martes, 19 de marzo de 2013

Algunas reflexiones sobre el origen de la democracia



“El peor de los regímenes, a excepción de todos los demás”
Usamos el concepto de “democracia”, tanto en la vida diaria como en la académica, para referirnos a un proceso de toma de decisiones en cualquier grupo humano en el que todos los miembros tienen igual derecho a opinar y a hacer valer su opinión. En particular, proponemos algunas reflexiones sobre los problemas y la historia de la democracia como forma de gobierno.
Como punto de partida, podemos tomar la definición de Abraham Lincoln, aunque nos resultará tan bella como insuficiente: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Los problemas de la determinación de quiénes integran el pueblo; cómo toman las decisiones y las implementan; cómo controlan su cumplimiento; cómo resuelven los conflictos que se generan; etc., son la sustancia propia de una variedad de disciplinas. Por tomar un ejemplo, no será igual la visión del periodista, del político o del historiador, dados sus diferentes ámbitos de interés y formas de abordar la realidad.
El elemento teleológico –el “para el pueblo” – refiere a uno de los conceptos más elusivos del estudio de la política: el “bien común”. La acción política se supone y se propone siempre como garante de este “bien común”, incluso en las formas del castigo o el sacrificio. Sabemos, por experiencia histórica y por observación cotidiana, cuantas críticas se han hecho a las falencias de la democracia, a sus limitaciones y sus manipulaciones. Con frecuencia, gobiernos definidos y definibles como dictaduras han invocado actuar como garantes o como intérpretes de la “verdadera” voluntad democrática de sus pueblos. Y la imputación de querer subvertir, acotar o disminuir la democracia precede, casi como referencia ritual, una amplia mayoría de discursos políticos, mientras se reclama por mayor transparencia y participación en los procesos de toma de decisiones y una mayor comprensión y armonización de las necesidades de las mayorías y los derechos de las minorías.
Muchas veces, estas críticas toman un tono apocalíptico, como si los problemas o los males que definen fueran novedosos tanto en su forma como en su gravedad. Pero cuando reflexionamos sobre la historia de la democracia como institución, y sobre la historia de los pueblos y sus formas de gobierno, podemos proponer algunos patrones similares. La historia, ciertamente, ni está escrita ni se repite necesariamente, pero el pasado nos brinda la experiencia de cómo otras sociedades resolvieron problemas similares. Y de esta reflexión podemos obtener valiosas experiencias.
En particular, al referirnos al origen de la democracia en las ciudades-Estado griegas del siglo VI al siglo IV ac, podemos examinar cómo se creó esta práctica social, qué peligros enfrentó e, incluso, rastrear hasta sus más antiguas expresiones algunas de las críticas. Pero también nos permitirán reflexionar sobre los esfuerzos y sacrificios que han existido tras esta forma de gobierno, a la que alguna vez Winston Churchill catalogara como “el peor de los regímenes, a excepción de todos los demás”.
Hoplitas en el ágora
La democracia es una práctica social y, por lo tanto, los elementos contingentes de lugar, tiempo y modo se vuelven, o pueden volverse, importantes. En particular, nos interesa ahora el origen mismo de esta práctica, el momento, el tiempo y el modo en que algunos pueblos empezaron a regirse por el principio “un hombre, un voto”.
Pensemos un momento en el mundo alrededor del siglo VI ac. La inmensa mayoría de los pueblos estaban organizados en variedades de reinos o imperios. Podía haber administraciones más razonables o más severas, pero la vida política solía ser un privilegio de casta al que se accedía por herencia o por conquista. La noción central de la vida política no era la de “ciudadano”, sino la de “súbdito”. ¿Por qué fue en Grecia, y por qué en ese momento, que surgió la democracia? Responder esta pregunta requiere dos precisiones.
La primera, es respecto de las fuentes. Conocemos mucho más de Grecia que de otras culturas antiguas, sencillamente porque nos han llegado muchísimas más fuentes históricas. Y, en particular, sabemos que los sistemas democráticos que se pusieron en vigor allí duraron alrededor de un siglo y medio. Establecer una vinculación, si la hay, entre la producción cultural griega y el florecer de la democracia excede el compás de este trabajo. Baste señalar, sin embargo, que el legado cultural de ese período de esplendor –el Siglo de Oro– ha llegado hasta nuestros días. Es cierto que ha pasado por traducciones, adaptaciones y apropiaciones ideológicas, pero ha conformado un cuerpo de reflexiones filosóficas, políticas, estéticas e históricas que aún hoy es un fascinante objeto de estudio.
La segunda precisión es respecto al alcance del término “democracia”. El mundo griego no escapaba a las limitaciones de su época, en la que la mejor tecnología disponible para concentrar fuerza de trabajo en cualquier lugar y en cualquier momento era el látigo del capataz de esclavos. Así, el grupo social que tenía el carácter de “ciudadano”, y por ende votaba, excluía por definición a los esclavos y a las mujeres. Además, excluía originalmente a quienes no eran propietarios de tierra, aunque luego este requisito se fue suavizando. Como una estimación grosera, podemos decir que los no votantes superaban a los votantes a razón de 8 ó 10 a 1, e incluso más.
Ahora bien, centrémonos unos momentos en la figura del ciudadano de la polis griega. En principio, era un hombre, libre, dueño de una cierta cantidad de tierra. No tenía necesariamente una vida acomodada, aunque las estrecheces del campesino le resultaban ajenas. Cierto número de esclavos y de hombres libres, pero no ciudadanos, se ocupaban del manejo de su granja. Si las cosechas eran buenas, existían excedentes que intercambiar. Para eso, nuestro ciudadano griego se dirigía al “ágora”, donde no sólo se realizaban tratos comerciales, sino que también se discutían cuestiones de interés común. Uno de los problemas más serios eran las cuestiones de límites con las ciudades vecinas
Tras zarandear el asunto a satisfacción, nuestro ciudadano votaba a mano alzada por la propuesta que encontrara más interesante. Si se había votado por la guerra, marchaba al mando de uno o más generales por los que también había votado. Los ciudadanos griegos luchaban protegidos por un gran escudo llamado “hoplón”, un yelmo en la cabeza, grebas en las piernas y una coraza protegiendo torso y vientre. Llevaban, además, una lanza de dos o tres metros. Eran lo que los militares llaman “infantería pesada”, y adoptaban una formación conocida como “falange de hoplitas”: avanzaban de ocho o más en fondo, con las filas frontales manteniendo juntos sus escudos, como si fueran una pared, mientras trataban de clavar sus lanzas en el enemigo. Las filas posteriores, como en el scrum del rugby, brindaban empuje. En tanto el enemigo no pudiera atacar por los flancos o la retaguardia, protegidos además por contingentes de tropas livianas, una falange era una formación compacta de lanzas y escudos que casi nada podía detener, excepto otra falange.
Para algunos autores, esta simetría entre el poder del voto y el deber del combate resulta esencial para entender por qué se dio el fenómeno de la democracia en las polis griegas. Ciertamente, se requería del buen ciudadano griego que mantuviera su lugar en la batalla y que cumpliera las leyes el resto del tiempo. Este igualitarismo se volvía rabioso en la forma en la que se trataba con los personajes que, por mérito o ambición, sobresalían “indebidamente”, que era castigado por los dioses y por los hombres.
En cualquier caso, esta combinación de gobierno consensuado e infantería pesada permitió a las polis defenderse tanto de sus enemigos externos como de la hegemonía de cualquiera de las ciudades-Estado. Veremos a continuación algunos episodios que ejemplifican las principales características de esta dinámica.
“Caminante, ve y di a los espartanos…”
El primer enemigo externo de la comunidad de ciudades-Estado griegas era el Imperio Persa. Desde un núcleo en el actual Irán, los persas habían forjado, en 50 años, un imperio que incluía unos 70 millones de personas, y que se extendía desde el Mar Negro hasta partes de Paquistán y la India. Bajo la dinastía aqueménida había conquistado algunas colonias griegas en la costa del Mar Muerto, y esto amenazaba el flujo de cereales hacia las polis griegas, y en particular a Atenas. En 503 aC. se inició una serie de largas rebeliones conocidas como “los levantamientos jónicos” y Atenas apoyó a los rebeldes. Persia no olvidaría la ofensa. Para 490, un ejército persa al mando del rey Darío I intentó desembarcar en Grecia, a 42 kms. de Atenas, en la llanura de Maratón. Los hoplitas atenienses los derrotaron y luego frustraron un segundo intento de desembarco. El primer episodio de las Guerras Médicas terminó a favor de las polis.
Pero en 480 el hijo de Darío, Jerjes, llevaba casi cinco años preparando la expedición con la que atacó el norte de Grecia. Unos 250 mil hombres avanzaban asistidos por una flota de 1.200 trirremes, cada uno con hasta 200 tripulantes. Era una fuerza de invasión enorme, diseñada para desalentar la resistencia. Sin embargo, algunas polis habían acordado coordinar sus recursos militares bajo el comando de quienes eran reconocidos como los mejores guerreros: los espartanos.
Esparta gobernaba una amplia región al sur de la península del Peloponeso. Estaba gobernada por un sistema complejo que incluía dos reyes, uno por cada una de dos familias tradicionales, una asamblea de ciudadanos y un consejo de ancianos. Su sociedad estaba dividida en tres castas. Los espartiatas eran los ciudadanos, cuyo sistema educativo estaba diseñado para transformarlos en soberbios guerreros. Bajo ellos estaban los periecos, espartanos libres sin plenos derechos de ciudadanía. La tercera casta eran los ilotas, pueblos mesenios y laconios que habían sido sojuzgados y eran tratados como poco más que esclavos. A diferencia de otras polis, en Esparta las mujeres recibían una educación similar a la de los hombres; uno más de los ejemplos del celo con que intentaban hacer “iguales” a todos sus ciudadanos, pero también una necesidad ante un posible levantamiento de los ilotas.
La ruta del ejército persa los llevaba por un paso estrecho entre el mar y las montañas, llamado Desfiladero de las Termópilas. Un contingente griego, de no más de 7.000 hombres entre hoplitas y auxiliares, detuvo con éxito al ejército persa durante dos días: sin flancos expuestos en las pocas decenas de metros que había entonces entre las montañas y el mar, los persas atacaron de frente a los hoplitas griegos y sufrieron muchísimas bajas. Al tercer día un traidor condujo a los persas a la retaguardia  de los griegos, que iniciaron una retirada. En la retaguardia griega quedaron 700 hoplitas tespios y 300 espartanos, al mando de uno de los reyes de Esparta, Leónidas. Los tespios fueron derrotados y tomados como esclavos, pero los espartanos lucharon hasta el último hombre. En tres días habían producido alrededor de 10.000 bajas a los persas.
Leónidas había elegido 300 guerreros que tuvieran un hijo varón, toda vez que un oráculo había predicho que Esparta vencería a los persas, pero perdería a un rey. Su resistencia tenaz y su sacrificio fueron un elemento de propaganda importantísimo. Esparta contrató al poeta Simónides para que compusiera un epitafio para Leónidas, que aún hoy puede leerse en Termópilas: “Caminante, ve y di a los espartanos que aquí yacemos, en cumplimiento de sus leyes”. De las leyes, no por la gloria o el mandato de los dioses. Se había definido, así también, un estándar de conducta contra los “enemigos de la libertad” que tendría profundas implicancias en el futuro de” la cultura griega.
La “divina Salamina”
Poco menos de un mes después de las Termópilas, las fuerzas persas avanzaban sin contratiempos. Los atenienses, piadosos como todos los griegos, habían pedido consejo al oráculo de Delfos, que declaró que todo estaba perdido, y que la última defensa ateniense estaría “tras murallas de madera”. Durante los años previos un ciudadano, Temístocles, había insistido en la creación de una flota poderosa. Y ahora propuso retirar a todos los atenienses al mar, refugiados en la flota, para allí luchar contra los persas o huir a Italia, si no había éxito.
Temístocles asumió el mando de los atenienses y de sus aliados, y enfrentó a Jerjes en el Estrecho de Salamina. El buque de guerra más grande de la época era el trirreme, en el que tres filas de remeros brindaban poder de impulso y de maniobra para embestir, con el ariete de la proa, a las naves enemigas. Por necesidad, las batallas de trirremes se libraban cerca de la costa, y desde allí, en un trono en un monte, Jerjes asistía al espectáculo. Pero al librarse en un estrecho, y casi podríamos agregar “otra vez”, la flota persa no podía valerse de su superioridad numérica y flanquear a la flota griega.
En la historia de la guerra naval ha habido pocos episodios tan crueles como Salamina. Las bajas de los persas se estiman, hoy, casi en 40.000 hombres, una cifra impresionante. Los griegos, por su parte, sólo perdieron unos miles de hombres. Dos razones se han esgrimido para explicar esta diferencia, y ambas son culturales. La primera, que los griegos, como pueblo, vivían cerca del mar y, por regla, sabían nadar; pero sus enemigos no. Aquellos persas que, además, pudieron alcanzar nadando o flotando las costas fueron muertos por patrullas griegas. La segunda, y más acorde con esta perspectiva, es que los griegos eran remeros libres, que no estaban atados a su barco. Cuando un trirreme embestía, la nave enemiga se hundía rápidamente. Los persas, en cambio, mayormente usaban esclavos, en muchos casos atados al remo. Así, en el momento más necesario, cuando la nave estaba en maniobras de combate, el terror de los esclavos podía resultar en la pérdida de todo impulso.
Sin embargo, hay mucho que desconocemos sobre la batalla. Lo que resulta mucho más interesante, y pertinente para este enfoque, son sus consecuencias. La más obvia fue iniciar la retirada persa: Jerjes, privado del apoyo de la flota, volvió atrás con la mejor parte de su ejército. En poco más de un año, los griegos destruyeron a las fuerzas persas en las batallas de Platea y Micala. En las siguientes tres décadas el Imperio Persa se retiraría cada vez más lejos de Grecia.
La consecuencia más duradera, sin embargo, fue en la propia Atenas. La “divina Salamina”, como pronto la llamaron en toda Grecia, fue una victoria de hombres libres, no de ciudadanos. Los barcos griegos tenían nombres como “democracia” y “autodeterminación”, y los cantos de los remeros atenienses iban en el mismo sentido. Atenas tenía la marina más poderosa del Egeo, pero su fuerza motora eran los remeros pobres, quienes reclamaron su participación en el gobierno. Esta combinación implicó que Atenas formara, en parte a costa de los persas, su propio imperio. Y la lanzó de lleno a lo que llamamos, hoy, “el Siglo de Oro”. Atenas aparecía como un faro resplandeciente que congregaba a filósofos, arquitectos, dramaturgos y escultores. En otras polis, además, el ejemplo de la democracia ateniense alentaba a los demócratas locales.
Termópilas y Salamina han sido señaladas como momentos cruciales de la historia de Occidente. Los espartanos luchando junto al cadáver de Leónidas; los remeros griegos cantando en la batalla; Jerjes saltando tres veces de su trono, incrédulo ante la carnicería en Salamina; fueron imágenes poderosas sobre el poder de la combinación de disciplina y democracia. Y por cierto que si Jerjes hubiera vencido, la historia de Grecia hubiera cambiado. Pero Jerjes fue derrotado, por primera vez, por el valor del remero ateniense, un hecho que definiría buena parte de los conflictos del siglo siguiente.
Tres veces nueve años
Esta expansión de la calidad de “ciudadano” iba más allá de lo que los espartanos consideraban aceptable. Esparta era una sociedad conservadora por necesidad, que no podía permitirse que sus ilotas intentaran sacudirse el yugo. Pero, además, el poder de Atenas ya era hegemónico en el mar, y empezaba a ser importante en tierra. La guerra entre las coaliciones de aliadas de Atenas y de aliadas de Esparta devino, así, casi inevitable.
Cuando se iniciaron las hostilidades, el Oráculo de Delfos predijo que duraría “tres veces nueve años”. Si bien hubo períodos de paz, durante tres décadas Esparta y Atenas consumieron su poder en una contienda de una ferocidad nunca antes vista en el mundo griego. Las convenciones bélicas anteriores sobre el trato de civiles, prisioneros y cadáveres del enemigo fueron barridas.
Una serie de errores estratégicos, como las campañas de Melia y Sicilia, y una peste que asoló la ciudad, sellaron el destino del esfuerzo bélico de Atenas. Derrotada en 404 ac, la ciudad hubo de soportar duras condiciones: una guarnición espartana; la destrucción de sus murallas; la pérdida de su imperio y el gobierno de 30 ciudadanos ilustres (elegidos por los espartanos) que rápidamente fueron llamados “los Treinta Tiranos”. Atenas había empezado la guerra con unos 40.000 ciudadanos. Ahora tenía apenas un cuerpo consultivo, con la apariencia de una asamblea, integrado por 3.000 “ilustres” entre los que había una mayoría de pro-espartanos. Los Treinta Tiranos, además, iniciaron una campaña de destierros y ejecuciones judiciales de los opositores, que incluía la confiscación de sus bienes.
Esparta, por su parte, también había resultado muy castigada por la guerra del Peloponeso. Había perdido muchísimos hombres y mucho prestigio: en las etapas finales de la guerra había aceptado el oro persa para sostener a sus aliados. Sus instituciones y su dominio de los ilotas estaban en crisis, y se mostraron incapaces de controlar el imperio que habían arrebatado a los atenienses. Menos de un año después, en 403 ac, los demócratas atenienses lograron expulsar a los Treinta Tiranos. La nueva democracia ateniense resultó ser un gobierno prudente. Limitó las persecuciones y venganzas contra los Treinta y los Tres Mil mediante el dictado de una ley de amnistía. Atenas era una sociedad cansada de años de guerra. Pero en pocos años recobró sus murallas y su comercio; y en pocas décadas, su imperio comercial.
La muerte de Sócrates
Una de las más viejas tradiciones de crítica a la democracia proviene de aquellos días. La historia es conocida, y ha llegado a nosotros en la aún hoy angustiante crónica que realizara Platón. Se trata del juicio y ejecución de Sócrates, un filósofo ateniense, en 399 ac. Es materia discutible si el juicio se inició para buscar la muerte, o sólo la humillación de Sócrates, quien había sido uno de los Tres Mil, aunque no proespartano. Pero culminó en la condena de un anciano que aceptó su injusta muerte con sobriedad, integrándola en su deber de observancia de la ley ateniense.
Platón inició su crítica a la democracia al señalar con qué voluble espíritu había votado la Asamblea, decidiendo y festejando la muerte de su maestro para luego pasar a ocupaciones más banales. Este carácter volátil de la asamblea ateniense siempre había espantado a los sectores más conservadores y aristocráticos, de los cuáles provenía Platón. Durante las siguientes décadas, mientras Atenas trataba de reconstruir su imperio; Esparta se eclipsaba y Tebas iniciaba su ascenso, esta volatilidad sería un elemento determinante de la política internacional.
Hay aspectos del juicio a Sócrates que hoy encontraríamos nulificantes: la vaguedad de las acusaciones, la falta de garantías procesales y asistencia letrada, la ausencia de toda posibilidad de revisión del proceso, la crueldad e inmediatez de la pena. De hecho, constituye una referencia obligada, en el estudio del Derecho, como ejemplo de las flagrantes injusticias que conlleva el desprecio a los derechos individuales.
La democracia griega y la democracia moderna
Sócrates fue asesinado en 399 ac. Para 363 ac, la democracia ateniense ya estaba supeditada a los deseos de Filipo II, el rey de Macedonia. La base agraria y el sistema de ciudadanos-soldado habían pasado de su mejor momento, en buena medida por su propio éxito. El hijo de Filipo fue educado por un alumno de Platón llamado Aristóteles, y pasó a la historia como Alejandro Magno, uno de los genios militares de la antigüedad. Su padre había unificado Grecia a sangre y fuego como paso previo a la conquista del Imperio Persa. Alejandro, como sabemos, lo logró mediante una serie de campañas brillantes en las que expandió lo que llamamos “la cultura helenística”, una combinación de elementos griegos, macedonios y orientales.
La democracia griega inspiró también a la República romana, ayudando a consolidar el poder de lo que, luego de Julio César, conocemos como el Imperio Romano. Para el siglo XVII era casi inevitable que hubiera menciones de la historia griega en las discusiones políticas. En el siglo XXI asistimos a gimnasios, simposios, liceos y academias sin relacionarlos, necesariamente, con la historia griega.
Aunque nuestras libertades y nuestras democracias son muy diferentes, no debemos dejarnos confundir por las notas que son propias de aquellas épocas. Hoy pensaríamos que los griegos clásicos eran sexistas, machistas y chovinistas. La sujeción del individuo al Estado era mucho mayor que la que hoy consideraríamos aceptable. Y con frecuencia sus gobernantes eran venales, corruptos, torpes, miopes o crueles. Fue la Asamblea democrática de Atenas la que votó la muerte de Sócrates, o las matanzas de los melios.
Pero para ser justos con el legado de la democracia griega, tenemos también que tomar en cuenta tanto su excepcionalidad como sus logros. A lo largo de casi dos siglos, un conjunto de casi mil ciudades tuvo instituciones de gobierno más o menos consensuadas que produjeron una cultura pujante y efervescente. En ausencia de dogmas político-religiosos, la libre discusión entre ciudadanos produjo avances en todas las áreas del conocimiento. Aún hoy nos referimos a los griegos clásicos para la mayoría de las disciplinas, al menos en el ámbito de la cultura occidental. De las matemáticas al teatro, todo parece hecho o intentado por ellos.
Una suerte de sabiduría colectiva permitió estos logros culturales. Nuestro mundo es infinitamente más rico y complejo que el de aquellos griegos, pero no hemos logrado superar su visión de la virtud cívica: el derecho a elegir y el deber de participar. Aún cuando ahora no votamos a mano alzada, sino que elegimos representantes para que lo hagan por nosotros mediante complejos sistemas de una o más asambleas. Aún cuando ahora hay una distancia enorme entre la decisión del votante y la ejecución de la política por parte del gobernante. Aún cuando auditar los actos de gobierno es mucho más difícil que presentar el caso ante una asamblea de iguales.
Aún con todas esas diferencias, y muchas más que podríamos encontrar, en algún punto nos intuimos continuadores de esa tradición de democracia. Aún sin una reflexión política profunda, intuimos que el gobierno de consenso, el respeto a la ley y la capacidad de auditar efectivamente a los gobernantes son pilares esenciales del buen gobierno. La noción de “ciudadano” nos ha permitido articular el mundo político y social durante los últimos tres siglos, y rechazamos por pernicioso todo aquello que nos prive de la libertad necesaria para lograr estos pilares. La lanza espartana y el remo ateniense defendieron la democracia en sus orígenes. Pero cada generación tiene que resolver qué hará con la libertad de la que goza, o como obtendrá la que le falta.

Raúl J. Maldonado

 Para seguir leyendo: la bibliografía sobre la democracia griega es, por necesidad, apabullante. Por supuesto, tenemos excelentes traducciones de los textos clásicos como las "Historias" de Heródoto; la "Historia de la guerra del Peloponeso", de Tucídides, o la "Annábasis", de Jenofonte. Heródoto se centra en las Guerras Médicas. Tucídides, por su parte, deja sin cubrir los últimos años de la guerra. Y Jenofonte, por último, narra un episodio marginal, una incursión de 10.000 hoplitas, veteranos de la Guerra del Peloponeso, como mercenarios en Persia. En el mercado local, podemos encontrar además excelentes obras de divulgación sobre los temas tratados en este artículo. Podemos citar "Termópilas. La batalla que cambió el mundo", de Paul Cartledge (Ariel, Barcelona, 2010); "Un siglo decisivo. Del declive de Atenas al auge de Alejandro Magno", de Michael Scott (Ediciones B, Barcelona, 2010) y, como casi obligatorio, "La guerra del Peloponeso" de Donald Kagan (Edhasa, Barcelona, 2010). Sobre aspectos más específicos, como la batalla de Salamina, puede verse "Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental" de Victor Davis Hanson (Fondo de Cultura Económica, México, 2006), así como algunos de sus ensayos en "Guerra. El origen de todo" (Turner, Madrid, 2011).