¿Qué define
a una “generación”, en términos sociales? Sin demasiado rigor, me atrevo a
indicar que un conjunto de experiencias compartidas, más allá del mero
accidente de ser coetáneos. Pueden, así, convivir en cada uno de nosotros
varias “generaciones”, varias experiencias, varias historias.
Para quienes
compartimos ser “la generación del rock nacional”, el 8 de febrero ha sido un día
de espanto, tristeza y dolor: Luis Alberto Spinetta ha muerto. Nos reconocemos
por las calles, nos saludamos, nos enviamos mensajes cada vez más breves y más
sentidos. El Flaco se fue, ¿por qué no se ha parado el mundo, al menos unos
instantes? ¿Por qué suenan los teléfonos, por quénos requieren los trabajos? ¿Por
qué nos duele tanto, hoy, la poesía? ¿Por qué la angustia nos desgarra la
garganta mientras estamos en silencio?
Todo recorte,
en estos asuntos, es arbitrario y tal vez injusto, pero en mi caso mi propia
juventud está atada a tres músicos argentinos. Charly García, con la locura y
el desparpajo, saltando siempre de un piso alto para caer en una enorme pileta
de sonidos, lleva el estandarte de la locura y el inconformismo. León Gieco,
recordándonos que la vida es mucho, pero mucho más que la seguridad económica,
lleva el estandarte de la mucha o poca dignidad que tengamos como generación.
Y El Flaco,
por su parte, llevaba el estandarte de nuestra poesía. No quiero extenderme en
sus méritos ni en su historia. Otros, con más talento, ya lo han hecho a lo
largo y a lo ancho del Arte, aunque rescato en particular lo escrito por Diego Fischerman. Ni es preciso resaltar sus
cualidades como hombre, como padre y como ciudadano, aunque valga la pena
rescatar las palabras de Mario Pergolini al
respecto.
Algunos amigos
me han enviado, tan sólo, estrofas de algunas canciones, en mensajes
despojados, sin siquiera una línea más en el casillero del “asunto” del
mensaje. Otros las han copiado en sus perfiles de las redes sociales, o han
puestos vínculos a videos que resultan tan dulces como dolorosos.
Pero todos
estamos allí, solos con nuestros recuerdos y nuestras emociones, pensando,
sintiendo. Las palabras no nos alcanzan, la magia no está, los tributos parecen
vacíos y las coberturas de los medios no explican la emoción del sonido, de la
escucha compartida, del momento en que descubrimos esa forma inefable de
entender la
realidad. Nuestro mundo se hizo incomparablemente más bello,
pero hoy estamos incomparablemente más solos.
El Flaco se
fue. El día, los amigos y todas las cosas nos llaman, pero El Flaco se fue. No
nos alcanzan las lágrimas.
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