El 14 de diciembre de 1944 una patrulla de exploradores de las 106ª División de Infantería del Ejército de EEUU quedó atrapada tras las líneas enemigas en la región belga de las Ardenas. En esos bosques se había producido, en mayo de 1940, la incursión original del avance alemán que llevó a ingleses y franceses hasta el mar, en Dunquerque. Los miembros de la patrulla fueron capturados, y trasladados a la retaguardia alemana. Dos días más tarde, nuevamente las tropas blindadas alemanas iniciaron una ofensiva en esos bosques, un cuarto de millón de hombres y gran cantidad de blindados trataron de abrirse paso hasta el puerto de Amberes, sin éxito. La batalla de las Ardenas fue la última ofensiva alemana en el frente occidental.
Uno de los exploradores capturados fue enviado a la ciudad de Dresde, llamada “la Florencia del Elba” por sus monumentos góticos, un centro de transporte ferroviario que, hasta ese momento, no había sufrido mayores ataques. Los días 13, 14 y 15 de febrero de 1945 fue bombardeada por fuerzas británicas y estadounidenses. Sea que la inteligencia soviética se hubiera engañado sobre la presencia de unidades militares en la ciudad, sea que los aliados occidentales hayan querido demostrar el poder de sus fuerzas aéreas ante la inminente llegada de los soviéticos, el blanco principal del ataque fue la estación ferroviaria del centro de la ciudad.
Los ataques contra blancos civiles, en esa época, se hacían mediante dos o más olas de aviones, divididos en grupos. El primer grupo arrojaba bombas de alto poder explosivo, destruyendo los techos de los edificios, para dejar sus entrañas de madera al descubierto. Un segundo grupo arrojaba bombas incediarias. Un tercero, más bombas de alto explosivo y, en ocasiones, bombas con dispositivos de retardo para perturbar las tareas de rescate. Luego de un intervalo de entre una y dos horas, una segunda ola repetía el ciclo de ataque, para maximizar el daño a los civiles y a los equipos de rescate.
En Dresde se produjo –como en Hamburgo, Munich o Tokio, entre otras ciudades desgraciadas– un efecto llamado “tormenta de fuego”; los múltiples incendios generaba una pared de fuego continua, que se expandía por la ciudad, absorbiendo el aire –y en ocasiones, personas– de la superficie y arrojando llamas de hasta cien metros de altura, y 1500 °C de temperatura. El castigo continuado durante tres días –en un total de cuatro incursiones– destruyó alrededor del 35% de la ciudad.
El número de víctimas es, aún hoy, una incógnita. Las estimaciones inmediatas, según la propaganda nazi, fueron de entre 250 y 300 mil muertes. La primera historia de esa operación, “The Destruction of Dresden”, publicada en 1963, estableció una estimación más baja, en 100 mil muertes, que aún hoy es la más referida. Su autor fue inglés David Irving, cuyo prestigio como historiador profesional cayó en la misma medida en que realizaba una defensa cada vez menos tibia del régimen nazi.[1] Evidencia más actual permite establecer el número de víctimas entre 25 y 35 mil personas.
El número de víctimas es, aún hoy, una incógnita. Las estimaciones inmediatas, según la propaganda nazi, fueron de entre 250 y 300 mil muertes. La primera historia de esa operación, “The Destruction of Dresden”, publicada en 1963, estableció una estimación más baja, en 100 mil muertes, que aún hoy es la más referida. Su autor fue inglés David Irving, cuyo prestigio como historiador profesional cayó en la misma medida en que realizaba una defensa cada vez menos tibia del régimen nazi.[1] Evidencia más actual permite establecer el número de víctimas entre 25 y 35 mil personas.
En cualquier caso, el prisionero capturado en las Ardenas, y que había sido llevado a Dresde, sobrevivió al bombardeo. Había estado recluido en un campo de prisioneros ubicado en un antiguo matadero. Su trabajo, luego del ataque, fue ayudar a llevar cadáveres civiles a las piras comunes que se organizaron algunos días después, en las áreas abiertas, donde los muertos eran incinerados sin mayor ceremonia ni trámites de identificación, ante el temor de una catástrofe sanitaria.
El prisionero, Kurt Vonnegut, vivió para contarlo. Fue liberado por el Ejército Rojo, volvió a EEUU y se dedicó a escribir. Murió el 12 de abril de 2007. En 1969 publicó su sexto libro, “Matadero Cinco”, basado en su experiencia en Dresde, que lo consolidó como un autor de referencia del movimiento pacifista y la corriente contracultural de aquella época. Para muchos críticos, en sus cinco novelas anteriores existen, también, muchos elementos que remiten a su experiencia en Dresde.
Con Kurt Vonnegut no sólo muere un veterano de la Segunda Guerra Mundial, y un excelente autor contemporáneo, sino una de las voces críticas contra la administración Bush. Desde la revista liberal In These Times, su último puesto como editor, Vonnegut se opuso, en forma fundada y consecuente, a los neoconservadores, para los que siempre tenía un comentario hiriente –en la tradición de otros autores como su admirado Mark Twain o Ambroce Bierce–. Maestro del humor negro, prometió ir a la fábrica de los cigarrillos Pall Mall, sin filtro, que fumaba desde los 14 años a reclamar, no por el cáncer de pulmón, sino
“Porque tengo 83 años. ¡Bastardos mentirosos! En el paquete Brown & Williamson prometieron matarme. En cambio, sus cigarrillos no funcionaron. Y ahora estoy obligado a sufrir líderes con nombres como Bush y Dick…”[2]
En enero de 2003 sintetizó su opinión sobre la administración Bush ante Joel Bleifuss:
JB: Mi sensación por charlas con lectores y amigos es que mucha gente se empieza a desesperar. ¿Creés que perdimos las razones para estar esperanzados?
KV: Yo siento que nuestro país, por cuya Constitución yo he peleado en una guerra justa, bien podría haber sido invadido por marcianos o por usurpadores de cuerpos. A veces quisiera que así hubiese sido. Lo que ocurrió, en cambio, es que ha sido asaltado por medio del coup d´etat más berreta, farsesco, al estilo de los Keystone Cops, que pudiéramos imaginar. Y aquellos ahora a cargo del gobierno federal son elitescos estudiantes de nivel C que no saben ni historia ni geografía, más unos no demasiado encubiertos supremacistas blancos, apodados “Cristianos”, y además, lo más aterrorizante, personalidades psicopáticas...”[3]
KV: Yo siento que nuestro país, por cuya Constitución yo he peleado en una guerra justa, bien podría haber sido invadido por marcianos o por usurpadores de cuerpos. A veces quisiera que así hubiese sido. Lo que ocurrió, en cambio, es que ha sido asaltado por medio del coup d´etat más berreta, farsesco, al estilo de los Keystone Cops, que pudiéramos imaginar. Y aquellos ahora a cargo del gobierno federal son elitescos estudiantes de nivel C que no saben ni historia ni geografía, más unos no demasiado encubiertos supremacistas blancos, apodados “Cristianos”, y además, lo más aterrorizante, personalidades psicopáticas...”[3]
Vonnegut, ácido y desencantado, aún reivindicaba su participación en la Segunda Guerra Mundial: había peleado en una guerra justa. Llevar cadáveres calcinados y con varios días de descomposición en una ciudad arrasada por el fuego no debe ser una experiencia fácil de olvidar. Pero las atrocidades de esa época tampoco son fáciles de olvidar, y allí están las fotos y filmaciones de los campos de concentración y exterminio para recordarnos a qué profundidades del horror somos capaces de llegar los seres humanos. No obstane, más de medio siglo de vida, familia, cultura y reflexión no habían conmovido la convicción de Vonnegut sobre su actuación: Él, el pacifista, el socialista, peleó en una guerra justa.
El otro, su último enemigo, George W. Bush, sólo ha iniciado guerras injustas. No ha peleado en ninguna, no ha visto de cerca los resultados de las bombas y la metralla, no ha olido la carne quemada y putrefacta, no ha sentido el temor del combate ni gozado de la camaradería de los hombres de armas, si es que tal cosa en verdad existe. En otro artículo de In These Times, Vonnegut atacaba a los grupos fundamentalistas que sostiene a esta administración:
“Por alguna razón, los Cristianos más vocales entre nosotros nunca mencionan las Beatitudes. Pero, a menudo con lágrimas en sus ojos, demandan que los Diez Mandamientos sean colocados en los edificios públicos. Y por supuesto eso es Moisés, no Jesús. No recuerdo haber escuchado a ninguno de ellos demandar que el Sermón de la Montaña, las Beatitudes, sean puestos por todos lados. ¿‘Biennaventurados los misericordiosos’ en una corte de justicia? ¿‘Bienaventurados los mansos’ en el Pentágono? No me jodan…”[4]
La Segunda Guerra Mundial no fue la única causa justa a la que Vonnegut unió su vida y su destino. Luchó hasta último momento contra una administración que ha banalizado el recurso a la guerra. George W. Bush quiere ser recordado, según Joseph Nye, como un “líder transformacional”, vale decir, un hombre que deja huella en la historia y lleva a su país a una próxima etapa.[5] Los ejes de su intento, reducir su respaldo a las alianzas permanentes y los organismos internacionales; expandir el derecho de defensa a una nueva doctrina de guerra preventiva; y abogar por la democratización coercitiva como solución para Medio Oriente.
Los riesgos de las apuestas “transformacionales” son siempre enormes, y donde fracasaron William McKinley, Theodore Roosveelt y Woodrow Wilson, triunfaron en cambio –siempre según Nye– Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman. Dieciocho meses antes del artículo de Nye, Kurt Vonnegut –para quien la noción de viaje en el tiempo no era extraña, por cierto– parecía contestar a las dudas de Nye. Provocador, desencantado y despectivo hasta último momento, había límites a lo que podía tomar a chiste. Y el fenómeno aterrador de la guerra estaba, por cierto, bien fuera de esos límites. Casi al pasar, mostró el abismo entre la administración Bush y las administraciones Roosevelt y Truman:
“Por decir que nuestros líderes son chimpancés ebrios de poder, ¿pongo en riesgo de ruina la moral de nuestros soldados que pelean y mueren en Medio Oriente? Su moral, como tantos cuerpos, ya ha sido destrozada a balazos. Han sido tratados, como yo nunca lo fui, como juguetes que un niño rico recibió para Navidad.”
Raúl J. Maldonado.
Raúl J. Maldonado.
[1] Su punto más bajo –además de las críticas constantes de muchos historiadores de renombre sobre su uso de fuentes bibliográficas– fue su detención, entre febrero y diciembre de 2006, por la justicia austríaca, bajo el cargo de haber negado el Holocausto en reiteradas conferencias en 1989. Tras declararse culpable, obtuvo la posibilidad de probation en segunda instancia. Irving, hoy un filonazi confeso, ha realizado dos ampliaciones de su trabajo, en 1995 y 2007, bajo el título “Apocalypse 1945”. En ambas sostiene la cifra de 100 mil víctimas, aún cuando existe evidencia que apunta a números menores.
[2] http://www.rollingstone.com/politics/story/11123162/kurt_vonnegut_says_this_is_the_end_of_the_world/2. “Bush” puede traducirse como “arbusto”, y se usa para referirse al vello púbico femenio. “Dick” (Richard “Dick” Chenney es el vicepresidente) es un nombre vulgar del miembro masculino.
[3] http://www.inthesetimes.com/comments.php?id=38_0_4_0_C. El párrafo merece algunas aclaraciones: los usurpadores de cuerpos es una referencia a la novela de 1955, “The invasion of the body snatchers”, de Jack Finney, en la que los humanos eran reemplazados por seres–vaina, o pod–people, que sólo podían distinguirse por su falta total de emociones. En pleno período macartista, la novela fue llevada al cine al año siguiente, en 1956. En 1978 se produjo una excelente nueva versión, protagonizada por Donald Shuterlad, y una tercera, olvidable, en 1993. Los Keystone Cops fueron un grupo de actores que interpretaban a un grupo de policías incompetentes, de la época del cine mudo, y que secundaron, en muchas películas, a Charles Chaplin. Los modismos Bodysnatchers y Keystone Kops o Keystone Cops son propios de la cultura popular estadounidense.
[5] Sobre este “liderazgo transformacional”, Joseph NYE, Transformational lidership and U.S. Great Strategy, en Foreign Affairs, Jul/Aug 2006.
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