viernes, 27 de abril de 2007

Un asunto de errores

El 25 de abril de 2007 la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un paquete de financiamiento de la fuerza expedicionaria enviada en 2003 a Irak que incluye, en apretada síntesis, un plan para iniciar la retirada de las tropas entre el 1° de julio y el 1° de octubre de 2007 y culminarlo antes del 1° de abril de 2008. El Senado, por su parte, lo aprobó al día siguiente. El retiro en julio o en octubre dependerá de si el gobierno iraquí logra cumplir ciertas metas: desarmar a las milicias, purgar del gobierno a los ex miembros del partido Baath, reducir la violencia sectaria y aprobar una ley que resuelva la cuestión del reparto de petróleo. Esas serán las condiciones para que las tropas de combate permanezcan un trimestre más en su puesto.



Existen varias interpretaciones posibles, que no son necesariamente excluyentes.
La primera y más obvia: la rama legislativa cuenta con el que la rama ejecutiva ejerza el poder de veto y, en la negociación posterior para un nuevo pronunciamiento obtener una o más ventajas concretas –por ejemplo, un financiamiento menor, de 40 mil millones en lugar de los 124 mil ahora aprobados, lo que acortaría los plazos para una nueva revisión legislativa–.
También, la coalición de fuerzas de la derecha estadounidense que llevó al poder a George W. Bush se está reacomodando para abandonar a su presidente por el fracaso en Irak. Como ejemplo, en marzo, en la “Conferencia de Acción Política Conservadora”, se realizó una encuesta entre sus más de 1700 asistentes para que se definieran como un “conservador estilo Ronald Reagan” o uno “estilo George W. Bush”, que ganaron los primeros por una ventaja de 26 a 1.[1]

Y a esas alturas, aún no estaba claro el resultado de la última ofensiva contra la insurgencia iraquí. ¿Qué vendría después de la eventual retirada? Michael O´Hanlon, de la Brookings Institution, en The Washington Times, lo anticipa con una sorprendente simplificación para un autor, en general, más sofisticado: “Para explicarlo con más precisión, ex–Saddamistas quieren restaurar una autocracia Sunnita, y al Qaeda quiere retornar a la región al siglo séptimo y está deseosa de matar a todos en el camino para lograrlo.”[2]

A la hora de ofrecer críticas y alternativas, O´Hanlon es claro. La estrategia de Bush ha fracasado, e Irak debe ser partido en tres regiones autónomas. Y culmina su nota con un llamado a seguir combatiendo por el honor nacional, ya que no por una administración “…que ya tiene garantizado tener, en el mejor de los casos, un lugar mediocre en los anales históricos de América…”

Uno de los heraldos neoconservadores, Max Boot, empieza a sugerir posibilidades aún más horrendas en su informe de un viaje que realizara en febrero y marzo por Ramadi, una ciudad iraquí en la provincia de Anbar, al referir, sin explicitar fuentes, que las tropas de al Qaeda empezaron a luchar contra grupos menos fanáticos y más nacionalistas.[3] Los éxitos de Petreaus requieren estar allí, ocupando sectores enteros con una presencia masiva de tropas. Ante el retiro, las expectativas de una guerra civil, una limpieza étnica o un genocidio, o cualquier combinación de estos horrores, no puede ni debe ser descartadas.

E, incluso, tal perspectiva puede ser defendida. En 1999 Edward Luttwak, en ocasión de los conflictos de Bosnia y Kosovo, decía: “Una desagradable verdad que a menudo es subestimada es que aunque la guerra es un gran mal, tiene una gran virtud: puede resolver los conflictos políticos y llevar a la paz. Esto puede pasar cuando todos los beligerantes quedan exhaustos, o cuando uno de ellos gana en forma decisiva. En cualquier caso la clave es que la lucha debe continuar hasta que se alcance una resolución. La guerra trae paz sólo después de una fase culminante de violencia.”[4]

La idea, como bien recordara el entonces Subsecretario General para Asuntos Humanitarios de la ONU, Sergio Vieria de Mello, al contestar al artículo de Luttwak, no era entonces novedosa.[5] Y tampoco lo es ahora. Pero no se trata, en todo caso, de una discusión menor o académica: Vieira de Mello, un destacado diplomático brasilero que había desarrollado una larga carrera de manejo de conflictos, y había sido nombrado Alto Comisionado para los Derechos Humanos, murió el 19 de agosto de 2003 en Bagdad, junto con otras 32 personas, cuando un camión–bomba se estrelló contra el Hotel Canal, que oficiaba de cuartel general para la misión de la ONU en Irak. Un segundo atentado, en septiembre, terminó por decidir el retiro de los contigentes civiles de la ONU.

Bajo esta perspectiva, la puja entre las ramas legislativa y ejecutiva cobra otra dimensión: ¿Qué administración se hará cargo de la retirada? ¿La actual o la futura? ¿Quién quiere quedar asociado a una derrota militar de envergadura? Demócratas y republicanos tienen un mismo interés, hacer soportar a George W. Bush el costo de ver a los helicópteros en las azoteas de los edificios.

Que en Irak se produzca una matanza, una guerra civil o una limpieza étnica a nadie preocupa. E, inclusive, desde la perspectiva de la realpolitik tiene mucho sentido: chiitas y sunnitas combaten desde hace siglos, incluso desde antes que el mundo islámico se hubiera consolidado. Y la minoría sunnita cuenta con no ser abandonada por sus hermanos de fe, que son mayoría en el mundo. La mayoría iraquí, chiita, se apoyará en Irán. El conflicto civil iraquí, con cualquier resultado, podría consumir durante años los recursos iraníes. Y aún en el supuesto de una anexión total o parcial, llevaría tiempo para ser digerido.

También puede encontrarse una perspectiva no tan sombría. Desde la caída del Muro de Berlín la derecha estadounidense, y en particular los grupos neoconservadores, han insistido en la necesidad, e incluso en la obligación moral, de que EE.UU. actuara como una potencia imperial, e impusiera la pax americana. El primer ensayo de esta actitud se llevó a cabo, justamene, en Irak, cuando George W.H. Bush lideró una coalición de 34 países para hacer retroceder a las tropas iraquíes que habían ocupado Kuwait, entre 1990 y 1991. Tras seis meses de preparativos políticos, diplomáticos y militares, y varias semanas de bombardeo, las tropas iraquíes fueron derrotadas en menos de cuatro días de campaña terrestre. Las tropas de la coalición sufrieron más bajas por accidentes que por fuego enemigo, y luego detuvieron su avance después de dañar severamente el aparato militar iraquí. En 2003, la invasión en si fue un éxito militar atronador: no hubo oposición digna de tal nombre, e incluso se había logrado interferir hasta tal grado el ciclo de toma de decisiones iraquí que Saddam Hussein no sabía, en rigor, qué estaba pasando.[6]

Cualquier pretensión de imponer la pax americana ha caído desde 2003, ante la arrogancia y la alienación con que se han manejado los máximos niveles de la administración Bush.[7] Pero la caída de una visión de la política exterior estadounidense no debe ser exagerada. El poder es, en esencia, relacional. Y si bien hoy EE.UU. está exigido al límite de sus actuales recursos militares –tiene desplegadas la mayoría de sus unidades de combate, por plazos que se han extendido hasta un 25% más de lo planeado–, no ha visto afectada su capacidad de acumular y proyectar más poder si fuere necesario.

Desde antiguo, la capacidad de desplegar una fuerza expedicionaria ha tenido un impacto mensurable en el destino de los imperios y de las naciones: la expedición a Sicilia, en 415 AC, selló el destino del imperio ateniense en la Guerra del Peloponeso. La fuerza expedicionaria macedonia, bajo el comando de Alejandro Magno, selló el destino del imperio aqueménida en Gaugamela, en 331 AC. Y un larguísimo etcétera. Pero no todo despliegue fallido ha significado un problema insalvable: mientras que Hernán Cortés logró apoderarse del imperio azteca, y sus fabulosas riquezas, entre 1519 y 1521, siete u ocho años después de Narváez perdió una expedición similar en lo que hoy es la Florida. Ninguna de ellas –iniciadas con alrededor de 5000 hombres y 1500 caballos cada una– hubiera significado un desastre para la coroña española.

El retiro de la fuerza expedicionaria estadounidense en Irak no significará, tampoco, un desastre para el poder estadounidense, pero si para la administración Bush y los sectores neoconservadores, que arriesgarán un destino de ser uno más de los grupos minoritarios con fuerte presencia mediática que existen en EE.UU., discutiendo durante años los pro y los contra de las decisiones que los llevaron a la Casa Blanca y de vuelta a los callejones del poder. Muchas de, sino todas, las situaciones que se han visto en la invasión a Irak fueron advertidos por analistas políticos y militares, pero la evidencia fue descartada o desacreditada por la Casa Blanca. Existen muchas explicaciones posibles para esta ceguera a consejos profesionales, y más de un lector tendrá ya su opinión formada sobre las intenciones y los éxitos o los fracasos. Pero, en cualquier caso, desde el pasado resuena la sanción de Winston Spencer Churchill, “La guerra es siempre, esencialmente, un asunto de errores…”

Raúl J. Maldonado.



[1] WEIGEL, David, The Great Do-Over, Conservatives gather to forget George W. Bush, and elect his clone, en Reason on line, 6-3-07, http://www.reason.com/news/show/118956.html
[2] O´HANLON, Michael, A ruthless foe, The Washingont Times, 24–4–07. http://www.washtimes.com/functions/print.php?StoryID=20070423-093052-6887r
[3] BOOT, Max, Can Petreaus pull it off?, The Weekly Standard, http://www.weeklystandard.com/Content/Public/Articles/000/000/013/551cokdv.asp
[4] LUTTWAK, Edward, Give war a chance, en Foreing Affairs, Jul/Ag. 1999.
[5] VIEIRA DE MELLO, Sergio, Enough is enough, en Foreing Affairs, Jan/Feb. 2000.
[6] Puede verse, entre otros, EISENSTADT; Michael, Understandig Saddam, en The National Interest, Fall 2005, Number 81.
[7] Puede verse la entrevista que Hugo Alconada Mon realizó al célebre periodista Bob Woodward, quien ha seguido el proceso de toma de decisiones después del 11 de septiembre, llamados “Bush en guerra”, sobre Afganistán; “Plan de Ataque”, sobre Irak; y “Estado de negación”, sobre la actitud del propio presidente. “Bush vive en una de las mayores burbujas que vi en mi vida”, en La Nación, 4–2–07, http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=880704



viernes, 20 de abril de 2007

Bisogna saper leggere

Hace 30 años, el historiador John Luckacs culminaba su The last european war –un maravilloso estudio del período entre septiembre de 1939 a diciembre de 1941– con un comentario sobre lo que se percibía, entonces, como el inicio de una explosión de conocimiento por la multiplicación de las fuentes bibliográficas. Resumía sus años de experiencia como investigador en tres consejos: Bisogna saper leggere, Bisogna saper ascoltare y, en ocasiones, también Bisogna saper vedere. Sería apasionante discutir hasta qué punto Luckacs había advertido los inicios de lo que hoy llamamos “multimedia”, pero quiero resaltar la pervivencia de estos tres consejos.
El 16 de abril, un estudiante de 23 años asesinó, con armas de mano, a 32 personas en la Universidad Estatal e Instituto Politécnico de Virginia, en la ciudad de Blackburg, y luego se suicidó cuando la policía ingresaba al edificio donde había efectuado la matanza. Es comprensible la sorpresa y el dolor causado por este evento: Cho Sueng–Hui –el asesino– ha llevado el total de víctimas por tiroteos en escuelas de EE.UU., desde 1996, a 110 muertes.
[1] Hay, entonces, varios enfoques posibles.
El primero, constructivo y comprometido, el debate sobre el control de armas. Está ausente, al menos de momento, en los medios estadounidenses, hasta tal punto que en el editorial de la edición de esta semana del prestigioso semanario británico The Economist, puede leerse:
Cuando se trata de la mayoría de los productos peligrosos –sean drogas, cigarrillos o autos veloces– este periódico aboga por una aproximación más liberal que la que realiza el gobierno Americano. Pero cuando se trata de armas de mano, armas automáticas y otras cosas específicamente diseñadas para matar gente, creemos que el control es necesario, y no sólo porque el fracaso para tratar con tales dispositivos de violencia a menudo significa que otras libertades deben ser coartadas. En lugar de un debate sobre armas, América mantiene un debate sobre la seguridad en los campus.”
[2]
Se estima que circulan, en EE.UU., 240 millones de armas, para una población que supera los 300 millones. Vale decir, hay más de un arma por cada adulto, lo que permite comprender la importancia económica de ese mercado. El debate gira en torno al derecho de portarlas, que se encuentra reconocido en la Segunda Enmienda constitucional. El uso y el comercio de armas son defendidos, entre otros, por la poderosa “Asociación Nacional del Rifle”. Mediante técnicas sostenidas de cabildeo ha logrado que, incluso ahora, ningún líder político se pronuncie a favor de la prohibición, y ha logrado combatir con éxito los intentos de limitar la tenencia de armas pequeñas durante la administración Clinton. Párrafo aparte, mientras los defensores del control de armas argumentan que leyes más estrictas hubieran podido evitar o aminorar la masacre –en el estado de Virginia puede comprarse un arma por mes–; los defensores de la portación de armas contestan “Si las armas hubieran estado permitidas en el campus, esto no habría pasado. Quizá hubieran muerto una o dos personas, pero antes de que cayera la tercera, el asesino habría sido abatido por alguien con un arma.”[3]
No es de sorprender que esta defensa provenga de un vendedor profesional de armas. Existe fundada evidencia, y la cobertura de The Economist lo ratifica, que la actitud de los estadounidenses respecto de las armas ha cambiado para mejor en las últimas décadas. Pero la estridente voz del cabildeo armamentista –sin olvidar el financiamiento de sus órganos de prensa– le brinda un enorme poder al mantener el asunto como eje de campaña.
Otro enfoque posible, psicológico, ha puesto el acento en las motivaciones del asesino. La cadena NBC informó, el 18 de abril, haber recibido un paquete postal con un “manifiesto” –extraña elección del término para un pensamiento que no aparece muy articulado– del asesino, que incluía 43 fotografías, unas 1800 palabras, y varios fragmentos de video. Las fotografías, ampliamente difundidas, muestran a Cho Sueng–Hui posando con sus armas automáticas, un cuchillo y un martillo, apuntando ora a la cámara, ora a su cabeza o apoyando el cuchillo en su garganta. Su vestimenta y su actitud, cuidadas, resultan más propias de una campaña de mercadeo de películas o juegos de video que de la tranquila reflexión de un campus universitario. Un amplio porcentaje de las no menos de 2500 entradas en la página de NBC sobre las fotografías manifestaron el desagrado ante la presencia de las fotos en el portal, y la preocupación de que la glorificación de las motivaciones y la imagen del asesino tuvieran, como efecto, la emulación de su comportamiento. A mayor abundamiento, en los fragmentos publicados de ese documento puede leerse al menos una referencia a “…mártires como Eric y Dylan…”. Eric Harris y Dylan Klebold mataron a 12 personas en Columbine, Ohio, en 1999, historia que fuera recogida por Michael Moore en su documental “Bowling for Colombine”. Tampoco sobrevivieron al ataque.
Un tercer enfoque, más optimista, pone el acento en el heroísmo. Entre las víctimas se cuenta al profesor Liviu Librescu, de 76 años de edad. Rumano de nacimiento, Librescu sobrevivió al Holocausto, luego emigró de Rumania en 1978 y, tras vivir en Israel, se afincó en EE.UU. en 1984. Fue visto con vida por última vez bloqueando con su cuerpo la puerta de acceso del aula, mientras ordenaba a sus alumnos que saltaran por las ventanas. Y para agregar un elemento más al dolor, fue asesinado vísperas del Yom Ha–Shoa, o Día del Recuerdo a los Mártires del Holocausto, originalmente establecido en conmemoración al primer levantamiento del ghetto de Varsovia, en la Segunda Guerra Mundial.
[4] Librescu nos recuerda aquellas capacidades que nos distinguen como especie: la empatía, el sacrificio, la necesidad de trascender a los peligros e incluso a la muerte. Para esas virtudes no existe tiempo, ni edad.[5]
Pero también existe, como en todo evento histórico, un enfoque más pragmático, proclive a la utilización política del evento. Como ejemplo, la cobertura realizada por The Washington Times. Fundado en 1982 , es el medio de expresión neoconservador por excelencia.[6] En su editorial del 19 de abril deploraba que siquiera se discutiera la posibilidad de ejercer un mayor control sobre la venta de armas en EE.UU., y criticaba a los pocos representantes políticos –como Carolyn McCarthy, congresista demócrata por Nueva York– que se atrevieron a solicitar mayor dureza con las armas. Pero hasta allí, sería tan sólo un episodio más del permanente conflicto cultural que, sobre diferentes temas, existe en EE.UU.[7]
El mismo 18 de abril, una de las columnas de opinión fue firmada por Hellen Dale.[8] Establece un paralelismo entre el asesino de un grupo de estudiantes indefensos y los atacantes suicidas de la insurgencia iraquí. Tras describir el ataque en la universidad, llama la atención sobre los dos momentos diferenciados que existieron: a las 7:15 el asesino mató a dos personas en los dormitorios. La alarma, por correo electrónico, recién fue librada a las 9:50 am, y pocos minutos después el asesino empezó su ataque final, en el que mató a 30 personas. Luego se sabría –porque el sobre figura como recogido por el cartero a las 9:01 am– que utilizó ese tiempo para terminar de preparar y enviar su correo a la cadena NBC. Haciendo eco de las críticas a la demora de la universidad de dar la alarma –tema discutible, pues un estallido de locura es difícil de prever–, Hale ensaya una defensa de la administración Bush:
"¿La culpa se ata a las acciones del liderazgo de la universidad? Las decisiones tomadas aparecen como incomprensibles a la luz de lo que siguió. Es seguro que tales decisiones serán investigadas. Esta es una tragedia para toda la comunidad universitaria.
En términos de la política exterior Americana e Irak, la culpa invariablemente se ata a la Casa Blanca y al presidente cada vez que ocurre un acto de violencia. Mientras el camino se ha puesto más duro en Irak y la violencia sectaria ha escalado, se ha tendido a culpar a Estados Unidos, en lugar de a los propios perpetradores de la violencia
."
[9]
Sería un enfoque interesante, si no fuera falso. ¿Cuál ha sido el legado de la administración Bush como respuesta a los atentados del 11–S? La ocupación de Afganistán, lejos de terminar, ha entrado en su sexto año sin que se avizore un final. La invasión de Irak, va ya por el cuarto, y cada día resulta más evidente que la coalición liderada por EE.UU. no ha podido lograr pacificar el país.
E inclusive, en el punto específico de atacar a la red al Qaeda, el fracaso es más que evidente. Como ha dicho Danyel Bayman, “La red terrorista [al Qaeda] estaba en terapia intensiva después del 11 de Septiembre –hasta que se abrió un nuevo frente en Bagdad y se reavivó su misión.”[10]
Yerra Hale al proponer que una decisión individual –los asesinatos cometidos por Cho Sueng–Hui– pueden asimilarse a un proceso de toma de decisiones –como el que llevó a la invasión y ocupación de Irak–. Son fenómenos diferentes en lo cuantitativo y en lo cualitativo. Yerra, también, en interpretar que el atacante de un puñado de estudiantes indefensos puede asimilarse al convencido militante del fundamentalismo islámico que cree que al morir matando logrará la entrada en el paraíso.
No yerra, sin embargo, en producir discursos que, con tanta liviandad, proponen relaciones aparentes entre procesos disímiles o fuerzan, con cierta belleza estilística y cierta aura de autoridad académica, las categorías de análisis. La reiteración y multiplicación de las ideas constituye, en muchas ocasiones, suficiente argumento en su defensa, y cualquiera puede encontrar, en su propia memoria, varios ejemplos concretos: la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, o la vinculación de Saddam Hussein con los ataques del 11–S son ejemplos internacionales, recientes y vinculados a esta temática. Pero también los hay a nivel nacional, regional y local. Contra tales tentativas de manipulación nunca se pueden exagerar las precauciones. Bisogna sapere leggere, con más razón en los tiempos de la hipertextualidad.

Raúl J. Maldonado.
[1] Fuente: la ONG International Action Network on Small Arms, http://www.iansa.org/. El total mundial, según la misma fuente y para el mismo período, es de al menos 498 personas.
[2] America´s Tragedy, en The Economist, 19–4–07.
[3] La declaración pertenece a John Markell, el vendedor de la Glock 9 mm que utilizó Cho para la masacre. Vease Si las armas estuvieran permitidas en el campus, esto no habría ocurrido”, http://www.elpais.com/articulo/internacional/armas/estuvieran/permitidas/campus/habria/ocurrido/elpepuint/20070419elpepiint_10/Tes?print=1
[4] Desde el 15 de noviembre de 1940 fueron encerrados, en el “gueto de Varsovia”, 430.000 judíos. Las condiciones de vida eran infrahumanas. El 22 de julio de 1942 se inició el traslado a los campos de exterminio. El 19 de abril de 1943 la Organización Judía de Combate, liderada por Mordecai Anielewicz, inició un levantamiento en toda regla. Lograron resistir un mes, sin apoyo externo de los aliados, pero finalmente 13.000 civiles fueron asesinados, y otros 50.000 remitidos a los campos de exterminio, en particular Treblinka. Entre agosto y octubre de 1944, un nuevo levantamiento también fracasó en Varsovia, cuando ya los aliados se encontraban en posición de poder asistir a los insurgentes, sin que haya habido acuerdos entre Roosevelt, Churchill y Stalin para que la asistencia llegara en tiempo útil.
[5] George W. Bush refirió a Librescu como héroe en un discurso del 18 de abril. También le fue otorgada la “Estrella de Rumania” por el presidente rumano, Traian Băsescu, el mismo 18 de abril. Băsescu fue suspendido en sus funciones durante un mes, por cargos de corrupción, al día siguiente.
[6] Su creación, para competir con el liberal Washington Post, fue financiada por el reverendo Sun Myung Moon, y su “Iglesia de la Unificación”, de marcada tendencia antiliberal y anticomunista. Al respecto, incluyendo la visita de Moon a Buenos Aires en 1996, puede verse Eric LAURENT, El mundo secreto de Bush, Bs. As., Ediciones B, pág. 134 y ss.
[7] Valga recordar que el 18 de abril la Corte Suprema de EE.UU. ratificó la prohibición de una práctica abortiva, llamada de “dilatación y extracción”, al considerar que tal prohibición no viola el derecho a abortar de las mujeres.
[8] The evil men do, http://www.washingtontimes.com/op-ed/20070417-091721-5163r.htm. Dalle es miembro de la Heritage Foundation, el más antiguo y prestigioso de los think tanks neoconservadores, desde 2002.
[9] http://www.washingtontimes.com/functions/print.php?StoryID=20070417-091721-5163r.
[10] Who wins in Irak?, en Foreing Policy, March/April 2007.

viernes, 13 de abril de 2007

"Yo he peleado en una guerra justa"

El 14 de diciembre de 1944 una patrulla de exploradores de las 106ª División de Infantería del Ejército de EEUU quedó atrapada tras las líneas enemigas en la región belga de las Ardenas. En esos bosques se había producido, en mayo de 1940, la incursión original del avance alemán que llevó a ingleses y franceses hasta el mar, en Dunquerque. Los miembros de la patrulla fueron capturados, y trasladados a la retaguardia alemana. Dos días más tarde, nuevamente las tropas blindadas alemanas iniciaron una ofensiva en esos bosques, un cuarto de millón de hombres y gran cantidad de blindados trataron de abrirse paso hasta el puerto de Amberes, sin éxito. La batalla de las Ardenas fue la última ofensiva alemana en el frente occidental.

Uno de los exploradores capturados fue enviado a la ciudad de Dresde, llamada “la Florencia del Elba” por sus monumentos góticos, un centro de transporte ferroviario que, hasta ese momento, no había sufrido mayores ataques. Los días 13, 14 y 15 de febrero de 1945 fue bombardeada por fuerzas británicas y estadounidenses. Sea que la inteligencia soviética se hubiera engañado sobre la presencia de unidades militares en la ciudad, sea que los aliados occidentales hayan querido demostrar el poder de sus fuerzas aéreas ante la inminente llegada de los soviéticos, el blanco principal del ataque fue la estación ferroviaria del centro de la ciudad.
Los ataques contra blancos civiles, en esa época, se hacían mediante dos o más olas de aviones, divididos en grupos. El primer grupo arrojaba bombas de alto poder explosivo, destruyendo los techos de los edificios, para dejar sus entrañas de madera al descubierto. Un segundo grupo arrojaba bombas incediarias. Un tercero, más bombas de alto explosivo y, en ocasiones, bombas con dispositivos de retardo para perturbar las tareas de rescate. Luego de un intervalo de entre una y dos horas, una segunda ola repetía el ciclo de ataque, para maximizar el daño a los civiles y a los equipos de rescate.
En Dresde se produjo –como en Hamburgo, Munich o Tokio, entre otras ciudades desgraciadas– un efecto llamado “tormenta de fuego”; los múltiples incendios generaba una pared de fuego continua, que se expandía por la ciudad, absorbiendo el aire –y en ocasiones, personas– de la superficie y arrojando llamas de hasta cien metros de altura, y 1500 °C de temperatura. El castigo continuado durante tres días –en un total de cuatro incursiones– destruyó alrededor del 35% de la ciudad.
El número de víctimas es, aún hoy, una incógnita. Las estimaciones inmediatas, según la propaganda nazi, fueron de entre 250 y 300 mil muertes. La primera historia de esa operación, “The Destruction of Dresden”, publicada en 1963, estableció una estimación más baja, en 100 mil muertes, que aún hoy es la más referida. Su autor fue inglés David Irving, cuyo prestigio como historiador profesional cayó en la misma medida en que realizaba una defensa cada vez menos tibia del régimen nazi.[1] Evidencia más actual permite establecer el número de víctimas entre 25 y 35 mil personas.
En cualquier caso, el prisionero capturado en las Ardenas, y que había sido llevado a Dresde, sobrevivió al bombardeo. Había estado recluido en un campo de prisioneros ubicado en un antiguo matadero. Su trabajo, luego del ataque, fue ayudar a llevar cadáveres civiles a las piras comunes que se organizaron algunos días después, en las áreas abiertas, donde los muertos eran incinerados sin mayor ceremonia ni trámites de identificación, ante el temor de una catástrofe sanitaria.
El prisionero, Kurt Vonnegut, vivió para contarlo. Fue liberado por el Ejército Rojo, volvió a EEUU y se dedicó a escribir. Murió el 12 de abril de 2007. En 1969 publicó su sexto libro, “Matadero Cinco”, basado en su experiencia en Dresde, que lo consolidó como un autor de referencia del movimiento pacifista y la corriente contracultural de aquella época. Para muchos críticos, en sus cinco novelas anteriores existen, también, muchos elementos que remiten a su experiencia en Dresde.
Con Kurt Vonnegut no sólo muere un veterano de la Segunda Guerra Mundial, y un excelente autor contemporáneo, sino una de las voces críticas contra la administración Bush. Desde la revista liberal In These Times, su último puesto como editor, Vonnegut se opuso, en forma fundada y consecuente, a los neoconservadores, para los que siempre tenía un comentario hiriente –en la tradición de otros autores como su admirado Mark Twain o Ambroce Bierce–. Maestro del humor negro, prometió ir a la fábrica de los cigarrillos Pall Mall, sin filtro, que fumaba desde los 14 años a reclamar, no por el cáncer de pulmón, sino
Porque tengo 83 años. ¡Bastardos mentirosos! En el paquete Brown & Williamson prometieron matarme. En cambio, sus cigarrillos no funcionaron. Y ahora estoy obligado a sufrir líderes con nombres como Bush y Dick…”[2]
En enero de 2003 sintetizó su opinión sobre la administración Bush ante Joel Bleifuss:
JB: Mi sensación por charlas con lectores y amigos es que mucha gente se empieza a desesperar. ¿Creés que perdimos las razones para estar esperanzados?
KV: Yo siento que nuestro país, por cuya Constitución yo he peleado en una guerra justa, bien podría haber sido invadido por marcianos o por usurpadores de cuerpos. A veces quisiera que así hubiese sido. Lo que ocurrió, en cambio, es que ha sido asaltado por medio del coup d´etat más berreta, farsesco, al estilo de los Keystone Cops, que pudiéramos imaginar. Y aquellos ahora a cargo del gobierno federal son elitescos estudiantes de nivel C que no saben ni historia ni geografía, más unos no demasiado encubiertos supremacistas blancos, apodados “Cristianos”, y además, lo más aterrorizante, personalidades psicopáticas...”
[3]
Vonnegut, ácido y desencantado, aún reivindicaba su participación en la Segunda Guerra Mundial: había peleado en una guerra justa. Llevar cadáveres calcinados y con varios días de descomposición en una ciudad arrasada por el fuego no debe ser una experiencia fácil de olvidar. Pero las atrocidades de esa época tampoco son fáciles de olvidar, y allí están las fotos y filmaciones de los campos de concentración y exterminio para recordarnos a qué profundidades del horror somos capaces de llegar los seres humanos. No obstane, más de medio siglo de vida, familia, cultura y reflexión no habían conmovido la convicción de Vonnegut sobre su actuación: Él, el pacifista, el socialista, peleó en una guerra justa.
El otro, su último enemigo, George W. Bush, sólo ha iniciado guerras injustas. No ha peleado en ninguna, no ha visto de cerca los resultados de las bombas y la metralla, no ha olido la carne quemada y putrefacta, no ha sentido el temor del combate ni gozado de la camaradería de los hombres de armas, si es que tal cosa en verdad existe. En otro artículo de In These Times, Vonnegut atacaba a los grupos fundamentalistas que sostiene a esta administración:
“Por alguna razón, los Cristianos más vocales entre nosotros nunca mencionan las Beatitudes. Pero, a menudo con lágrimas en sus ojos, demandan que los Diez Mandamientos sean colocados en los edificios públicos. Y por supuesto eso es Moisés, no Jesús. No recuerdo haber escuchado a ninguno de ellos demandar que el Sermón de la Montaña, las Beatitudes, sean puestos por todos lados. ¿‘Biennaventurados los misericordiosos’ en una corte de justicia? ¿‘Bienaventurados los mansos’ en el Pentágono? No me jodan…”[4]
La Segunda Guerra Mundial no fue la única causa justa a la que Vonnegut unió su vida y su destino. Luchó hasta último momento contra una administración que ha banalizado el recurso a la guerra. George W. Bush quiere ser recordado, según Joseph Nye, como un “líder transformacional”, vale decir, un hombre que deja huella en la historia y lleva a su país a una próxima etapa.[5] Los ejes de su intento, reducir su respaldo a las alianzas permanentes y los organismos internacionales; expandir el derecho de defensa a una nueva doctrina de guerra preventiva; y abogar por la democratización coercitiva como solución para Medio Oriente.
Los riesgos de las apuestas “transformacionales” son siempre enormes, y donde fracasaron William McKinley, Theodore Roosveelt y Woodrow Wilson, triunfaron en cambio –siempre según Nye– Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman. Dieciocho meses antes del artículo de Nye, Kurt Vonnegut –para quien la noción de viaje en el tiempo no era extraña, por cierto– parecía contestar a las dudas de Nye. Provocador, desencantado y despectivo hasta último momento, había límites a lo que podía tomar a chiste. Y el fenómeno aterrador de la guerra estaba, por cierto, bien fuera de esos límites. Casi al pasar, mostró el abismo entre la administración Bush y las administraciones Roosevelt y Truman:
“Por decir que nuestros líderes son chimpancés ebrios de poder, ¿pongo en riesgo de ruina la moral de nuestros soldados que pelean y mueren en Medio Oriente? Su moral, como tantos cuerpos, ya ha sido destrozada a balazos. Han sido tratados, como yo nunca lo fui, como juguetes que un niño rico recibió para Navidad.”


Raúl J. Maldonado.

[1] Su punto más bajo –además de las críticas constantes de muchos historiadores de renombre sobre su uso de fuentes bibliográficas– fue su detención, entre febrero y diciembre de 2006, por la justicia austríaca, bajo el cargo de haber negado el Holocausto en reiteradas conferencias en 1989. Tras declararse culpable, obtuvo la posibilidad de probation en segunda instancia. Irving, hoy un filonazi confeso, ha realizado dos ampliaciones de su trabajo, en 1995 y 2007, bajo el título “Apocalypse 1945”. En ambas sostiene la cifra de 100 mil víctimas, aún cuando existe evidencia que apunta a números menores.
[2] http://www.rollingstone.com/politics/story/11123162/kurt_vonnegut_says_this_is_the_end_of_the_world/2. “Bush” puede traducirse como “arbusto”, y se usa para referirse al vello púbico femenio. “Dick” (Richard “Dick” Chenney es el vicepresidente) es un nombre vulgar del miembro masculino.
[3] http://www.inthesetimes.com/comments.php?id=38_0_4_0_C. El párrafo merece algunas aclaraciones: los usurpadores de cuerpos es una referencia a la novela de 1955, The invasion of the body snatchers”, de Jack Finney, en la que los humanos eran reemplazados por seres–vaina, o pod–people, que sólo podían distinguirse por su falta total de emociones. En pleno período macartista, la novela fue llevada al cine al año siguiente, en 1956. En 1978 se produjo una excelente nueva versión, protagonizada por Donald Shuterlad, y una tercera, olvidable, en 1993. Los Keystone Cops fueron un grupo de actores que interpretaban a un grupo de policías incompetentes, de la época del cine mudo, y que secundaron, en muchas películas, a Charles Chaplin. Los modismos Bodysnatchers y Keystone Kops o Keystone Cops son propios de la cultura popular estadounidense.
[5] Sobre este “liderazgo transformacional”, Joseph NYE, Transformational lidership and U.S. Great Strategy, en Foreign Affairs, Jul/Aug 2006.

lunes, 9 de abril de 2007

Fuera de tema: el asesinato de Carlos Fuentealba

En 1940, un cansado capitán del ejército francés reflexionaba sobre las causas de la derrota ante las tropas nazis:
“Resulta sano y positivo que, en un país libre, las filosofías sociales contradictorias puedan combatir con entera libertad. En el estado actual de nuestras sociedades, resulta inevitable que las diferentes clases tengan intereses opuestos y sean conscientes de sus antagonismos. La desgracia de la patria comienza cuando deja de comprenderse la legitimidad de estos enfrentamientos.”
La desgracia de nuestra patria tuvo un nuevo baldón el miércoles 4 de abril de 2007. Bajo órdenes del gobernador Jorge Sobisch, del derechista Partido Popular Neuqueño, se reprimió una protesta de trabajadores docentes. Un sargento de la policía neuqueña, según las primeras versiones, disparó un cartucho de gas lacrimógeno, a menos de dos metros, sobre un vehículo en el que se retiraban algunos manifestantes. Hirió de muerte a Carlos Fuentealba, un profesor de química de 41 años, del que las inmediatas semblanzas producidas por los medios masivos de comunicación sólo han mostrado alabanzas.
La carrera política del gobernador Sobisch, según la mayoría de los analistas locales, ha terminado. Al menos, sus aspiraciones de competir por la presidencia de la Nación, al frente de una coalición de fuerzas de la derecha local. Los conflictos con los docentes, en varias provincias, han ganado en visibilidad. Los gremios docentes han llamado a un paro de 24 horas para el día hábil inmediato posterior, y los principales gremios del país han adherido con un paro simbólico de una o dos horas, al mediodía.
Carlos Fuentealba es el más reciente exponente de los resultados de una cultura política que no ha logrado, en los casi 200 años que Argentina tiene como entidad política, establecer una convención política funcional que excluya la violencia. Pueden agregarse ejemplos hasta el hartazgo, y también puede teorizarse sobre las causas, las influencias externas e internas, pero el hecho subsiste: la violencia es parte de la vida política del país, y cada tanto se cobra una o más víctimas. Llegado el caso, se pueden contar por miles, pero en cada conflicto social existe la potencialidad de la muerte, agravada por una constante sucesión de pequeños atentados, amenazas, breves secuestros y golpes a activistas y/o a la prensa.
Cada sociedad presenta un porcentaje, variable, de delincuentes, inadaptados o enfermos mentales, que agregan a la vida en convivencia un riesgo adicional. Pero las sociedades pueden convivir con ello, controlándolo mediante las políticas criminales, sociales y de salud que sean posibles, deseables o factibles. Las variaciones en dichas políticas tienen impactos más o menos efectivos, inmediatos y duraderos, pero en cualquier caso sólo lograrán cambiar el tratamiento a esos problemas, no su existencia.
En el asesinato de Carlos Fuentealba se esconde algo más. Ya repuesta del impacto inicial, la administración provincial de Sobisch y los representantes nacionales de su partido iniciaron una campaña mediática para colocar el eje del problema no en el asesino –el que será colocado en el lugar del “exceso”–; sino en el asesinado, al cuestionar los motivos y los métodos de la protesta social. Se pondrán en paridad de condiciones el uso de un arma mortal y la interrupción momentánea del tránsito, y dará a entender que, después de todo, hacer un piquete y enfrentar a la policía –con o sin armas– son actividades de altísimo riesgo. Esta suerte de defensa tu quoque no es novedosa ni ingeniosa, y se ve favorecida, por cierto, por la actitud de pequeños grupos de ultraizquierda que glorifican la violencia política y, pocas horas después de la muerte de Carlos Fuentealba, se dedicaron a incendiar un local partidario de Sobisch.
Lo que se esconde en el asesinato de Carlos Fuentealba es el fascismo vernáculo. Nutrido de años de prédicas, financiamiento institucional e impunidad, no sorprende que un sargento de una policía provincial dispare un arma no letal –un cartucho de gas lacrimógeno– a una distancia en la que es mortal. La trayectoria plana del disparo y la distancia a la que fue efectuado no permiten descartar la posibilidad de que haya existido una intención de matar, sea a Fuentealba, sea a alguno de sus compañeros que estaban en el mismo vehículo.
Que el tal sargento tenga, además, una o más causas penales previas por apremios ilegales, tampoco sorprende. Ni que, con tales antecedentes y tales aptitudes, sea sargento de un supuesto “grupo de elite” del que se espera pueda contener motines o disturbios sin utilizar fuerza letal.
Los casi 200 años que la Argentina existe como unidad política coinciden con dos etapas diferenciadas en la definición de los conflictos armados -y por ende, de la legitimidad del uso de la fuerza letal por parte del Estado-. Entre 1830 y 1939, la subordinación de la guerra a la política era evidente, siguiendo el tradicional apotegma de Karl von Clausewitz, “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Frase más repetida que comprendida, implicaba el control político sobre el uso de la fuerza.
Después de 1945, de la mano de teóricos como el francés André Bauffré y el estadounidense Tom Collins, esa relación de control fue invertida, y para muchos funcionarios y cuadros políticos formados en esa creencia, y en la posterior Doctrina de la Seguridad Nacional, “La política es la continuación de la guerra por otros medios.”
Entre ambas concepciones, por supuesto, se encuentran los 60 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial, el 90% de ellos civiles.
La subsistencia de esta concepción de la guerra permanente, en todo frente y lugar, es fácilmente comprobable. Tan cerca como en 2004, en un trabajo colectivo sobre la invasión a Irak, editado en Buenos Aires por el Círculo Militar, se puede citar una síntesis simplificada, aunque extensa y, por momentos, sorprendente, de estas ideas:
“En el campo militar, las guerras dirigidas exclusivamente a la posesión territorial están perdiendo vigencia en beneficio de las que buscan el control o el dominio sobre las personas o grupos sociales que, con creciente movilidad, se aglomeran en los centros urbanos. Por ello, el combate tiende a desarrollarse en “ambiente social” (destacado en el original). Nótese que el concepto del combate clásico apuntaba a conquistar o negar terrenos y era el hombre el que se interponía para acceder o negar esos espacios. Ahora se apunta a conquistar o negar el dominio del hombre o los grupos humanos y el terreno es el que se interpone entre uno y otro contrincante para el logro de su objetivo. (...) También, en el enfoque de la Revolución Marxista, cuyos exponentes reagrupan fuerzas en el nuevo escenario, se dio nacimiento al moderno concepto revolucionario: la “Guerra Social”. Veremos sucintamente en qué consiste este nuevo concepto de aplicación, principalmente, pero no exclusivamente, en Latinoamérica. (...)
Como punto de partida se resolvió declarar superado el concepto guevarista del foco revolucionario. Asimismo, quedó establecido que se abandonaba la estrategia que apuntaba a la creación de grandes Movimientos Insurreccionales de Masas. En su reemplazo se acordó poner un marcha un nuevo concepto que pasó a denominarse “Guerra Social”, sustentada en las generalizadas dificultades económicas y sociales surgidas a fines del siglo XX y acentuadas entre nosotros en los últimos meses.
La flamante estrategia, permite actuar sobre las clases media que son las más afectadas por la situación; reconocieron que esto último con una amplitud insospechada el desarrollo de la nueva etapa y contribuye a que esas izquierdas se afirmen en el terreno cultural, viejo y principal escenario de la batalla moderna.
Se destacó que el concepto de “Guerra Social” es sencillo, multisectorial y plurisocial, lo que ya en el campo de la acción y en un primer paso, contribuye a la formación de grandes frentes urbanos bajo el lema de “oponerse al modelo económico”. (...)
Existe un notable interés por la planificación de la nueva estrategia revolucionaria. Los gastos que demande provendrán de la infinita disponibilidad de recursos, resultante del plan del narcotráfico para extenderse y explotar, simultáneamente, el progresivo deterioro de los Estados nacionales.
Coincidentemente, de propició amplias reformas de los códigos, limitaciones a las policías, la legalización de la droga y un aceleramiento del retroceso protagónico de las fuerzas armadas. La promoción del indigenismo como factor aglutinante y convocante en aquellos países que cuentan con grandes grupos sociales de ese origen, alentando las posiciones contestatarias que reclaman tierras y soberanía, con la exigencia de que sean entregadas bajo la forma jurídica de propiedad colectiva.”
[1]
Por supuesto, sus autores no son penalmente responsables, ni siquiera en forma mediata, del asesinato de Fuentealba. Ni lo han instigado, ni lo han aplaudido, y quizá incluso, a título personal y/o institucional, lo lamenten.
Pero el asesino de Carlos Fuentealba, y la línea de mando que está por encima de él, llegando hasta el gobernador Sobisch, si lo son. Comparten tal concepción de la "guerra permanente", y han impartido, hacia sus subordinados, órdenes formales de impedir la manifestación, y órdenes informales de proceder con el máximo rigor contra los docentes, para dar una lección tanto a los manifestantes locales como a los nacionales. Y para dar una señal, en el caso de Sobisch, que lo colocara como el adalid del "orden" frente a la "anarquía" de la administración Kirchner. Si existió o no la evaluación del riesgo potencial de herir o asesinar a alguno de los manifestantes es irrelevante: en la definición del accionar policial se buscaba desarticular la protesta mediante tanta fuerza como fuere necesaria. No sólo para controlar el terreno, sino, y más importante aún, para controlar los corazones y las mentes de los opositores. En este registro, la administración Sobisch es responsable de un acto de terrorismo de Estado, y no sólo de un asesinato casual.
Frente a ello, toda marcha y todo paro es insuficiente. Los pueblos, en ocasiones, deben trazar una raya en la arena, establecer un límite infranqueable. El capitán del ejército francés, cuya cita inició estas líneas, era el historiador Marc Bloch. Veterano de las dos guerras mundiales, con cinco medallas al valor, en 1942 se unió a la Resistencia, y fue luego apresado, torturado, y finalmente fusilado por la Gestapo. La desgracia de la patria, que tan bien describiera y tan bien puede aplicarse a la Argentina actual, se ha cebado de otra víctima en la persona de Carlos Fuentealba. Pero no será Sobisch, ni quienes comulguen con sus tristes ideales, quienes la remedien. Quienes la pueden remediar están, ahora mismo, en las calles y en las plazas, trazando su propia raya en la arena para establecer que el asesinato por razones políticas no es una opción en la vida argentina.

Raúl J. Maldonado.
[1] La cita pertenece al trabajo del Tte. Gral (R) Francisco E. GASSINO y el Cnl. (R) Luis Eduardo Riobó, Antecedentes estratégicos globales, en La primera guerra del siglo XXI, Irak 2003, Círculo Militar, Buenos Aires, 2004, pág. 83. Sus autores son el Director y Subdirector del Centro de Estudios del Círculo Militar. Por cierto, aparece como un agregado tardío a un texto mucho más interesante, y mejor fundado, que los párrafos transcriptos.