lunes, 16 de abril de 2012

Las fotos en las manos de mi amigo


Las fotos están ahí, en las manos de mi amigo, con el que no nos veíamos en décadas: sus padres, con la misma mirada que recuerdo, en rostros más castigados por el tiempo. Rodeados de otros rostros, en una fiesta familiar, entre los que reconozco a mi amigo y sus hermanos.
Varias décadas bien vividas me separan de ese patio y esos vecinos, mis amigos del barrio. Un largo lapso en el que la vida nos llevó por caminos diferentes. Y en un momento, él me confiesa que no supo mi historia familiar hasta muy entrado el actual siglo, por charlas con un amigo común. Bien puede ser, en esos tiempos el servicio militar de mi amigo nos separó, y de alguna manera él quedó fuera de aquellos momentos en que mis amigos se enteraban que mi madre no había estado “de viaje” durante todos esos años, sino muerta, o tal vez detenida. Era uno de los miles de “desaparecidos” de los que se hablaba, en la primavera democrática de Alfonsín, con una mezcla de temor y de alivio: temor al horror que se relataba; alivio de poder contar las vivencias y las sospechas, y de que la larga Edad Oscura del Proceso de Reorganización Nacional hubiera terminado.
Hoy, un viejo convicto ha decidido, por razones ignotas, que vale la pena otorgar entrevistas y confesar que si, que se trató de un plan sistemático de exterminio de opositores políticos; que en la selección de las víctimas participaron tanto los militares como los civiles; que hubo muchos más cómplices que los 1200 represores que aún son juzgados; y que él mismo gobernó la Argentina sin derecho, pero también sin oposición alguna. Poco importa si Jorge Rafael Videla confiesa la muerte de más o menos personas. Poco agregan estas confesiones, motivadas quizá por mero narcisismo, quizá por cálculo sobre el mejor uso de su menguado capital político, al plexo probatorio que se ha construido durante décadas. Poco importa, incluso, resaltar los obvios paralelismos entre sus dichos y el decreto “Noche y niebla” del nazismo, o señalar que el eufemismo “disposición final” para hablar de la muerte de un prisionero tiene un obvio paralelo con el de “solución final”.
Veo las fotos en las manos de mi amigo, que esos padres, como tantos otros, miraban para otro lado cuando yo ensayaba mis torpes explicaciones sobre el paradero de mi madre, y no volvían jamás sobre el tema. Pero jamás me cerraron la puerta.
Veo esas fotos y no puedo sino pensar que el Proceso de Reorganización Nacional mató, violó, torturó y saqueó, sumergió a esta sociedad en un horror del que aún no despierta. Privó a miles de familias de saber, siquiera, dónde están los restos de sus seres queridos. Recompensó a sus miembros y a sus cómplices con fortunas importantes, y con márgenes cada vez más exiguos de impunidad.
¿Pero disciplinar a este pueblo? En eso, que el miserable criminal convicto que declara ante la prensa como si fuera un estadista no se confunda: ¿disciplinar? ni por un segundo, cabrón.

jueves, 9 de febrero de 2012

Luis Alberto Spinetta


¿Qué define a una “generación”, en términos sociales? Sin demasiado rigor, me atrevo a indicar que un conjunto de experiencias compartidas, más allá del mero accidente de ser coetáneos. Pueden, así, convivir en cada uno de nosotros varias “generaciones”, varias experiencias, varias historias.
Para quienes compartimos ser “la generación del rock nacional”, el 8 de febrero ha sido un día de espanto, tristeza y dolor: Luis Alberto Spinetta ha muerto. Nos reconocemos por las calles, nos saludamos, nos enviamos mensajes cada vez más breves y más sentidos. El Flaco se fue, ¿por qué no se ha parado el mundo, al menos unos instantes? ¿Por qué suenan los teléfonos, por quénos requieren los trabajos? ¿Por qué nos duele tanto, hoy, la poesía? ¿Por qué la angustia nos desgarra la garganta mientras estamos en silencio?
Todo recorte, en estos asuntos, es arbitrario y tal vez injusto, pero en mi caso mi propia juventud está atada a tres músicos argentinos. Charly García, con la locura y el desparpajo, saltando siempre de un piso alto para caer en una enorme pileta de sonidos, lleva el estandarte de la locura y el inconformismo. León Gieco, recordándonos que la vida es mucho, pero mucho más que la seguridad económica, lleva el estandarte de la mucha o poca dignidad que tengamos como generación.
Y El Flaco, por su parte, llevaba el estandarte de nuestra poesía. No quiero extenderme en sus méritos ni en su historia. Otros, con más talento, ya lo han hecho a lo largo y a lo ancho del Arte, aunque rescato en particular lo escrito por Diego Fischerman. Ni es preciso resaltar sus cualidades como hombre, como padre y como ciudadano, aunque valga la pena rescatar las palabras de Mario Pergolini al respecto.
Algunos amigos me han enviado, tan sólo, estrofas de algunas canciones, en mensajes despojados, sin siquiera una línea más en el casillero del “asunto” del mensaje. Otros las han copiado en sus perfiles de las redes sociales, o han puestos vínculos a videos que resultan tan dulces como dolorosos.
Pero todos estamos allí, solos con nuestros recuerdos y nuestras emociones, pensando, sintiendo. Las palabras no nos alcanzan, la magia no está, los tributos parecen vacíos y las coberturas de los medios no explican la emoción del sonido, de la escucha compartida, del momento en que descubrimos esa forma inefable de entender la realidad. Nuestro mundo se hizo incomparablemente más bello, pero hoy estamos incomparablemente más solos.
El Flaco se fue. El día, los amigos y todas las cosas nos llaman, pero El Flaco se fue. No nos alcanzan las lágrimas.