sábado, 30 de junio de 2007

Sir Salman Rushdie

Algunas de las diferencias que existen en las sociedades humanas, como aquellas entre hombres y mujeres, embellecen la vida. Otras, en cambio, nos enfrentan con esa interminable veta oscura y maligna que llevamos dentro, como especie: a principios de junio de 2007 una muestra de dibujos de Alfonso Barbieri fue atacada por un grupo cristiano ultraortodoxo –que no reconoce a los papas posteriores a Pio XII– dirigido por un tal Julián Espina, en la ciudad de Córdoba. Un dirigente cordobés de la agrupación Acción Católica, Marcelo Raspanti, tras deplorar el ataque y establecer que no tenía relación con la iglesia católica sintetizó, en dos frases, la filosofía del control del pensamiento: “la libertad de expresión no puede faltarle el respeto a ninguna creencia o religión…” y “…si ofende, no debería permitirse la exposición…”
La libertad de expresión requiere, en muchas ocasiones, de un estómago fuerte, para digerir el discurso hediondo, sectario y estúpido. Pero sin duda alguna, puede “faltarle el respeto” a las creencias y las religiones… o no sería una “libertad”.


La vida internacional tiene una especificidad y sustancia propias, y siempre hay que estar prevenidos contra las analogías domésticas. Pero en algunos casos, lo local y lo global sólo se diferencian en la intensidad y en el poder de los actores implicados: el 18 de junio, la Corona británica anunció el otorgamiento de honores a 945 personas, por méritos diversos. Uno de ellos es el escritor anglo–paquistaní Ahmed Salman Rushdie. En los días siguientes, los cables de agencia y algunos medios locales reproducían declaraciones altisonantes y marchas de protestas en Paquistán, Irán y Egipto, entre otros lugares, en lo que se presentaba como una nueva “afrenta” al Islam.
En 1988 Salman Rushdie no era “Sir”, sino un simple escritor que publicaba su cuarta novela, Los versos satánicos, de cuyo destino ya no podría separarse. En ella había ciertas referencias a tentaciones que sufría el profeta Mahoma. En la India se generó la primera protesta, ante la solicitud de un diputado de la prohibición del libro, a lo que el gobierno de Rajiv Ghandi dio luz verde en octubre de 1988, tres semanas después de su publicación. Siguieron las prohibiciones en Bangladesh, Egipto y Sudáfrica. Pero el conflicto sobre Los versos satánicos escaló en Paquistán.
Bajo la influencia de las ideas de Mawdudi (1903–1970), los islamistas paquistaníes fueron partícipes del proceso formativo de su país –desde la secesión con la India en 1947– como el partido “Jamat al–islami” –o “Vanguardia de los creyentes”. En 1971, la secesión de Bangladesh había constituido un trauma para el nacionalismo paquistaní comparable a la Guerra de los Seis Dias para el nacionalismo egipcio. Para 1977 el general Ali Bhutto, del Partido del Pueblo Paquistaní, ya había abandonado la divisa “Socialismo, Islam y democracia”, pero igual fue derrocado por el general Zia ul–Aq. La “islamización” de las leyes paquistaníes se profundizó desde 1979, y un importante sector de la burguesía piadosa logró controlar, mediante su apoyo económico, el sistema de escuelas religiosas –o madrassas– que tuvo su explosión en la década siguiente. El control ideológico unía a religiosos y al gobierno paquistaníes
En el Paquistán de 1988, donde los servicios de inteligencia –el ISI– manejaban las finanzas de una compleja red de guerreros santos –los yihadistas– contra la ocupación soviética de Afganistán, los sectores religiosos tenían mucho peso –en particular la escuela deobandí, de la que luego derivarían los talibán que gobernaron Afganistán entre 1994 y 2002–, pero no planteaban la ruptura sino la participación en la vida política. Así, solicitaron un embargo comercial a EE.UU. para que allí también se prohibiera el libro de Rushdie. Sin embargo, el gobierno paquistaní trazó un claro límite a las protestas: cuando un grupo de musulmanes furiosos incendió el Centro Cultural Americano en Islamabad, la represión policial causó doce muertos y cientos de heridos.
Pero en Irán, en cambio, la dinastía del Sha Pavlevi había sido derrocada por un movimiento liderado por el ayatollah Rudolah Khomeini, en 1979. Khomeini fue el tercero de los grandes islamitas del siglo XX –junto con Qotb en Egitpo y Mawdudi en Paquistán–. Pero mientras Mawdudi proponía la participación política, y Qotb la ruptura desde la clandestinidad, Khomeini logró articular su movimiento para liderar los reclamos contra la dinastía persa. En la víspera de la revolución iraní, todos estaban
de rodillas ante Khomeini, como recordara la escritora española Rosa Montero sobre los socialdemócratas, socialistas y comunistas. La revolución había logrado la creación del primer Estado islámico –la República Islámica de Irán– y la extensión de la sharia –la ley islámica– era total. Pero el costo había sido enorme: la toma de la embajada de EE.UU. en Teherán brindó al régimen una enorme victoria política, al mantener rehenes estadounidenses durante 444 días, y tras el fracaso de una operación de rescate; pero entre 1980 y 1989 Irán sostuvo una guerra contra Irak por unos pueblos fronterizos. El saldo fue de entre medio y un millón de muertos iraníes. En aquellos tiempos, Saddam Hussein recibió apoyo saudita y estadounidense –Donald Rumsfeld viajó, en 1983, como enviado especial de la administración Reagan– para contener a Irán, que compensaba la superioridad táctica y operacional de los iraquíes con ataques masivos de infantería.
La controversia sobre Los versos satánicos llegó en el momento justo para el régimen iraní, que había quedado debilitado por el final de la guerra sin un claro vencedor. En Inglaterra, los sectores musulmanes habían organizado, en los meses anteriores, campañas políticas y quemas del libro de Rushdie, pero ese impulso se estaba agotando sin logros concretos. El 12 de febrero de 1989 la represión policial había culminado con las protestas en Islamabad. Tres días después, los soviéticos terminarían su retirada de Afganistán. El 14, la fatwa tomaba por sorpresa al mundo: Khomeini había dado la orden a todo musulmán de matar a un escritor que vivía en Londres –y a sus editores, por cierto–. Se había logrado colocar por encima de la distinción entre chiitas y sunnitas, y había llevado el ámbito de jurisdicción islámico hasta abarcar al planeta entero: Hitoshi Igarashi fue asesinado en Japón, en julio de 1991, por traducir el texto al japonés. Ettore Capriolo, el traductor al italiano, y William Nygaard, el editor al noruego, sufrieron intentos de asesinato en 1991 y 1993. Rudollah Khomeini murió poco menos de tres meses después de ordenar la muerte de Salman Rushdie, quien vivió oculto por las autoridades británicas durante los siguientes nueve años. Si bien la fatwa fue disputada, en su origen, por los clérigos sunnitas, y luego levantada en 1998, su sombra jamás dejó de perseguir a Rushdie, ni de definir la relación entre el integrismo islámico y la libertad de expresión.
Los ejemplos cercanos abundan: el 2 de noviembre de 2004 el cineasta holandés Theo van Gogh (47) –descendiente del hermano de Vincent van Gogh– fue asesinado por Mohammed Bouyeri, un holandés–marroquí, en Ámsterdam. van Gogh había presentado su corto “Sumisión” –tal es el significado de la palabra árabe “Islam”–, una fuerte crítica a la posición de las mujeres en el mundo musulmán. “Sumisión” fue realizado en base a textos de la activista feminista de origen somalí
Ayaan Hirsi Ali, entonces diputada holandesa.
El 30 de septiembre de 2005 el periódico danés Jyllands–Posten publicó una docena de
caricaturas sobre el profeta Mahoma. Las protestas que generaron causaron al menos 139 muertos, inflamadas por una campaña de un grupo de clérigos holandeses en los países musulmanes, e incluyeron boicots comerciales a Dinamarca y Holanda, quema de banderas y embajadas. Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah –la guerrilla chiita del sur del Líbano con fuertes y reconocidos lazos con Irán– declaró, en febrero de 2006, que estas caricaturas eran consecuencia de no haber matado a Rushdie en su momento.
En septiembre de 2006, el papa Benedicto XVI, en una alocución en una universidad alemana, deslizó una cita del siglo XIV en la que se criticaba al Islam. Las protestas se sucedieron desde Egipto, Marruecos, Somalía –donde el sheik Abubukar Hassan Malin
llamó a "cazar" al Papa, “…como se había perseguido a Salman Rushdie, el enemigo de Alah que ofendió a nuestra religión”–, Irán, Iraq, Indonesia, Malasia, Paquistán, Palestina, Turquía y Yemen. Una monja italiana fue asesinada en Somalía, y los cristianos iraquíes fueron amenazados, y sus templos incendiados por la insurgencia iraquí.
La actual protesta contra el ahora Sir Salman Rushdie se extiende por Paquistán, Egipto e Irán, puntos de origen de sendos movimientos fundamentalistas. Es muy pronto para establecer si quedará en algunas demostraciones públicas y protestas oficiales, o si se trata de las primeras gotas de una nueva tormenta –al término de estas líneas aún no se había aclarado la autoría de
dos coches bombas fallidos y un tercer vehículo en llamas en Inglaterra–.
Existen diferencias que embellecen nuestra vida, como la diversa dotación de talentos entre los hombres. A algunos, una mezcla de azar y necesidad los coloca en el lugar y el momento correctos y sus dichos devienen “clásicos”. En un discurso de 1852 de Wendell Phillips –un abogado estadounidense que fuera abolicionista y, después de la guerra civil estadounidense, defendió los derechos de los nativos y las mujeres– sintetizó un principio rector de validez universal sobre nuestras libertades:
El precio de la libertad es la eterna vigilancia.

Raúl J. Maldonado.

Ayann Hirsi Ali fue incluida, en 2005, en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de Time Magazine. Resume su historia en un duro reportaje del diario El País. En 2006 su caso –habría “mentido” para lograr asilo en Holanda en 1992– estuvo en el centro de la caída del gabinete de coalición holandés, que se quebró en torno a la cuestión de la inmigración. Entre los datos sorprendentes sobre las caricaturas de Mahoma, si bien cayeron las exportaciones danesas de productos lácteos a países árabes, el consumo de productos de lujo entre la derecha estadounidense llevó a un aumento de sus exportaciones del 17% en 2006. La cita de Wendell Phillips es atribuida, en muchas ocasiones, a Thomas Jefferson –el tercer presidente de EE.UU., quien no necesita, por cierto, citas ajenas. Es el autor de otro dictum afamado sobre las libertades: “El árbol de la libertad necesita regarse, de tiempo en tiempo, con la sangre de los patriotas y los tiranos."



viernes, 15 de junio de 2007

La Guerra de los Seis Días

Tras seis días de enfrentamiento abierto, en lo que The Economist ya denomina Guerra entre Hermanos –un elegante eufemismo para una guerra civil–, el gobierno de unidad entre al Fatah y Hamas, en la Franja de Gaza, fue disuelto. Según el portavoz de Hamas, Fawzi Barhoum, “Esta es una victoria no sólo para Hamas, sino para los palestinos. La primera liberación fue de la ocupación. Esta liberación es de las milicias de al Fatah apoyadas por nuestros enemigos.”

Valga recordar que Israel ocupó la Franja de Gaza en 1967, en la Guerra de los Seis Días, y la entregó a la Autoridad Palestina en septiembre de 2005. La complejidad de las situaciones de Medio Oriente pone a prueba la paciencia y los métodos de cualquier analista. Pero, como bien recordaba Henry Kissinger –en unas líneas que bien podrían buscar su propia exculpación–: “Los intelectuales analizan las operaciones de los sistemas internacionales; los estadistas los construyen. (…) El analista no corre riesgos. Si sus conclusiones resultan erróneas, podrá escribir otro tratado. Al estadista sólo se le permite una conjetura; sus errores son irreparables.”
La guerra –o, con mayor propiedad, el conflicto armado– es la actividad humana que representa el nivel más complejo de la interacción estratégica, en ella las “conjeturas del estadista” se pagan con sangre, sudor, trabajo y lágrimas. Lejos de las asociaciones de un no tan remoto pasado con la gloria y el honor, el siglo XX acercó, mediante la fotografía, la radio, el cine y la televisión, el campo de batalla con una inmediatez que ya no requiere el talento de un Tolstoi o un Conrad: el dolor y la muerte están allí para quien quiera verlos. Pero la casi obscena cercanía con el desarrollo y los resultados inmediatos de los combates no permite aprehender, en toda su dimensión, el fenómeno estratégico. El éxito en los niveles tácticos y operacionales no siempre se transforma en éxito estratégico. La Guerra de los Seis Días –del 5 al 11 de junio de 1967– constituyó un claro ejemplo.
Existen sencillos recuentos, y otros más complejos, de los hechos, así como de sus antecedentes y consecuencias. Pero a los efectos de este análisis, valga establecer que para fines de mayo de 1967 los oficiales de las fuerzas armadas israelíes presionaban la autorización para el ataque –llamado “preventivo” para encuadrarlo en la legítima defensa del art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas– a las tropas egipcias que se acumulaban en la frontera. Michael Oren, un reconocido autor de la derecha israelí, sostiene que el ataque fue una respuesta razonada a una escalada de agresiones de parte de los sirios y los egipcios. También sostiene la teoría de que el ataque egipcio se programó para fines de mayo, pero fue abortada por una maniobra diplomática israelí: al denunciar en EE.UU. el ataque inminente de Egipto, la consulta llegó al Kremlin –no habían pasado aún cinco años de la crisis de los misiles cubanos, y las superpotencias estaban muy pendientes de no enviar mensajes equívocos– y la Unión Soviética instó a Egipto a no tomar la iniciativa.
Menagen Begin –en aquel entonces, ministro de Defensa israelí – reconoció, en tres párrafos sucesivos de un
discurso de 1982, que aún cuando Egipto había cerrado el Golfo de Aqqaba –una vía marítima no esencial a Israel– y había realizado una concentración de tropas en el Sinaí, la decisión y la iniciativa del ataque partió del gobierno israelí. Por su parte, Moshe Dayan, en un reportaje de 1976 que se mantuvo sin publicar hasta 1997, dijo que alrededor del 80% de los incidentes previos con los sirios habían sido provocados por Israel. Éstas y otras declaraciones similares no son pruebas del cinismo de los hombres de Estado, como han dicho –a izquierdas y derechas– los defensores de las interpretaciones conspirativas, sino muestras de las complejidades de las decisiones de la política internacional, frente al sosegado juicio que brinda el tiempo.
El 5 de junio de 1967 el éxito de las fuerzas israelíes fue abrumador: en tres oleadas principales de ataque, volando bajo el radar, sus poco menos de 200 aviones de combate destruyeron más de 330 aviones egipcios –cuatro quintas partes de las máquinas y un tercio de los pilotos– y luego destrozaron a las fuerzas aéreas de Siria, Jordania e Irak. Al final del día, en términos de la propia
Fuerza Aérea Israelí, se había alcanzado la supremacía aérea en los tres frentes: en el Sinaí; en ambas riveras del río Jordán; y en las Alturas del Golán.
Esta victoria, la mayor que Israel consiguió sobre sus vecinos árabes, es un ejemplo del concepto de maniobra correlativa: en lugar de enfrentar una larga guerra de desgaste contra un enemigo superior, las fuerzas armadas israelíes concentraron su ataque en una debilidad de sus enemigos –la pobre coordinación de sus fuerzas aéreas– y lograron, en el primer día, la supremacía aérea. Tras cinco días más de combate, Israel triplicó su territorio ocupando terreno en los tres frentes –la Península de Sinaí y la Franja de Gaza; Cisjordania y las Alturas del Golán–, y ocupó la totalidad de la ciudad santa, Jerusalén. Por primera vez en 2500 años, desde la expulsión ordenada por el emperador romano Adriano, había judíos en el Muro de los Lamentos.
El impacto en el mundo árabe fue demoledor. El presidente de Egipto, Ganmal Abdel Nasser, renunció durante algunas horas. Cayeron las administraciones de Siria, Irak, Sudán y Libia. Pero el cambio más duradero no fue tan evidente: la Guerra de los Seis Días inició el declive del nacionalismo árabe, y su reemplazo por el islamismo. Ese nacionalismo, de corte socialista, había acercado a Egipto a la Unión Soviética y se había permitido, incluso, diezmar a la organización islámica de los Hermanos Musulmanes en 1955 y ahorcar al líder teórico del islamismo egipcio, Sayyid Qotb, en 1966. Pero para 1973 –cuando Egipto realizó un mejor papel militar frente a Israel en la Guerra del Yom Kippur–, los líderes islamitas insistían en que se debía a que las tropas avanzaron al grito de “Dios es grande” y no al de “Agua, Tierra, Aire” de la época de Nasser. Explicaciones más mundanas, como que Egipto había alcanzado una sorpresa operativa –la movilización israelí fue ordenada casi en el momento mismo del ataque egipcio– y una sorpresa táctica –los egipcios desplegaron los primeros misiles antitanques– fueron convenientemente dejadas de lado.
La enorme victoria de 1967 había logrado imponer la propia existencia de Israel como Estado en la agenda diplomática. Logro no menor, ya que, por lógica, el reconocimiento es el inicio, y no el término, de la acción diplomática: para 1979 el Egipto de Anwar el Sadat firmó la paz con Israel –paz por la que un grupo islamista asesinaría a Sadat dos años después–. Pero esta guerra también facilitó, para Israel, cuatro décadas de una indiscutida “relación privilegiada” con EE.UU. Si esa relación fue de beneficio recíproco, y la existencia y alcance del “lobby pro–israelí” fueron los ejes de la famosa polémica que, en la Harvard Law School, sostuvieron entre marzo y septiembre de 2006 los profesores de ciencias políticas
Stephen Walt y John Mearsheimer y el profesor de leyes Alan Dershowitz. Uno de los pocos puntos en común fue la importancia de la Guerra de los Seis Días como término inicial.
Pero también se generaron costos. La península de Sinaí fue devuelta entre 1979 y 1982, la Franja de Gaza y parte de Cisjordania, en 2005. Las Alturas del Golán siguen ocupadas por Israel, pendiente de resolución de conflictos con Siria. El último informe de Amnesty International sobre el
costo humano de la ocupación, es lapidario, y critica las restricciones a la circulación, el ataque a las personas por parte de los colonos, el destrucción de casas y otras propiedades y el muro de Cisjordania.
Lo que sorprende de Medio Oriente es la resistencia del conflicto a agotarse. En parte, la explicación puede encontrarse en la Guerra de los Seis Días. Desde el punto de vista israelí, el desmesurado éxito del primer día –los israelíes perdieron sólo 19 aviones, es decir, menos del 10% de su fuerza, por eliminar del conflicto a sus homónimas de cuatro países– y la posterior ocupación de toda Jerusalén fortalecieron a los sectores más duros de la política israelí. Sin embargo, como decían David Makovsky y Eran Benedeck en 2003, en
The 5 per cent solution, sólo el 5% de los colonos israelíes se ha asentado en los territorios ocupados en 1967. Sorprende el número ya que la presencia mediática de esos grupos hace presumir una mucho mayor importancia.
Pero así como Israel no puede abandonar su aura de invencibilidad –a pesar de las claras limitaciones que mostró en 2006 frente a Hezbollah–; tampoco los palestinos pueden evitar iniciar su propia guerra civil aún antes de haber viabilizado su primera experiencia de autogobierno.
Una victoria no tan aplastante en los niveles tácticos y operativo tal vez hubiera permitido –con la salvedad de que se trata de un análisis contrafáctico– una solución mucho más rápida y sencilla del problema de
los refugiados palestinos. Pero el excesivo éxito evitó cualquier posibilidad de un rápido compromiso. Aún más, para muchos analistas la resolución de tomar Jerusalén fue tomada a medida que avanzaba el combate. Tal es el peso de los acontecimientos. Quedan por fuera de este análisis multitud de cuestiones –la Resolución 242 de la ONU, el ataque al USS Liberty, las imputaciones de apoyo combatiente y no combatiente a EE.UU. y a Inglaterra, la conformación de los grupos palestinos, las cuestiones de insurgencia y terrorismo, y un largo etc.–. Pero el hecho subsiste: la Guerra de los Seis Días fue el evento más influyente en la conformación del actual Medio Oriente. Cuarenta años después, la región aún vive atrapada en los ecos de aquellas batallas o, lo que es lo mismo, lejos de la paz.

Raúl J Maldonado.

La cita de Kissinger corresponde a La Diplomacia, México, FCE, 1995, pág. 29. Para Walt y Mersheimer, el apoyo de EE.UU. a Israel había excedido con creces las ventajas, y la diferencia estaba en la cuenta del “lobby pro–israelí” –una coalición laxa de cabilderos de diversa orientación, que incluye sectores sionistas duros, fanáticos religiosos como Jerry Falwell e intereses industriales–. Alan Dershowitz, un polemista habitual, aún hoy detenta el record de ser el profesor más joven jamás nombrado en Harvard. Fue partícipe de muchos casos de alto perfil mediático, como el juicio a O.J. Simpson en 1994. En 2002 defendió la aplicación de la tortura en su artículo "Want to torture? Get a warrant". Construyó su argumento contra Walt y Mersheimer sobre la imputación de antisemitismo. Sobre la polémica del lobby proisraelí, puede verse el informe especial de Foreign Policy de julio/agosto 2006.



viernes, 1 de junio de 2007

Actualización de las mil visitas

Habiendo pasado la arbitraria barrera de las mil visitas, parecería un buen momento para una actualización de algunos de los contenidos de “Asuntos Externos” en estos 60 días:

Nuestro “24”
Una –no tan– insólita derivación del formato de esa serie se vivió en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la campaña para jefe de gobierno, disputada entre el actual jefe de gobierno, Jorge Telerman –al frente de una coalición de centro–; Daniel Filmus –ministro de Educación, el candidato del gobierno nacional– y Mauricio Macri –favorito en las encuestas, con una coalición de fuerzas de derecha bien financiadas y vinculadas a los medios–.





Tras la esperada cuota de discursos vacíos, carteles y demostraciones –en cámara– de buen gusto, moderación y sensibilidad social, el final de la campaña de Macri fue la “Maratón 24 horas de propuestas”. La similitud con las “Maratón 24” de la cadena Fox –emisiones de entre 6 y 24 capítulos seguidos– no es, ni puede ser, accidental: no hay decisiones triviales en una campaña electoral. ¿Por qué elegiría Mauricio Macri asociarse a la imagen de Jack Bauer? ¿A qué electorado apunta? En EE.UU., los candidatos republicanos no repudiaron la tortura en escenarios de bomba de relojería. Excepto John McCain, quien fue prisionero de guerra en Vietnam por cinco años y sabe, por experiencia, de qué se hablaba. Lo demás, por cierto y como dice Sandra Russo, son galletitas para monos.
Carlos Fuentealba
El asesinato de un maestro estuvo presente en los medios durante algunos días. El gobernador de Neuquén, Jorge Sobisch, realizó su propia versión del canto del cisne: decidido a morir matando, el 9 de abril presentó una larga solicitada llamada Carta a los Argentinos, donde reclamaba un “profundo debate” sobre las formas de la protesta social en la Argentina. Que no haya mencionado por su nombre a Carlos Fuentealba no se debió al pudor, ni al respeto a la investigación judicial. Es, tan sólo, una muestra más de un discurso y una práctica políticos que no sólo penalizan la protesta social, sino que racionalizan el asesinato por razones políticas en el altar del cumplimiento de la ley. Y según sus propios dichos, lo volvería a hacer. El próximo domingo, 3 de junio, también habrá elecciones en Neuquén. El Movimiento Popular Neuquino –el partido de Sobisch– intentará retener la gobernación, habiendo ganado cada elección desde 1961.

Kurt Vonnegut
El negocio editorial ha respondido a la melancolía de sus viejos lectores, y las obras de Vonnegut pueden encontrarse con mayor facilidad. Bush y Dick siguen en sus puestos, intentando explicar por qué invadieron un país como forma de combatir a una red terrorista que poco tenía que ver con el tal país invadido. Pero cuando las preguntas molestan, como por ejemplo sobre el uso de datos de inteligencia antiguos en la lucha contra al Qaeda, don Arbusto puede contestar, tras un mar de lugares comunes, "Son una amenaza para tus hijos, David", como ocurrió hace pocos días en una conferencia de prensa en Washington. Existía un consenso pacífico, en la política estadounidense, sobre no preguntar por la vida familiar de los funcionarios. John Dickerson se ha preguntado, con razón, si no es hora de empezar a preguntar sobre hijas alcohólicas o lesbianas, en consecuencia. Kurt Vonnegut hubiera adorado tal posibilidad.

El financiamiento de la guerra de Irak
La administración Bush logró imponerse, mediante el veto presidencial, a los díscolos legisladores que querían establecer un calendario de retiro de las tropas: Bush realizó con gran estilo un nuevo apretón en su soga al cuello: al rechazar la opción de “cortar y correr” –o “cut and run”– sólo le queda la de ganar con las tropas y recursos que ya ha desplegado. En Irak, mientras tanto, la cuenta regresiva al infierno se acelera: Irak Body Count ya ha contabilizado entre 64.664 y 70.815 civiles muertos desde la invasión, y empeorando. La insurgencia iraquí mejora sus tácticas de combate, de emboscadas, uso de cohetes, etc. Vaya sorpresa, Irak es considerado el país más inseguro del mundo por la Economist Intelligence Unit, la sección de investigación de la prestigiosa The Economist, en su Global Peace Index.

Luis D´Elia
Sin haber aclarado si arregló su calefón, Luis D´Elia brindó declaración en tribunales en la investigación del atentado a la AMIA. Ratificó su idea de la pista israelí, resaltó inconsistencias –aunque no se aclaró si eran las suyas propias, u otras más– y explicó su demora en brindar argumentos –ya que no pruebas– dado que las condiciones geopolíticas “habían variado”, y EE.UU. tenía, ahora, la intención de invadir Irán. Como maniobra de distracción, varios días después se realizó una reunión cumbre entre Irán y EE.UU., la primera en casi 27 años, donde se discutieron cuestiones de la insurgencia iraquí y el programa nuclear iraní.

Este tema sigue siendo ajeno a la corriente principal de los medios locales, amparados en que la ortodoxia católica espera la decisión del Papa Benedicto XVI de volver a dar misa en latín, para reforzar la imagen de la Iglesia como mediadora entre la deidad y el creyente. La disputa entre evolucionistas y creacionistas, en EE.UU., ha derivado en un intercambio de chistes educados que, con la traducción y fuera de contexto, pierden mucha gracia. Cuando los evolucionistas dicen cosas como: “¿Cuántos creacionistas se requieren para cambiar una lamparita? Ninguno, porque prefieren quedarse en la oscuridad”, los creacionistas responde con “Ninguno, porque en los últimos días Dios proveerá lamparitas para Sus elegidos…” Ambos grupos disputan ahora sobre el significado de las carcajadas de los evolucionistas a esta última frase.
Mientras un blog mexicano insiste en la teoría de que Tinky Winky asesinó a Jerry Falwell “a carterazo limpio”, en un registro menos divertido la Defensora de Menores del gobierno polaco amenazó con una evaluación psiquiátrica al personaje para determinar si fomenta la homosexualidad, aunque la resistencia de la Unión Europea a tamaña tontería fue inmediata.
Raúl J. Maldonado