es tan sólo otra falacia –y una no muy elegante– para justificar el voluntario apartamiento de una práctica jurídica reconocida y legislada por la comunidad internacional, y por ende vinculante.
Por último, la participación de profesionales del área de la salud –médicos y sicólogos– también genera su propia dinámica: las asociaciones profesionales se han pronunciado con el esperable toque de indignación ante el conocimiento de estos hechos, pero aún no se ha materializado ninguna respuesta en términos de procesos administrativos o sanciones disciplinarias a quienes han intervenido. Tanto estos profesionales, como los restantes implicados, deberán poder acreditar que existe tal cosa como una “obediencia de buena fe” a un consejo legal que autoriza la tortura.
El uso de la tortura como técnica operativa sistemática choca tanto las convicciones más nobles a las que ha llegado la especie humana como el sentido de experiencia histórica de los pueblos, y nuestra más íntima convicción de que constituyen violaciones a nuestra propia humanidad. De allí que el terrorismo de Estado requiera de una cobertura ideológica, que antepone nociones abstractas –la Patria, la Libertad, la Revolución, o lo que fuere– frente a la noción de obligación al cumplimiento de las leyes a la que refería Simónides.
¿Logrará la administración Obama mantener su promesa de no torturar, y recuperar así algún prestigio para EE.UU.? La prohibición de la tortura y la cancelación del programa de prisiones secretas son pasos correctos en esa dirección. La promesa de no enjuiciar a, al menos, algunas de las personas que han intervenido puede ser vista como una concesión impuesta tanto por lealtades programáticas con la administración anterior como por el peligro de debilitar a sus agencias de inteligencia. Aún cuando la CIA esté desarticulada y en franco declive, no es sino una entre trece agencias de inteligencia en EE.UU. Los errores estratégicos de la administración Bush llevarán mucho más que la publicación de algunos memorandos para ser corregidos. Pero Barack Obama se ha colocado, al menos de momento, en un estadio superior del cumplimiento de la ley.