viernes, 27 de abril de 2007

Un asunto de errores

El 25 de abril de 2007 la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un paquete de financiamiento de la fuerza expedicionaria enviada en 2003 a Irak que incluye, en apretada síntesis, un plan para iniciar la retirada de las tropas entre el 1° de julio y el 1° de octubre de 2007 y culminarlo antes del 1° de abril de 2008. El Senado, por su parte, lo aprobó al día siguiente. El retiro en julio o en octubre dependerá de si el gobierno iraquí logra cumplir ciertas metas: desarmar a las milicias, purgar del gobierno a los ex miembros del partido Baath, reducir la violencia sectaria y aprobar una ley que resuelva la cuestión del reparto de petróleo. Esas serán las condiciones para que las tropas de combate permanezcan un trimestre más en su puesto.



Existen varias interpretaciones posibles, que no son necesariamente excluyentes.
La primera y más obvia: la rama legislativa cuenta con el que la rama ejecutiva ejerza el poder de veto y, en la negociación posterior para un nuevo pronunciamiento obtener una o más ventajas concretas –por ejemplo, un financiamiento menor, de 40 mil millones en lugar de los 124 mil ahora aprobados, lo que acortaría los plazos para una nueva revisión legislativa–.
También, la coalición de fuerzas de la derecha estadounidense que llevó al poder a George W. Bush se está reacomodando para abandonar a su presidente por el fracaso en Irak. Como ejemplo, en marzo, en la “Conferencia de Acción Política Conservadora”, se realizó una encuesta entre sus más de 1700 asistentes para que se definieran como un “conservador estilo Ronald Reagan” o uno “estilo George W. Bush”, que ganaron los primeros por una ventaja de 26 a 1.[1]

Y a esas alturas, aún no estaba claro el resultado de la última ofensiva contra la insurgencia iraquí. ¿Qué vendría después de la eventual retirada? Michael O´Hanlon, de la Brookings Institution, en The Washington Times, lo anticipa con una sorprendente simplificación para un autor, en general, más sofisticado: “Para explicarlo con más precisión, ex–Saddamistas quieren restaurar una autocracia Sunnita, y al Qaeda quiere retornar a la región al siglo séptimo y está deseosa de matar a todos en el camino para lograrlo.”[2]

A la hora de ofrecer críticas y alternativas, O´Hanlon es claro. La estrategia de Bush ha fracasado, e Irak debe ser partido en tres regiones autónomas. Y culmina su nota con un llamado a seguir combatiendo por el honor nacional, ya que no por una administración “…que ya tiene garantizado tener, en el mejor de los casos, un lugar mediocre en los anales históricos de América…”

Uno de los heraldos neoconservadores, Max Boot, empieza a sugerir posibilidades aún más horrendas en su informe de un viaje que realizara en febrero y marzo por Ramadi, una ciudad iraquí en la provincia de Anbar, al referir, sin explicitar fuentes, que las tropas de al Qaeda empezaron a luchar contra grupos menos fanáticos y más nacionalistas.[3] Los éxitos de Petreaus requieren estar allí, ocupando sectores enteros con una presencia masiva de tropas. Ante el retiro, las expectativas de una guerra civil, una limpieza étnica o un genocidio, o cualquier combinación de estos horrores, no puede ni debe ser descartadas.

E, incluso, tal perspectiva puede ser defendida. En 1999 Edward Luttwak, en ocasión de los conflictos de Bosnia y Kosovo, decía: “Una desagradable verdad que a menudo es subestimada es que aunque la guerra es un gran mal, tiene una gran virtud: puede resolver los conflictos políticos y llevar a la paz. Esto puede pasar cuando todos los beligerantes quedan exhaustos, o cuando uno de ellos gana en forma decisiva. En cualquier caso la clave es que la lucha debe continuar hasta que se alcance una resolución. La guerra trae paz sólo después de una fase culminante de violencia.”[4]

La idea, como bien recordara el entonces Subsecretario General para Asuntos Humanitarios de la ONU, Sergio Vieria de Mello, al contestar al artículo de Luttwak, no era entonces novedosa.[5] Y tampoco lo es ahora. Pero no se trata, en todo caso, de una discusión menor o académica: Vieira de Mello, un destacado diplomático brasilero que había desarrollado una larga carrera de manejo de conflictos, y había sido nombrado Alto Comisionado para los Derechos Humanos, murió el 19 de agosto de 2003 en Bagdad, junto con otras 32 personas, cuando un camión–bomba se estrelló contra el Hotel Canal, que oficiaba de cuartel general para la misión de la ONU en Irak. Un segundo atentado, en septiembre, terminó por decidir el retiro de los contigentes civiles de la ONU.

Bajo esta perspectiva, la puja entre las ramas legislativa y ejecutiva cobra otra dimensión: ¿Qué administración se hará cargo de la retirada? ¿La actual o la futura? ¿Quién quiere quedar asociado a una derrota militar de envergadura? Demócratas y republicanos tienen un mismo interés, hacer soportar a George W. Bush el costo de ver a los helicópteros en las azoteas de los edificios.

Que en Irak se produzca una matanza, una guerra civil o una limpieza étnica a nadie preocupa. E, inclusive, desde la perspectiva de la realpolitik tiene mucho sentido: chiitas y sunnitas combaten desde hace siglos, incluso desde antes que el mundo islámico se hubiera consolidado. Y la minoría sunnita cuenta con no ser abandonada por sus hermanos de fe, que son mayoría en el mundo. La mayoría iraquí, chiita, se apoyará en Irán. El conflicto civil iraquí, con cualquier resultado, podría consumir durante años los recursos iraníes. Y aún en el supuesto de una anexión total o parcial, llevaría tiempo para ser digerido.

También puede encontrarse una perspectiva no tan sombría. Desde la caída del Muro de Berlín la derecha estadounidense, y en particular los grupos neoconservadores, han insistido en la necesidad, e incluso en la obligación moral, de que EE.UU. actuara como una potencia imperial, e impusiera la pax americana. El primer ensayo de esta actitud se llevó a cabo, justamene, en Irak, cuando George W.H. Bush lideró una coalición de 34 países para hacer retroceder a las tropas iraquíes que habían ocupado Kuwait, entre 1990 y 1991. Tras seis meses de preparativos políticos, diplomáticos y militares, y varias semanas de bombardeo, las tropas iraquíes fueron derrotadas en menos de cuatro días de campaña terrestre. Las tropas de la coalición sufrieron más bajas por accidentes que por fuego enemigo, y luego detuvieron su avance después de dañar severamente el aparato militar iraquí. En 2003, la invasión en si fue un éxito militar atronador: no hubo oposición digna de tal nombre, e incluso se había logrado interferir hasta tal grado el ciclo de toma de decisiones iraquí que Saddam Hussein no sabía, en rigor, qué estaba pasando.[6]

Cualquier pretensión de imponer la pax americana ha caído desde 2003, ante la arrogancia y la alienación con que se han manejado los máximos niveles de la administración Bush.[7] Pero la caída de una visión de la política exterior estadounidense no debe ser exagerada. El poder es, en esencia, relacional. Y si bien hoy EE.UU. está exigido al límite de sus actuales recursos militares –tiene desplegadas la mayoría de sus unidades de combate, por plazos que se han extendido hasta un 25% más de lo planeado–, no ha visto afectada su capacidad de acumular y proyectar más poder si fuere necesario.

Desde antiguo, la capacidad de desplegar una fuerza expedicionaria ha tenido un impacto mensurable en el destino de los imperios y de las naciones: la expedición a Sicilia, en 415 AC, selló el destino del imperio ateniense en la Guerra del Peloponeso. La fuerza expedicionaria macedonia, bajo el comando de Alejandro Magno, selló el destino del imperio aqueménida en Gaugamela, en 331 AC. Y un larguísimo etcétera. Pero no todo despliegue fallido ha significado un problema insalvable: mientras que Hernán Cortés logró apoderarse del imperio azteca, y sus fabulosas riquezas, entre 1519 y 1521, siete u ocho años después de Narváez perdió una expedición similar en lo que hoy es la Florida. Ninguna de ellas –iniciadas con alrededor de 5000 hombres y 1500 caballos cada una– hubiera significado un desastre para la coroña española.

El retiro de la fuerza expedicionaria estadounidense en Irak no significará, tampoco, un desastre para el poder estadounidense, pero si para la administración Bush y los sectores neoconservadores, que arriesgarán un destino de ser uno más de los grupos minoritarios con fuerte presencia mediática que existen en EE.UU., discutiendo durante años los pro y los contra de las decisiones que los llevaron a la Casa Blanca y de vuelta a los callejones del poder. Muchas de, sino todas, las situaciones que se han visto en la invasión a Irak fueron advertidos por analistas políticos y militares, pero la evidencia fue descartada o desacreditada por la Casa Blanca. Existen muchas explicaciones posibles para esta ceguera a consejos profesionales, y más de un lector tendrá ya su opinión formada sobre las intenciones y los éxitos o los fracasos. Pero, en cualquier caso, desde el pasado resuena la sanción de Winston Spencer Churchill, “La guerra es siempre, esencialmente, un asunto de errores…”

Raúl J. Maldonado.



[1] WEIGEL, David, The Great Do-Over, Conservatives gather to forget George W. Bush, and elect his clone, en Reason on line, 6-3-07, http://www.reason.com/news/show/118956.html
[2] O´HANLON, Michael, A ruthless foe, The Washingont Times, 24–4–07. http://www.washtimes.com/functions/print.php?StoryID=20070423-093052-6887r
[3] BOOT, Max, Can Petreaus pull it off?, The Weekly Standard, http://www.weeklystandard.com/Content/Public/Articles/000/000/013/551cokdv.asp
[4] LUTTWAK, Edward, Give war a chance, en Foreing Affairs, Jul/Ag. 1999.
[5] VIEIRA DE MELLO, Sergio, Enough is enough, en Foreing Affairs, Jan/Feb. 2000.
[6] Puede verse, entre otros, EISENSTADT; Michael, Understandig Saddam, en The National Interest, Fall 2005, Number 81.
[7] Puede verse la entrevista que Hugo Alconada Mon realizó al célebre periodista Bob Woodward, quien ha seguido el proceso de toma de decisiones después del 11 de septiembre, llamados “Bush en guerra”, sobre Afganistán; “Plan de Ataque”, sobre Irak; y “Estado de negación”, sobre la actitud del propio presidente. “Bush vive en una de las mayores burbujas que vi en mi vida”, en La Nación, 4–2–07, http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=880704



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