Casi sin repercusión en los medios locales, falleció Jerry Lamon Falwell. Fue un pastor evangélico, formado desde la escuela en una visión radicalizada del cristianismo, que a los 22 años inició su ministerio en su ciudad natal, Lynchburg, en el estado de Virginia, donde murió a los 73 años. Construyó su iglesia, que hoy cuenta con 22.000 fieles, recorriendo su barrio casa por casa y vecino por vecino. Pero se hizo conocido al presidir, desde 1979, la organización “Mayoría Moral”, que apoyaba la candidatura de Ronald Reagan para la presidencia. Había dicho, en un sermón de 1976: “La idea de la que la religión y la política no se mezclan fue inventada por el Diablo para impedir que los Cristianos gobiernen su propio país”.
El apoyo no era meramente declamativo: se trataba de unir la militancia religiosa y la política, y plantear como “deber de cristiano” interesarse en las mundanas cuestiones de quién y para qué presidiría el país. “Mayoría Moral” fue creada con el propósito expreso de registrar votantes, conseguir fondos para los candidatos y, en líneas generales, unificar el espectro de la derecha religiosa, y fue disuelta en 1989, habiendo alcanzado con creces sus objetivos. Falwell, como Billy Graham, Pat Robertson, Gary Bauer y un número de figuras religiosas más pequeñas, representaban a, y supieron enancarse en, aquella masa de ciudadanos del sur y el centro de EE.UU. para los que las costas este y oeste, liberales y cosmopolitas, eran decadentes y peligrosas promotoras del aborto, la igualdad de derechos de las minorías, la cultura de las drogas, la aceptación de la homosexualidad, etc., y eso era más de lo que estaban dispuestos a tolerar. Falwell supo construir un imperio tocando esa sensibilidad del conservador estadounidense. Sin olvidar la noción subyacente de supremacía blanca, siempre presente en formas más o menos embozadas. Así, en 1984, en una reunión en Denver, el magnate de la cerveza William Coors –amigo personal y gran contribuyente de los proyectos de Falwell y Robertson– dijo a un grupo de hombres de negocios de color: “Una de las mejores cosas que [los mercaderes de esclavos] hicieron por ustedes fue traer encadenados a vuestros antepasados.” Prosiguió, luego, hablando sobre la economía de Zimbawe, débil por “…la falta de capacidad intelectual de los africanos.”
Por supuesto, era un ferviente anticomunista. Así, en 1985 –mientras se discutían sanciones económicas contra el apartheid– viajó a Sudáfrica, y volvió diciendo que la segregación “eventualmente” terminaría y que, en cualquier caso, había sido “exagerada” por los medios liberales de EE.UU. Veía la defensa del régimen del presidente Botha como necesaria para evitar que el país se transformara en un “títere comunista”, y dijo del obispo anglicano –y ganador del Nobel de la Paz– Desmond Tutu que era “un fraude”.
Falwell perdió varias demandas por su prédica contra el movimiento gay y contra la libertad de prensa –en particular, contra Larry Flint, cuando la revista Hustler lo publico como protagonista de una parodia de una propaganda de Campari–. Su obsesión contra el movimiento gay llegó a extremos sorprendentes, como cuando dijo –en 1999– que el personaje “Tinky Winky”, de la serie infantil “Teletubbies”, promovía valores gay dado que era violeta y usaba un bolsito.
Provocador, afecto a la hipérbóle, supo mantenerse dentro del espectro de los medios masivos para movilizar su mensaje: en septiembre de 2001 dijo, en el popular programa televisivo evangélico “The 700 Club”, de Pat Roberson, que EE.UU. era una nación inmoral abandonada por Dios, lo que había permitido los ataques de Osama ben Laden: “Realmente creo que los paganos, y los abortistas, y las feministas, y los gays y las lesbianas que activamente tratan de hacer de eso un estilo de vida alternativo, la ACLU, la People for the American Way –todos los que han tratado de secularizar a América–; yo apunto mi dedo ante ellos y digo “ustedes ayudaron a que esto pasara”.
A fines de septiembre de 2002 se hizo acreedor a una fatwa condenándolo a muerte, del ayatollah iraní Alí Khamenei, por decir, en el programa televisivo “60 minutos”: “Pienso que Mahoma era un terrorista. He leído suficiente tanto de musulmanes como de no musulmanes [para decidir] que era un hombre violento, un hombre de guerra.”
Esto nos lleva a una de las características más sorprendentes de este personaje. Tan pronto murió, los panegíricos se sucedieron en la prensa estadounidense sin solución de continuidad. Entre ellos, uno de los más discutidos fue, en el Washington Post, el del historiador Jonathan D. Sarna, con el título “Un amigo de Israel, un enemigo de los antisemitas”. Porque Falwell tiene, en su haber, declaraciones tan contradictorias como “Quien está en contra de Israel está en contra de Dios” (en 1979, al fundar la “Mayoría Moral”) y “…muchos evangelistas creen que, por necesidad, el Anticristo será un varón judío…” (en 2002). Hasta la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo era virulento en personajes conservadores, como el reverendo y comentador radial Charles Coughlin. ¿De dónde surge el apoyo tan irrestricto al Estado de Israel que mostraba Falwell y que muestra, en general, la derecha religiosa estadounidense? ¿De la creencia en la libre determinación de los pueblos? ¿De alguna forma de culpa colectiva respecto a no haber hecho lo suficiente para evitar el Holocausto? No.
La respuesta es el llamado “dispensalismo milenarista”. En muchos círculos pentecostalistas y fundamentalistas cristianos, existe la creencia de que la completa restauración de la nación israelí debe ser previa a la segunda llegada de Cristo. Luego sobrevendrá algo denominado “el Rapto”: los justos –cristianos evangélicos de virtud intachable– serán llevados, de un momento al otro, a esperar en el Paraíso el final de la “Tribulación”, un período de ascensión del Anticristo seguido por 7 años de una guerra total que culminará cerca del Monte Meggido, en Israel –o Armageddón–. Tras la derrota del Anticristo, los justos y los que hayan encontrado la salvación durante el período de la “Tribulación” vivirán un milenio de paz y armonía. Esta creencia no es común a todos los protestantes, ni tiene su aval en todos las versiones bíblicas, pero era artículo de fe para Falwell. En esa interpretación bíblica, “Israel” abarca regiones de Jordania, Egipto, Siria y, por supuesto, todo el territorio palestino.
Pero quizá su contribución más duradera a la religiosidad estadounidense haya sido la fundación, en 1971, de la Liberty University, en Lynchburg, en cuya oficina de dirección lo encontró la muerte. La institución ha formado unos 20.000 estudiantes en los últimos cinco años, según sus propios dichos, bajo severos códigos de vestimenta y de conducta, que prohíben tanto las minifaldas como fraternizar con consumidores de alcohol… y, por supuesto, consumir pornografía o cualquier otro material de sexualidad explícita, tanto dentro como fuera del campus. En 2005, un grupo de estudiantes de Lynchburg fue arrestado en la Universidad, en la primera parada de lo que llamaron la Equality Ride por ingresar sin permiso para hablar con los estudiantes sobre esas políticas homofóbicas.
Sin olvidar, por supuesto, el asunto del “creacionismo”: Liberty University defiende la idea de que la Biblia, y en particular los primeros capítulos del Génesis, entendidos de manera textual, permiten realizar la datación necesaria de toda la historia del planeta que abarcaría, en total, menos de 10.000 años. Al punto que, incluso, se ha manifestado que existirían “pruebas” de la presencia de dinosaurios en el Arca de Noé… incluyendo el esqueleto de un diplodocus que se encontraría en el campus de Liberty University –lo que no sería extraño– datado 3.000 años atrás –lo que si es sorprendente en un dinosaurio, aunque quizá no sorprenda a Susana Giménez–. En la presentación de su libro “The God Delusion”, en otra universidad de Lynchburg, el ácido biólogo británico Richard Dowkings –conocido por su posición en defensa del ateísmo–, tras discutir sobre este "reciente" dinosaurio, terminó diciendo “…mi consejo para todos los estudiantes de Liberty es que renuncien inmediatamente e ingresen, en cambio, a una universidad apropiada.”
Algunos hombres están en el momento justo para encarnar movimientos sociales. Con Falwell la derecha religiosa estadounidense pierde uno de sus campeones, pero sería difícil menospreciar los extraños logros de su vida. En su alianza con los grupos neocon –constituidos, en su mayoría, por judíos y católicos, ex militantes demócratas, socialistas o trotkistas que se volvieron “conservadores”–, los grupos que Falwell representaba lograron tener un enorme poder dentro de la Casa Blanca bajo la administración Bush. Y si bien los neocon se encuentran en retirada –al menos momentánea– por el fiasco iraquí, el avance de la derecha religiosa no se ha detenido.
Ahora, ¿qué diferencia a estos de otros fanáticos religiosos, digamos el mullah Omar u Osama bin Laden? Fuera de la sociedad en la que crecieron, nada, por supuesto. Ambos grupos creen en una visión literal de sus textos sagrados, y los utilizan como guía política. Ambos grupos combaten la homosexualidad, el aborto y la liberación femenina, y están en contra de la larga tradición occidental de libre investigación científica, democracia, publicidad y revisión de los actos de gobierno, etc. Ambos militan para una conversión universal de la especie humana a su credo salvador. En síntesis, son mucho mayores sus semejanzas que sus diferencias. Cuando Osama ben Laden habla de la obligación del musulmán de combatir a “judíos y cruzados”, y cuando George W. Bush habla de un “eje del mal”, están tocando la misma cuerda del fanatismo religioso.
Es común que cada movimiento social se inicie con uno o más líderes carismáticos, para luego ser reemplazados –cuando subsisten– por organizaciones. Bajo esta visión, es difícil que la derecha religiosa vuelva a producir un personaje como Falwell. Pero su muerte no es el final de una era, sino tan sólo otra ocasión para reflexionar sobre los riesgos que corren, y los ataque que enfrentan, las libertades que damos por sentadas con tanta facilidad y frecuencia, olvidando que siempre hay algún "Jerry Falwell" esperando para limitarlas.
Raúl J Maldonado.
La cita de William Coors puede hallarse en LAURENT, Eric, El mundo secreto de Bush, Barcelona, Ediciones B, 2004, pág. 99. Sobre el “dispensalismo milenarista”, puede verse MARTIN, William, The Christian Right and American foreign policy, en Foreign Policy, spring 199, pág. 62 y ss. Sobre las visiones del “Rapto” y la “Tribulación”, puede verse, en la propias palabras de Falwell, en CNN still fixated on Apocalypse predictors, still ignoring alleged invitation to White House, Capitol Hill, uno de la serie de tres reportajes que, en ocho días, mantuvo la cadena CNN en ocasión de la última guerra entre Israel y el Líbano, en agosto de 2006. Sobre el viaje de 1985 a Sudáfrica, An Unholy Uproar en Time Magazine. Sobre la relación entre el líder carismático y las organizaciones, puede verse GALBRAITH, John, The Anatomy of Power. Y respecto tanto a la génesis de la frase “el eje del mal” como a la relación entre milenaristas y neoconservadores, la excelente síntesis de Bernardette Rigal–Cellard, en Criterio, febrero de 2004, El presidente Bush y la retórica del eje del mal.
El apoyo no era meramente declamativo: se trataba de unir la militancia religiosa y la política, y plantear como “deber de cristiano” interesarse en las mundanas cuestiones de quién y para qué presidiría el país. “Mayoría Moral” fue creada con el propósito expreso de registrar votantes, conseguir fondos para los candidatos y, en líneas generales, unificar el espectro de la derecha religiosa, y fue disuelta en 1989, habiendo alcanzado con creces sus objetivos. Falwell, como Billy Graham, Pat Robertson, Gary Bauer y un número de figuras religiosas más pequeñas, representaban a, y supieron enancarse en, aquella masa de ciudadanos del sur y el centro de EE.UU. para los que las costas este y oeste, liberales y cosmopolitas, eran decadentes y peligrosas promotoras del aborto, la igualdad de derechos de las minorías, la cultura de las drogas, la aceptación de la homosexualidad, etc., y eso era más de lo que estaban dispuestos a tolerar. Falwell supo construir un imperio tocando esa sensibilidad del conservador estadounidense. Sin olvidar la noción subyacente de supremacía blanca, siempre presente en formas más o menos embozadas. Así, en 1984, en una reunión en Denver, el magnate de la cerveza William Coors –amigo personal y gran contribuyente de los proyectos de Falwell y Robertson– dijo a un grupo de hombres de negocios de color: “Una de las mejores cosas que [los mercaderes de esclavos] hicieron por ustedes fue traer encadenados a vuestros antepasados.” Prosiguió, luego, hablando sobre la economía de Zimbawe, débil por “…la falta de capacidad intelectual de los africanos.”
Por supuesto, era un ferviente anticomunista. Así, en 1985 –mientras se discutían sanciones económicas contra el apartheid– viajó a Sudáfrica, y volvió diciendo que la segregación “eventualmente” terminaría y que, en cualquier caso, había sido “exagerada” por los medios liberales de EE.UU. Veía la defensa del régimen del presidente Botha como necesaria para evitar que el país se transformara en un “títere comunista”, y dijo del obispo anglicano –y ganador del Nobel de la Paz– Desmond Tutu que era “un fraude”.
Falwell perdió varias demandas por su prédica contra el movimiento gay y contra la libertad de prensa –en particular, contra Larry Flint, cuando la revista Hustler lo publico como protagonista de una parodia de una propaganda de Campari–. Su obsesión contra el movimiento gay llegó a extremos sorprendentes, como cuando dijo –en 1999– que el personaje “Tinky Winky”, de la serie infantil “Teletubbies”, promovía valores gay dado que era violeta y usaba un bolsito.
Provocador, afecto a la hipérbóle, supo mantenerse dentro del espectro de los medios masivos para movilizar su mensaje: en septiembre de 2001 dijo, en el popular programa televisivo evangélico “The 700 Club”, de Pat Roberson, que EE.UU. era una nación inmoral abandonada por Dios, lo que había permitido los ataques de Osama ben Laden: “Realmente creo que los paganos, y los abortistas, y las feministas, y los gays y las lesbianas que activamente tratan de hacer de eso un estilo de vida alternativo, la ACLU, la People for the American Way –todos los que han tratado de secularizar a América–; yo apunto mi dedo ante ellos y digo “ustedes ayudaron a que esto pasara”.
A fines de septiembre de 2002 se hizo acreedor a una fatwa condenándolo a muerte, del ayatollah iraní Alí Khamenei, por decir, en el programa televisivo “60 minutos”: “Pienso que Mahoma era un terrorista. He leído suficiente tanto de musulmanes como de no musulmanes [para decidir] que era un hombre violento, un hombre de guerra.”
Esto nos lleva a una de las características más sorprendentes de este personaje. Tan pronto murió, los panegíricos se sucedieron en la prensa estadounidense sin solución de continuidad. Entre ellos, uno de los más discutidos fue, en el Washington Post, el del historiador Jonathan D. Sarna, con el título “Un amigo de Israel, un enemigo de los antisemitas”. Porque Falwell tiene, en su haber, declaraciones tan contradictorias como “Quien está en contra de Israel está en contra de Dios” (en 1979, al fundar la “Mayoría Moral”) y “…muchos evangelistas creen que, por necesidad, el Anticristo será un varón judío…” (en 2002). Hasta la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo era virulento en personajes conservadores, como el reverendo y comentador radial Charles Coughlin. ¿De dónde surge el apoyo tan irrestricto al Estado de Israel que mostraba Falwell y que muestra, en general, la derecha religiosa estadounidense? ¿De la creencia en la libre determinación de los pueblos? ¿De alguna forma de culpa colectiva respecto a no haber hecho lo suficiente para evitar el Holocausto? No.
La respuesta es el llamado “dispensalismo milenarista”. En muchos círculos pentecostalistas y fundamentalistas cristianos, existe la creencia de que la completa restauración de la nación israelí debe ser previa a la segunda llegada de Cristo. Luego sobrevendrá algo denominado “el Rapto”: los justos –cristianos evangélicos de virtud intachable– serán llevados, de un momento al otro, a esperar en el Paraíso el final de la “Tribulación”, un período de ascensión del Anticristo seguido por 7 años de una guerra total que culminará cerca del Monte Meggido, en Israel –o Armageddón–. Tras la derrota del Anticristo, los justos y los que hayan encontrado la salvación durante el período de la “Tribulación” vivirán un milenio de paz y armonía. Esta creencia no es común a todos los protestantes, ni tiene su aval en todos las versiones bíblicas, pero era artículo de fe para Falwell. En esa interpretación bíblica, “Israel” abarca regiones de Jordania, Egipto, Siria y, por supuesto, todo el territorio palestino.
Pero quizá su contribución más duradera a la religiosidad estadounidense haya sido la fundación, en 1971, de la Liberty University, en Lynchburg, en cuya oficina de dirección lo encontró la muerte. La institución ha formado unos 20.000 estudiantes en los últimos cinco años, según sus propios dichos, bajo severos códigos de vestimenta y de conducta, que prohíben tanto las minifaldas como fraternizar con consumidores de alcohol… y, por supuesto, consumir pornografía o cualquier otro material de sexualidad explícita, tanto dentro como fuera del campus. En 2005, un grupo de estudiantes de Lynchburg fue arrestado en la Universidad, en la primera parada de lo que llamaron la Equality Ride por ingresar sin permiso para hablar con los estudiantes sobre esas políticas homofóbicas.
Sin olvidar, por supuesto, el asunto del “creacionismo”: Liberty University defiende la idea de que la Biblia, y en particular los primeros capítulos del Génesis, entendidos de manera textual, permiten realizar la datación necesaria de toda la historia del planeta que abarcaría, en total, menos de 10.000 años. Al punto que, incluso, se ha manifestado que existirían “pruebas” de la presencia de dinosaurios en el Arca de Noé… incluyendo el esqueleto de un diplodocus que se encontraría en el campus de Liberty University –lo que no sería extraño– datado 3.000 años atrás –lo que si es sorprendente en un dinosaurio, aunque quizá no sorprenda a Susana Giménez–. En la presentación de su libro “The God Delusion”, en otra universidad de Lynchburg, el ácido biólogo británico Richard Dowkings –conocido por su posición en defensa del ateísmo–, tras discutir sobre este "reciente" dinosaurio, terminó diciendo “…mi consejo para todos los estudiantes de Liberty es que renuncien inmediatamente e ingresen, en cambio, a una universidad apropiada.”
Algunos hombres están en el momento justo para encarnar movimientos sociales. Con Falwell la derecha religiosa estadounidense pierde uno de sus campeones, pero sería difícil menospreciar los extraños logros de su vida. En su alianza con los grupos neocon –constituidos, en su mayoría, por judíos y católicos, ex militantes demócratas, socialistas o trotkistas que se volvieron “conservadores”–, los grupos que Falwell representaba lograron tener un enorme poder dentro de la Casa Blanca bajo la administración Bush. Y si bien los neocon se encuentran en retirada –al menos momentánea– por el fiasco iraquí, el avance de la derecha religiosa no se ha detenido.
Ahora, ¿qué diferencia a estos de otros fanáticos religiosos, digamos el mullah Omar u Osama bin Laden? Fuera de la sociedad en la que crecieron, nada, por supuesto. Ambos grupos creen en una visión literal de sus textos sagrados, y los utilizan como guía política. Ambos grupos combaten la homosexualidad, el aborto y la liberación femenina, y están en contra de la larga tradición occidental de libre investigación científica, democracia, publicidad y revisión de los actos de gobierno, etc. Ambos militan para una conversión universal de la especie humana a su credo salvador. En síntesis, son mucho mayores sus semejanzas que sus diferencias. Cuando Osama ben Laden habla de la obligación del musulmán de combatir a “judíos y cruzados”, y cuando George W. Bush habla de un “eje del mal”, están tocando la misma cuerda del fanatismo religioso.
Es común que cada movimiento social se inicie con uno o más líderes carismáticos, para luego ser reemplazados –cuando subsisten– por organizaciones. Bajo esta visión, es difícil que la derecha religiosa vuelva a producir un personaje como Falwell. Pero su muerte no es el final de una era, sino tan sólo otra ocasión para reflexionar sobre los riesgos que corren, y los ataque que enfrentan, las libertades que damos por sentadas con tanta facilidad y frecuencia, olvidando que siempre hay algún "Jerry Falwell" esperando para limitarlas.
Raúl J Maldonado.
La cita de William Coors puede hallarse en LAURENT, Eric, El mundo secreto de Bush, Barcelona, Ediciones B, 2004, pág. 99. Sobre el “dispensalismo milenarista”, puede verse MARTIN, William, The Christian Right and American foreign policy, en Foreign Policy, spring 199, pág. 62 y ss. Sobre las visiones del “Rapto” y la “Tribulación”, puede verse, en la propias palabras de Falwell, en CNN still fixated on Apocalypse predictors, still ignoring alleged invitation to White House, Capitol Hill, uno de la serie de tres reportajes que, en ocho días, mantuvo la cadena CNN en ocasión de la última guerra entre Israel y el Líbano, en agosto de 2006. Sobre el viaje de 1985 a Sudáfrica, An Unholy Uproar en Time Magazine. Sobre la relación entre el líder carismático y las organizaciones, puede verse GALBRAITH, John, The Anatomy of Power. Y respecto tanto a la génesis de la frase “el eje del mal” como a la relación entre milenaristas y neoconservadores, la excelente síntesis de Bernardette Rigal–Cellard, en Criterio, febrero de 2004, El presidente Bush y la retórica del eje del mal.
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