Las fotos
están ahí, en las manos de mi amigo, con el que no nos veíamos en décadas: sus
padres, con la misma mirada que recuerdo, en rostros más castigados por el
tiempo. Rodeados de otros rostros, en una fiesta familiar, entre los que
reconozco a mi amigo y sus hermanos.
Varias décadas
bien vividas me separan de ese patio y esos vecinos, mis amigos del barrio. Un
largo lapso en el que la vida nos llevó por caminos diferentes. Y en un
momento, él me confiesa que no supo mi historia familiar hasta muy entrado el
actual siglo, por charlas con un amigo común. Bien puede ser, en esos tiempos
el servicio militar de mi amigo nos separó, y de alguna manera él quedó fuera
de aquellos momentos en que mis amigos se enteraban que mi madre no había
estado “de viaje” durante todos esos años, sino muerta, o tal vez detenida. Era
uno de los miles de “desaparecidos” de los que se hablaba, en la primavera
democrática de Alfonsín, con una mezcla de temor y de alivio: temor al horror
que se relataba; alivio de poder contar las vivencias y las sospechas, y de que
la larga Edad Oscura
del Proceso de Reorganización Nacional hubiera terminado.
Hoy, un
viejo convicto ha decidido, por razones ignotas, que vale la pena otorgar
entrevistas y confesar que si, que se trató de un plan sistemático de
exterminio de opositores políticos; que en la selección de las víctimas
participaron tanto los militares como los civiles; que hubo muchos más cómplices
que los 1200 represores que aún son juzgados; y que él mismo gobernó la Argentina
sin derecho, pero también sin oposición alguna. Poco importa si Jorge Rafael
Videla confiesa la muerte de más o menos personas. Poco agregan estas
confesiones, motivadas quizá por mero narcisismo, quizá por cálculo sobre el
mejor uso de su menguado capital político, al plexo probatorio que se ha
construido durante décadas. Poco importa, incluso, resaltar los obvios
paralelismos entre sus dichos y el decreto “Noche y niebla” del nazismo, o
señalar que el eufemismo “disposición final” para hablar de la muerte de un
prisionero tiene un obvio paralelo con el de “solución final”.
Veo las
fotos en las manos de mi amigo, que esos padres, como tantos otros, miraban
para otro lado cuando yo ensayaba mis torpes explicaciones sobre el paradero de
mi madre, y no volvían jamás sobre el tema. Pero jamás me cerraron la puerta.
Veo esas
fotos y no puedo sino pensar que el Proceso de Reorganización Nacional mató,
violó, torturó y saqueó, sumergió a esta sociedad en un horror del que aún no
despierta. Privó a miles de familias de saber, siquiera, dónde están los restos
de sus seres queridos. Recompensó a sus miembros y a sus cómplices con fortunas
importantes, y con márgenes cada vez más exiguos de impunidad.
¿Pero
disciplinar a este pueblo? En eso, que el miserable criminal convicto que
declara ante la prensa como si fuera un estadista no se confunda: ¿disciplinar? ni
por un segundo, cabrón.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario