La libertad de expresión requiere, en muchas ocasiones, de un estómago fuerte, para digerir el discurso hediondo, sectario y estúpido. Pero sin duda alguna, puede “faltarle el respeto” a las creencias y las religiones… o no sería una “libertad”.
La vida internacional tiene una especificidad y sustancia propias, y siempre hay que estar prevenidos contra las analogías domésticas. Pero en algunos casos, lo local y lo global sólo se diferencian en la intensidad y en el poder de los actores implicados: el 18 de junio, la Corona británica anunció el otorgamiento de honores a 945 personas, por méritos diversos. Uno de ellos es el escritor anglo–paquistaní Ahmed Salman Rushdie. En los días siguientes, los cables de agencia y algunos medios locales reproducían declaraciones altisonantes y marchas de protestas en Paquistán, Irán y Egipto, entre otros lugares, en lo que se presentaba como una nueva “afrenta” al Islam.
En 1988 Salman Rushdie no era “Sir”, sino un simple escritor que publicaba su cuarta novela, Los versos satánicos, de cuyo destino ya no podría separarse. En ella había ciertas referencias a tentaciones que sufría el profeta Mahoma. En la India se generó la primera protesta, ante la solicitud de un diputado de la prohibición del libro, a lo que el gobierno de Rajiv Ghandi dio luz verde en octubre de 1988, tres semanas después de su publicación. Siguieron las prohibiciones en Bangladesh, Egipto y Sudáfrica. Pero el conflicto sobre Los versos satánicos escaló en Paquistán.
Bajo la influencia de las ideas de Mawdudi (1903–1970), los islamistas paquistaníes fueron partícipes del proceso formativo de su país –desde la secesión con la India en 1947– como el partido “Jamat al–islami” –o “Vanguardia de los creyentes”. En 1971, la secesión de Bangladesh había constituido un trauma para el nacionalismo paquistaní comparable a la Guerra de los Seis Dias para el nacionalismo egipcio. Para 1977 el general Ali Bhutto, del Partido del Pueblo Paquistaní, ya había abandonado la divisa “Socialismo, Islam y democracia”, pero igual fue derrocado por el general Zia ul–Aq. La “islamización” de las leyes paquistaníes se profundizó desde 1979, y un importante sector de la burguesía piadosa logró controlar, mediante su apoyo económico, el sistema de escuelas religiosas –o madrassas– que tuvo su explosión en la década siguiente. El control ideológico unía a religiosos y al gobierno paquistaníes
En el Paquistán de 1988, donde los servicios de inteligencia –el ISI– manejaban las finanzas de una compleja red de guerreros santos –los yihadistas– contra la ocupación soviética de Afganistán, los sectores religiosos tenían mucho peso –en particular la escuela deobandí, de la que luego derivarían los talibán que gobernaron Afganistán entre 1994 y 2002–, pero no planteaban la ruptura sino la participación en la vida política. Así, solicitaron un embargo comercial a EE.UU. para que allí también se prohibiera el libro de Rushdie. Sin embargo, el gobierno paquistaní trazó un claro límite a las protestas: cuando un grupo de musulmanes furiosos incendió el Centro Cultural Americano en Islamabad, la represión policial causó doce muertos y cientos de heridos.
Pero en Irán, en cambio, la dinastía del Sha Pavlevi había sido derrocada por un movimiento liderado por el ayatollah Rudolah Khomeini, en 1979. Khomeini fue el tercero de los grandes islamitas del siglo XX –junto con Qotb en Egitpo y Mawdudi en Paquistán–. Pero mientras Mawdudi proponía la participación política, y Qotb la ruptura desde la clandestinidad, Khomeini logró articular su movimiento para liderar los reclamos contra la dinastía persa. En la víspera de la revolución iraní, todos estaban de rodillas ante Khomeini, como recordara la escritora española Rosa Montero sobre los socialdemócratas, socialistas y comunistas. La revolución había logrado la creación del primer Estado islámico –la República Islámica de Irán– y la extensión de la sharia –la ley islámica– era total. Pero el costo había sido enorme: la toma de la embajada de EE.UU. en Teherán brindó al régimen una enorme victoria política, al mantener rehenes estadounidenses durante 444 días, y tras el fracaso de una operación de rescate; pero entre 1980 y 1989 Irán sostuvo una guerra contra Irak por unos pueblos fronterizos. El saldo fue de entre medio y un millón de muertos iraníes. En aquellos tiempos, Saddam Hussein recibió apoyo saudita y estadounidense –Donald Rumsfeld viajó, en 1983, como enviado especial de la administración Reagan– para contener a Irán, que compensaba la superioridad táctica y operacional de los iraquíes con ataques masivos de infantería.
La controversia sobre Los versos satánicos llegó en el momento justo para el régimen iraní, que había quedado debilitado por el final de la guerra sin un claro vencedor. En Inglaterra, los sectores musulmanes habían organizado, en los meses anteriores, campañas políticas y quemas del libro de Rushdie, pero ese impulso se estaba agotando sin logros concretos. El 12 de febrero de 1989 la represión policial había culminado con las protestas en Islamabad. Tres días después, los soviéticos terminarían su retirada de Afganistán. El 14, la fatwa tomaba por sorpresa al mundo: Khomeini había dado la orden a todo musulmán de matar a un escritor que vivía en Londres –y a sus editores, por cierto–. Se había logrado colocar por encima de la distinción entre chiitas y sunnitas, y había llevado el ámbito de jurisdicción islámico hasta abarcar al planeta entero: Hitoshi Igarashi fue asesinado en Japón, en julio de 1991, por traducir el texto al japonés. Ettore Capriolo, el traductor al italiano, y William Nygaard, el editor al noruego, sufrieron intentos de asesinato en 1991 y 1993. Rudollah Khomeini murió poco menos de tres meses después de ordenar la muerte de Salman Rushdie, quien vivió oculto por las autoridades británicas durante los siguientes nueve años. Si bien la fatwa fue disputada, en su origen, por los clérigos sunnitas, y luego levantada en 1998, su sombra jamás dejó de perseguir a Rushdie, ni de definir la relación entre el integrismo islámico y la libertad de expresión.
Los ejemplos cercanos abundan: el 2 de noviembre de 2004 el cineasta holandés Theo van Gogh (47) –descendiente del hermano de Vincent van Gogh– fue asesinado por Mohammed Bouyeri, un holandés–marroquí, en Ámsterdam. van Gogh había presentado su corto “Sumisión” –tal es el significado de la palabra árabe “Islam”–, una fuerte crítica a la posición de las mujeres en el mundo musulmán. “Sumisión” fue realizado en base a textos de la activista feminista de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, entonces diputada holandesa.
El 30 de septiembre de 2005 el periódico danés Jyllands–Posten publicó una docena de caricaturas sobre el profeta Mahoma. Las protestas que generaron causaron al menos 139 muertos, inflamadas por una campaña de un grupo de clérigos holandeses en los países musulmanes, e incluyeron boicots comerciales a Dinamarca y Holanda, quema de banderas y embajadas. Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah –la guerrilla chiita del sur del Líbano con fuertes y reconocidos lazos con Irán– declaró, en febrero de 2006, que estas caricaturas eran consecuencia de no haber matado a Rushdie en su momento.
En septiembre de 2006, el papa Benedicto XVI, en una alocución en una universidad alemana, deslizó una cita del siglo XIV en la que se criticaba al Islam. Las protestas se sucedieron desde Egipto, Marruecos, Somalía –donde el sheik Abubukar Hassan Malin llamó a "cazar" al Papa, “…como se había perseguido a Salman Rushdie, el enemigo de Alah que ofendió a nuestra religión”–, Irán, Iraq, Indonesia, Malasia, Paquistán, Palestina, Turquía y Yemen. Una monja italiana fue asesinada en Somalía, y los cristianos iraquíes fueron amenazados, y sus templos incendiados por la insurgencia iraquí.
La actual protesta contra el ahora Sir Salman Rushdie se extiende por Paquistán, Egipto e Irán, puntos de origen de sendos movimientos fundamentalistas. Es muy pronto para establecer si quedará en algunas demostraciones públicas y protestas oficiales, o si se trata de las primeras gotas de una nueva tormenta –al término de estas líneas aún no se había aclarado la autoría de dos coches bombas fallidos y un tercer vehículo en llamas en Inglaterra–.
Existen diferencias que embellecen nuestra vida, como la diversa dotación de talentos entre los hombres. A algunos, una mezcla de azar y necesidad los coloca en el lugar y el momento correctos y sus dichos devienen “clásicos”. En un discurso de 1852 de Wendell Phillips –un abogado estadounidense que fuera abolicionista y, después de la guerra civil estadounidense, defendió los derechos de los nativos y las mujeres– sintetizó un principio rector de validez universal sobre nuestras libertades:
El precio de la libertad es la eterna vigilancia.
Raúl J. Maldonado.
Ayann Hirsi Ali fue incluida, en 2005, en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de Time Magazine. Resume su historia en un duro reportaje del diario El País. En 2006 su caso –habría “mentido” para lograr asilo en Holanda en 1992– estuvo en el centro de la caída del gabinete de coalición holandés, que se quebró en torno a la cuestión de la inmigración. Entre los datos sorprendentes sobre las caricaturas de Mahoma, si bien cayeron las exportaciones danesas de productos lácteos a países árabes, el consumo de productos de lujo entre la derecha estadounidense llevó a un aumento de sus exportaciones del 17% en 2006. La cita de Wendell Phillips es atribuida, en muchas ocasiones, a Thomas Jefferson –el tercer presidente de EE.UU., quien no necesita, por cierto, citas ajenas. Es el autor de otro dictum afamado sobre las libertades: “El árbol de la libertad necesita regarse, de tiempo en tiempo, con la sangre de los patriotas y los tiranos."