No quiero detenerme aquí más que en una anécdota: Karski se reunió, en 1943, con el famoso Juez de la Suprema Corte de EE.UU. Frank Frankfurter.[1] En la reunión en cuestión, en presencia del Embajador polaco, Karski relató sus experiencias en unos 20 minutos. Frankfurter se levantó de la silla y caminó por su estudio. Luego se sentó y dijo: “Señor Karski, un hombre como yo, hablando con un hombre como usted, debe ser totalmente franco. Soy incapaz de creer lo que usted me cuenta.” Ante la protesta del Embajador polaco –amigo personal de Frankfurter–, agregó: “Señor Embajador, no dije que este joven hombre esté mintiendo. Dije que soy incapaz de creer lo que él me ha contado.”[2]
Anécdotas similares son comunes en todos y cada uno de los genocidios que han enlutado el siglo XX, pero en la respuesta de Frankfurter existe una candidez con un dejo –quizá no tan leve– de chauvinismo occidental: a pesar del asesinato de más de un millón de armenios en 1915 por el gobierno turco, la resistencia a creer que un gobierno “moderno y occidental” se hubiera embarcado en la sistemática tentativa de exterminar una o más minorías raciales o religiosas se encontraba fuera del imaginario político de un sofisticado funcionario estatal.
Más de medio siglo después, sería casi imposible encontrar a un ciudadano que creyera que un gobierno, cualquier gobierno, es incapaz de realizar casi cualquier actividad ilegal o paralegal. Después de la Segunda Guerra Mundial las imágenes del horror se han vuelto costumbre. Con una definición estricta de “genocidio”, aún debemos lidiar con las imágenes de Camboya, el Kurdistán iraquí, Ruanda, Bosnia, y Darfur. Si extendemos la visión a los crímenes de lesa humanidad, las dictaduras latinoamericanas en los años ´80 y una larga serie de masacres en Asia y África. Si nos centramos en el cumplimiento de las leyes de la guerra, o en el espionaje industrial, o en la corrupción, o en cualquier ámbito de la vida en sociedad nacional o internacional, podemos encontrar ejemplos que ponen a prueba la más férrea convicción sobre la bondad inmanente de la Humanidad, y que muestran a funcionarios gubernamentales incumpliendo sus deberes, por acción o por omisión, y más generalmente, por brutalidad o codicia.
Sin embargo, no por ello se puede decir cualquier cosa, en cualquier momento, y sobre cualquier asunto. Vale aclarar, el lenguaje político es, en esencia, performativo y no sólo descriptivo. Busca convencer, generar acciones concretas –aunque más no sea el asentimiento del lector, como en este blog–. Cuando un ex funcionario del gobierno argentino, el líder piquetero Luis D´Elia, dice “Habría que tener la valentía de investigar a la derecha política israelí, la misma que asesinó a un grande de la historia de Israel que es Yitzhak Rabin. (…) Este atentado, ¿no tendrá algo que ver con aquel cruel asesinato? Algunos creen que no y otros creemos que por ahí sí”[3] está emitiendo un juicio político y, por cierto, está requiriendo en forma directa una acción política concreta. La conferencia en la que pronunció tal dictamen degeneró con rapidez, y las tentativas de responder desde el público culminaron en gritos, empujones y un final abrupto de la reunión.
Desde el 18 de julio de 1994, cuando un atentado destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelí Argentina –AMIA, con un saldo de 85 muertos y más de 150 heridos–, la investigación judicial ha avanzado a tropezones y palazos de ciego sin lograr –al igual que con el anterior atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires, en 1992– un definición satisfactoria e indiscutible. Con diversas y contradictorias peripecias, más cerca de los largos “juicios de residencia” de la época colonial que de un proceso judicial moderno –recordemos, el atentado ocurrió en 1994–, recién en noviembre de 2006 se produjo el requerimiento de captura internacional del ex presidente iraní Akbar Rafsandjani y otros siete funcionarios. Requerimiento que ha sido criticado por un amplio espectro político, en razón de deficiencias en la fuente de información, de su redacción, a las fuentes de información, etc.[4]
Vale mencionar, en esta instancia, la cuestión de la autoría del atentado. La mayoría de los análisis de fuentes occidentales coinciden en responsabilizar a Hezbollah. Esta organización, creada en el Líbano en 1982, y que hoy tiene una fuerte representación en el legislativo y en el ejecutivo libanés, ha rechazado haberlos cometido. El atentado fue reivindicado, en cambio, por la entonces desconocida –y hoy inactiva– organización “Ansar Allah” o “Guerreros de Dios”, que cuenta en su haber con dos ataques, en 1994, la AMIA el 18 de julio y un avión en la ciudad de Colón, en Panamá, al día siguiente, con un saldo de 21 muertos. En 2003 volvió a reinvidicar un ataque, esta vez dos cohetes disparados contra los estudios de Future TV en el Líbano, cadena que apoyaba al entonces presidente Rafiq al–Hariri.[5]
Para muchos analistas, Hezbollah utilizó a Ansar Allah como una de sus pantallas –y habría utilizado a la Jihad Islámica como pantalla para el ataque a la embajada de Israel–. Para otros, se trató de una puja interna que se resolvió mediante una escisión momentánea en dos organizaciones diferentes. En el mundo del análisis del terrorismo internacional es siempre difícil, por definición, poder constatar la información conforme pautas académicas. Pero es indiscutible que existe una vinculación, o un apoyo, entre Irán y Hezbollah. Valga recordar la utilización de tecnología iraní en el reciente conflicto del sur del Líbano, o el flujo de fondos que, saliendo de Irán, permitió a Hezbollah reconstruir muchas viviendas del sur del Líbano con gran rapidez y eficiencia.[6]
Luis D´Elía había asumido, en febrero de 2006, como Secretario de Hábitat Social de la administración Kirchner. Por supuesto, la interpretación más evidente y comprensible fue que había sido cooptado dentro de la estructura de poder del gobierno. Pero cuando se produjo, en noviembre, el pedido de captura de los funcionarios iraníes ya referido, D´Elia se presentó –junto a representantes de varias fuerzas políticas– en la embajada de Irán, en un acto de rechazo al requerimiento. El argumento, tanto entonces como ahora, era que la información que había fundado la medida judicial provenía de los servicios secretos estadounidenses e israelíes y, por ende, era falsa. La salida del funcionario piquetero no se hizo esperar. A fines de febrero, junto con el ex diputado justicialista Mario Cafiero y del sacerdote católico Luis Farinello, D´Elia viajó a Teherán invitado por el gobierno iraní. Fiel a su estilo informal, declaró a su regreso “Me explotó el calefón cuando me encontré con que la comunidad judía iraní tiene cerca de 500 mil adeptos…” La colorida metáfora no impide entender que la comunidad judía iraní no tiene “adeptos”, sino “integrantes”.[7] Como la cooptación, en cualquier caso, resulta en una carrera profesional, la esposa de D´Elia fue contratada en el Ministerio de Acción Social pocos meses después. Finalmente, Luis D´Elia protagonizó el bochornoso incidente en la tradicional Feria del Libro, ya referido, junto al ex diputado Mario Cafiero –y, según algunos medios, también al sacerdote Luis Farinello, quien no habría estado presente–.
Las respuestas oficiales y oficiosas no se hicieron esperar. El diario de mayor circulación en el país presentó un editorial sobre el aumento del antisemitismo y otras formas de intolerancia.[8] Luis D´Elia fue citado a declarar en la causa por el atentado de la AMIA para el próximo martes 8 de mayo. Y con particular énfasis se cubrió la presentación de la senadora Cristina Fernández de Kirchner en una cena de gala del Comité Judío Americano, incluída su respuesta cuando le preguntaron por los dichos de Luis D´Elia: “Los disparates son disparates, pongámonos contentos de estar en un país donde tenemos el derecho de decir disparates.”[9] Y seis días después, el incidente se declaraba “superado” y tan sólo una tentativa del líder piquetero de “obtener prensa”.
Pero no se trató de disparates, sino de un discurso político, que buscaba una acción política concreta. No se trató de mera cortesía para con los organizadores de la charla –la Casa de Difusión del Islam que dirige Mohsen Alí–. Mientras que el ex diputado Mario Cafiero se refirió a la cuestión de los testigos de la causa –vale decir, atacó los fundamentos de las medidas judiciales con argumentos basados en datos, y que por ende pueden ser discutidos y contrastados–, Luis D´Elia se limitó a una imputación general a un colectivo no especificado –la “derecha israelí”–, sin dejar en claro cómo y por qué ese colectivo atacaría, en Buenos Aires, a un blanco de la colectividad judía. Pero sería un error interpretar este gesto como producto de una nueva explosión del calefón del líder piquetero.
El liderazgo político no se construye sólo sobre el rigor académico –aunque la diferencia entre el líder político y el estadista también se nutre de ese rigor y esa formación–. También existe una dosis, y no menor, de carisma, de contacto espontáneo con la masa de seguidores o de votantes, de saber –o poder, pues en ocasiones alcanza sólo con picardía– tocar la nota adecuada para que una parte más o menos importante de la sociedad vibre en consonancia. Luis D´Elia sabe, en algún punto, tocar esa cuerda: con cierto cinismo, podría recordarse que en Argentina 3.5 millones de hogares sintonizan shows de difícil descripción cada noche. E, incluso, que para la edición 2007 del premio más afamado de la televisión local –el “Martín Fierro”–, que otorga la Asociación de Periodistas de Televisión y Radiofonía Argentina –APTRA– se haya retirado la categoría “programa cultural/educativo” para ser reemplazada por “reality show”.[10] Su falta de rigor al imputar el atentado de la AMIA a la derecha israelí no le quitará credibilidad académica, pues no ha sido ese su objetivo –caso contrario, hubiera realizado una presentación más formal, razonada y por escrito–.
Se ha dirigido, o al menos ha beneficiado, a grupos e individuos que están ya convencidos, que, a diferencia del juez Frankfurter, pueden creer cualquier atrocidad, siempre y cuando se impute al actor político correcto. No fue un disparate, sino una jugada política concreta que no se zanjará con tibias recomendaciones de mayor discusión en las escuelas sobre la tolerancia –por cierto, discusiones necesarias y útiles–. Y si bien podemos decir que la libertad de expresión debe amparar, precisamente, incluso al más odioso discurso del más hediondo neonazi –perdón por el involuntario pleonasmo–, ante determinadas manifestaciones del discurso político no alcanza con desecharlas por disparatadas.
Los atentados de 1992 y 1994 tienen una dimensión política inevitable y evidente. Y sus motivaciones, autores y beneficiarios son objeto legítimo de especulación y debate. Pero, otra vez, ello no autoriza a que cualquiera diga cualquier cosa en cualquier momento. La crítica política es necesaria, y es un arte que este país parece haber olvidado, cuando los debates sobre las grandes cuestiones de la época se limitan a discusiones entre carteles anónimos en las calles céntricas; y las explosiones del calefón pasan casi sin pena ni gloria, total, son disparates...
Raúl J. Maldonado.
[1] Uno de los artífices del fallo “Brown vs. Board of Education” de 1954, que prohibió la segregación racial en las escuelas públicas de EE.UU, Frankfurter es considerado un liberal que tendía a limitar la intervención del poder judicial sobre el legislativo y el ejecutivo. Ocupó el puesto entre 1933 y 1962.
[2] Existe un registro sonoro del propio Karski contando este evento, en http://remember.org/karski/kaudio.html. Para un análisis más contextualizado del papel de Karski en el movimiento que intentó impedir el genocidio nazi, puede verse POWER, Samantha, Problema infernal, México, Fondo de Cultura Económica, 2005, en particular el capítulo III, “El crimen con nombre”, pág. 64 y ss., que también recoge esta anécdota, con pequeñas variaciones.
[3] D´Elia fue citado como testigo en la causa sobre el ataque a la AMIA, en Página/12, 03–05–07. Otros medios del país recogieron, también, en todo o en parte, las frases citadas.
[4] Al respecto, puede verse URIEN BERRI, Jorge, Una cuestión de fe, no de pruebas, en La Nación, 10–11–06, http://www.lanacion.com.ar/857371, y KLICH, Ignacio, Relaciones tumultuosas con Irán, en Le Monde Diplomatique, edición cono sur, marzo 2007, pág. 7 á 9.
[5] Fuente: http://www.tkb.org/Incident.jsp?incID=16811, con datos de la RAND Corporation y cables de agencia. El propio al–Hariri fue asesinado en un atentado suicida el 14 de febrero de 2005, y la investigación de su muerte aún continúa, aunque apunta a una intervención de funcionarios sirios.
[6] Después de los misiles, Hezbollah despliega su fortuna y sus misiles, La Nación, 22–08–2006. En la misma edición, puede verse la entrevista al líder de las “Fuerzas libanesas”, grupo cristiano de derecha, y ministro de turismo libanés, Joseph Sarkis, realizada por Silvia Pisani, “Nasrallah quiere crear un Estado para él y su gente”
[7] La mayoría de las estimaciones ubica a la comunidad judía en Irán alrededor de las 25.000 personas. Entre otras fuentes, HARRISON, Francis, Los judíos discretos de Irán, en BBCMundo.com, del 27–09–06, http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/international/newsid_5386000/5386370.stm.
[8] Alarma el aumento del antisemitismo, Clarín, 04–05–07.
[9] Cristina Kirchner tildó de “disparates” las declaraciones de D´Elia sobre la causa AMIA, Clarín, 04–05–07, http://www.clarin.com/diario/2007/05/04/um/m-01412261.htm
[10] Véase RESPIGHI, Emanuel, Pergolini vs. Martín Fierro en Página/12 del 03–05–07, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/8-6223-2007-05-03.html. El periodista y productor Mario Pergolini, en desacuerdo con estas categorías, solicitó por carta que el programa “Algo habrán hecho por la historia argentina”, que condujera junto a Felipe Pigna, fuera retirado de la terna que compartía, junto “Almorzando con Mirtha Legrand” y “Mañanas informales”, en el rubro “interés general, cultural y musical”.
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