Usamos
el concepto de “democracia”, tanto en la vida diaria como en la académica, para
referirnos a un proceso de toma de decisiones en cualquier grupo humano en el
que todos los miembros tienen igual derecho a opinar y a hacer valer su
opinión. En particular, proponemos algunas reflexiones sobre los problemas y la
historia de la democracia como forma de gobierno.
Como
punto de partida, podemos tomar la definición de Abraham Lincoln, aunque nos
resultará tan bella como insuficiente: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y
para el pueblo”. Los problemas de la determinación de quiénes integran el pueblo;
cómo toman las decisiones y las implementan; cómo controlan su cumplimiento;
cómo resuelven los conflictos que se generan; etc., son la sustancia propia de
una variedad de disciplinas. Por tomar un ejemplo, no será igual la visión del
periodista, del político o del historiador, dados sus diferentes ámbitos de
interés y formas de abordar la realidad.
El
elemento teleológico –el “para el pueblo” – refiere a uno de los conceptos más
elusivos del estudio de la política: el “bien común”. La acción política se
supone y se propone siempre como garante de este “bien común”, incluso en las
formas del castigo o el sacrificio. Sabemos, por experiencia histórica y por
observación cotidiana, cuantas críticas se han hecho a las falencias de la
democracia, a sus limitaciones y sus manipulaciones. Con frecuencia, gobiernos
definidos y definibles como dictaduras han invocado actuar como garantes o como
intérpretes de la “verdadera” voluntad democrática de sus pueblos. Y la
imputación de querer subvertir, acotar o disminuir la democracia precede, casi
como referencia ritual, una amplia mayoría de discursos políticos, mientras se
reclama por mayor transparencia y participación en los procesos de toma de
decisiones y una mayor comprensión y armonización de las necesidades de las
mayorías y los derechos de las minorías.
Muchas
veces, estas críticas toman un tono apocalíptico, como si los problemas o los
males que definen fueran novedosos tanto en su forma como en su gravedad. Pero
cuando reflexionamos sobre la historia de la democracia como institución, y
sobre la historia de los pueblos y sus formas de gobierno, podemos proponer
algunos patrones similares. La historia, ciertamente, ni está escrita ni se
repite necesariamente, pero el pasado nos brinda la experiencia de cómo otras
sociedades resolvieron problemas similares. Y de esta reflexión podemos obtener
valiosas experiencias.
En
particular, al referirnos al origen de la democracia en las ciudades-Estado
griegas del siglo VI al siglo IV ac, podemos examinar cómo se creó esta
práctica social, qué peligros enfrentó e, incluso, rastrear hasta sus más
antiguas expresiones algunas de las críticas. Pero también nos permitirán
reflexionar sobre los esfuerzos y sacrificios que han existido tras esta forma
de gobierno, a la que alguna vez Winston Churchill catalogara como “el peor de
los regímenes, a excepción de todos los demás”.
Hoplitas en el ágora
La
democracia es una práctica social y, por lo tanto, los elementos contingentes
de lugar, tiempo y modo se vuelven, o pueden volverse, importantes. En
particular, nos interesa ahora el origen mismo de esta práctica, el momento, el
tiempo y el modo en que algunos pueblos empezaron a regirse por el principio
“un hombre, un voto”.
Pensemos
un momento en el mundo alrededor del siglo VI ac. La inmensa mayoría de los
pueblos estaban organizados en variedades de reinos o imperios. Podía haber
administraciones más razonables o más severas, pero la vida política solía ser
un privilegio de casta al que se accedía por herencia o por conquista. La noción
central de la vida política no era la de “ciudadano”, sino la de “súbdito”.
¿Por qué fue en Grecia, y por qué en ese momento, que surgió la democracia? Responder
esta pregunta requiere dos precisiones.
La
primera, es respecto de las fuentes. Conocemos mucho más de Grecia que de otras
culturas antiguas, sencillamente porque nos han llegado muchísimas más fuentes
históricas. Y, en particular, sabemos que los sistemas democráticos que se
pusieron en vigor allí duraron alrededor de un siglo y medio. Establecer una
vinculación, si la hay, entre la producción cultural griega y el florecer de la
democracia excede el compás de este trabajo. Baste señalar, sin embargo, que el
legado cultural de ese período de esplendor –el Siglo de Oro– ha llegado hasta
nuestros días. Es cierto que ha pasado por traducciones, adaptaciones y
apropiaciones ideológicas, pero ha conformado un cuerpo de reflexiones
filosóficas, políticas, estéticas e históricas que aún hoy es un fascinante
objeto de estudio.
La
segunda precisión es respecto al alcance del término “democracia”. El mundo
griego no escapaba a las limitaciones de su época, en la que la mejor
tecnología disponible para concentrar fuerza de trabajo en cualquier lugar y en
cualquier momento era el látigo del capataz de esclavos. Así, el grupo social
que tenía el carácter de “ciudadano”, y por ende votaba, excluía por definición
a los esclavos y a las mujeres. Además, excluía originalmente a quienes no eran
propietarios de tierra, aunque luego este requisito se fue suavizando. Como una
estimación grosera, podemos decir que los no votantes superaban a los votantes
a razón de 8 ó 10 a 1, e incluso más.
Ahora
bien, centrémonos unos momentos en la figura del ciudadano de la polis griega.
En principio, era un hombre, libre, dueño de una cierta cantidad de tierra. No
tenía necesariamente una vida acomodada, aunque las estrecheces del campesino
le resultaban ajenas. Cierto número de esclavos y de hombres libres, pero no
ciudadanos, se ocupaban del manejo de su granja. Si las cosechas eran buenas,
existían excedentes que intercambiar. Para eso, nuestro ciudadano griego se
dirigía al “ágora”, donde no sólo se realizaban tratos comerciales, sino que
también se discutían cuestiones de interés común. Uno de los problemas más
serios eran las cuestiones de límites con las ciudades vecinas
Tras
zarandear el asunto a satisfacción, nuestro ciudadano votaba a mano alzada por
la propuesta que encontrara más interesante. Si se había votado por la guerra,
marchaba al mando de uno o más generales por los que también había votado. Los
ciudadanos griegos luchaban protegidos por un gran escudo llamado “hoplón”, un
yelmo en la cabeza, grebas en las piernas y una coraza protegiendo torso y
vientre. Llevaban, además, una lanza de dos o tres metros. Eran lo que los
militares llaman “infantería pesada”, y adoptaban una formación conocida como
“falange de hoplitas”: avanzaban de ocho o más en fondo, con las filas
frontales manteniendo juntos sus escudos, como si fueran una pared, mientras trataban
de clavar sus lanzas en el enemigo. Las filas posteriores, como en el scrum del
rugby, brindaban empuje. En tanto el enemigo no pudiera atacar por los flancos
o la retaguardia, protegidos además por contingentes de tropas livianas, una
falange era una formación compacta de lanzas y escudos que casi nada podía
detener, excepto otra falange.
Para
algunos autores, esta simetría entre el poder del voto y el deber del combate resulta
esencial para entender por qué se dio el fenómeno de la democracia en las polis
griegas. Ciertamente, se requería del buen ciudadano griego que mantuviera su
lugar en la batalla y que cumpliera las leyes el resto del tiempo. Este
igualitarismo se volvía rabioso en la forma en la que se trataba con los
personajes que, por mérito o ambición, sobresalían “indebidamente”, que era
castigado por los dioses y por los hombres.
En
cualquier caso, esta combinación de gobierno consensuado e infantería pesada
permitió a las polis defenderse tanto de sus enemigos externos como de la
hegemonía de cualquiera de las ciudades-Estado. Veremos a continuación algunos
episodios que ejemplifican las principales características de esta dinámica.
“Caminante, ve y di a los espartanos…”
El
primer enemigo externo de la comunidad de ciudades-Estado griegas era el
Imperio Persa. Desde un núcleo en el actual Irán, los persas habían forjado, en
50 años, un imperio que incluía unos 70 millones de personas, y que se extendía
desde el Mar Negro hasta partes de Paquistán y la India. Bajo la dinastía
aqueménida había conquistado algunas colonias griegas en la costa del Mar
Muerto, y esto amenazaba el flujo de cereales hacia las polis griegas, y en
particular a Atenas. En 503 aC. se inició una serie de largas rebeliones
conocidas como “los levantamientos jónicos” y Atenas apoyó a los rebeldes.
Persia no olvidaría la ofensa. Para 490, un ejército persa al mando del rey
Darío I intentó desembarcar en Grecia, a 42 kms. de Atenas, en la llanura de
Maratón. Los hoplitas atenienses los derrotaron y luego frustraron un segundo
intento de desembarco. El primer episodio de las Guerras Médicas terminó a
favor de las polis.
Pero
en 480 el hijo de Darío, Jerjes, llevaba casi cinco años preparando la
expedición con la que atacó el norte de Grecia. Unos 250 mil hombres avanzaban
asistidos por una flota de 1.200 trirremes, cada uno con hasta 200 tripulantes.
Era una fuerza de invasión enorme, diseñada para desalentar la resistencia. Sin
embargo, algunas polis habían acordado coordinar sus recursos militares bajo el
comando de quienes eran reconocidos como los mejores guerreros: los espartanos.
Esparta
gobernaba una amplia región al sur de la península del Peloponeso. Estaba gobernada
por un sistema complejo que incluía dos reyes, uno por cada una de dos familias
tradicionales, una asamblea de ciudadanos y un consejo de ancianos. Su sociedad
estaba dividida en tres castas. Los espartiatas eran los ciudadanos, cuyo
sistema educativo estaba diseñado para transformarlos en soberbios guerreros.
Bajo ellos estaban los periecos, espartanos libres sin plenos derechos de
ciudadanía. La tercera casta eran los ilotas, pueblos mesenios y laconios que
habían sido sojuzgados y eran tratados como poco más que esclavos. A diferencia
de otras polis, en Esparta las mujeres recibían una educación similar a la de
los hombres; uno más de los ejemplos del celo con que intentaban hacer
“iguales” a todos sus ciudadanos, pero también una necesidad ante un posible
levantamiento de los ilotas.
La
ruta del ejército persa los llevaba por un paso estrecho entre el mar y las
montañas, llamado Desfiladero de las Termópilas. Un contingente griego, de no
más de 7.000 hombres entre hoplitas y auxiliares, detuvo con éxito al ejército
persa durante dos días: sin flancos expuestos en las pocas decenas de metros
que había entonces entre las montañas y el mar, los persas atacaron de frente a
los hoplitas griegos y sufrieron muchísimas bajas. Al tercer día un traidor
condujo a los persas a la retaguardia de
los griegos, que iniciaron una retirada. En la retaguardia griega quedaron 700
hoplitas tespios y 300 espartanos, al mando de uno de los reyes de Esparta,
Leónidas. Los tespios fueron derrotados y tomados como esclavos, pero los
espartanos lucharon hasta el último hombre. En tres días habían producido
alrededor de 10.000 bajas a los persas.
Leónidas
había elegido 300 guerreros que tuvieran un hijo varón, toda vez que un oráculo
había predicho que Esparta vencería a los persas, pero perdería a un rey. Su
resistencia tenaz y su sacrificio fueron un elemento de propaganda
importantísimo. Esparta contrató al poeta Simónides para que compusiera un
epitafio para Leónidas, que aún hoy puede leerse en Termópilas: “Caminante, ve
y di a los espartanos que aquí yacemos, en cumplimiento de sus leyes”. De las
leyes, no por la gloria o el mandato de los dioses. Se había definido, así
también, un estándar de conducta contra los “enemigos de la libertad” que
tendría profundas implicancias en el futuro de” la cultura griega.
La “divina Salamina”
Poco
menos de un mes después de las Termópilas, las fuerzas persas avanzaban sin
contratiempos. Los atenienses, piadosos como todos los griegos, habían pedido
consejo al oráculo de Delfos, que declaró que todo estaba perdido, y que la
última defensa ateniense estaría “tras murallas de madera”. Durante los años
previos un ciudadano, Temístocles, había insistido en la creación de una flota
poderosa. Y ahora propuso retirar a todos los atenienses al mar, refugiados en
la flota, para allí luchar contra los persas o huir a Italia, si no había
éxito.
Temístocles
asumió el mando de los atenienses y de sus aliados, y enfrentó a Jerjes en el
Estrecho de Salamina. El buque de guerra más grande de la época era el
trirreme, en el que tres filas de remeros brindaban poder de impulso y de
maniobra para embestir, con el ariete de la proa, a las naves enemigas. Por
necesidad, las batallas de trirremes se libraban cerca de la costa, y desde
allí, en un trono en un monte, Jerjes asistía al espectáculo. Pero al librarse
en un estrecho, y casi podríamos agregar “otra vez”, la flota persa no podía valerse
de su superioridad numérica y flanquear a la flota griega.
En la
historia de la guerra naval ha habido pocos episodios tan crueles como
Salamina. Las bajas de los persas se estiman, hoy, casi en 40.000 hombres, una
cifra impresionante. Los griegos, por su parte, sólo perdieron unos miles de
hombres. Dos razones se han esgrimido para explicar esta diferencia, y ambas
son culturales. La primera, que los griegos, como pueblo, vivían cerca del mar
y, por regla, sabían nadar; pero sus enemigos no. Aquellos persas que, además,
pudieron alcanzar nadando o flotando las costas fueron muertos por patrullas
griegas. La segunda, y más acorde con esta perspectiva, es que los griegos eran
remeros libres, que no estaban atados a su barco. Cuando un trirreme embestía,
la nave enemiga se hundía rápidamente. Los persas, en cambio, mayormente usaban
esclavos, en muchos casos atados al remo. Así, en el momento más necesario,
cuando la nave estaba en maniobras de combate, el terror de los esclavos podía
resultar en la pérdida de todo impulso.
Sin
embargo, hay mucho que desconocemos sobre la batalla. Lo que resulta mucho más
interesante, y pertinente para este enfoque, son sus consecuencias. La más
obvia fue iniciar la retirada persa: Jerjes, privado del apoyo de la flota, volvió
atrás con la mejor parte de su ejército. En poco más de un año, los griegos
destruyeron a las fuerzas persas en las batallas de Platea y Micala. En las
siguientes tres décadas el Imperio Persa se retiraría cada vez más lejos de
Grecia.
La
consecuencia más duradera, sin embargo, fue en la propia Atenas. La “divina Salamina”,
como pronto la llamaron en toda Grecia, fue una victoria de hombres libres, no
de ciudadanos. Los barcos griegos tenían nombres como “democracia” y
“autodeterminación”, y los cantos de los remeros atenienses iban en el mismo
sentido. Atenas tenía la marina más poderosa del Egeo, pero su fuerza motora
eran los remeros pobres, quienes reclamaron su participación en el gobierno.
Esta combinación implicó que Atenas formara, en parte a costa de los persas, su
propio imperio. Y la lanzó de lleno a lo que llamamos, hoy, “el Siglo de Oro”.
Atenas aparecía como un faro resplandeciente que congregaba a filósofos,
arquitectos, dramaturgos y escultores. En otras polis, además, el ejemplo de la
democracia ateniense alentaba a los demócratas locales.
Termópilas
y Salamina han sido señaladas como momentos cruciales de la historia de
Occidente. Los espartanos luchando junto al cadáver de Leónidas; los remeros
griegos cantando en la batalla; Jerjes saltando tres veces de su trono,
incrédulo ante la carnicería en Salamina; fueron imágenes poderosas sobre el
poder de la combinación de disciplina y democracia. Y por cierto que si Jerjes
hubiera vencido, la historia de Grecia hubiera cambiado. Pero Jerjes fue
derrotado, por primera vez, por el valor del remero ateniense, un hecho que
definiría buena parte de los conflictos del siglo siguiente.
Tres veces nueve años
Esta
expansión de la calidad de “ciudadano” iba más allá de lo que los espartanos consideraban
aceptable. Esparta era una sociedad conservadora por necesidad, que no podía
permitirse que sus ilotas intentaran sacudirse el yugo. Pero, además, el poder
de Atenas ya era hegemónico en el mar, y empezaba a ser importante en tierra.
La guerra entre las coaliciones de aliadas de Atenas y de aliadas de Esparta
devino, así, casi inevitable.
Cuando
se iniciaron las hostilidades, el Oráculo de Delfos predijo que duraría “tres veces
nueve años”. Si bien hubo períodos de paz, durante tres décadas Esparta y Atenas
consumieron su poder en una contienda de una ferocidad nunca antes vista en el
mundo griego. Las convenciones bélicas anteriores sobre el trato de civiles,
prisioneros y cadáveres del enemigo fueron barridas.
Una
serie de errores estratégicos, como las campañas de Melia y Sicilia, y una
peste que asoló la ciudad, sellaron el destino del esfuerzo bélico de Atenas.
Derrotada en 404 ac, la ciudad hubo de soportar duras condiciones: una
guarnición espartana; la destrucción de sus murallas; la pérdida de su imperio
y el gobierno de 30 ciudadanos ilustres (elegidos por los espartanos) que
rápidamente fueron llamados “los Treinta Tiranos”. Atenas había empezado la
guerra con unos 40.000 ciudadanos. Ahora tenía apenas un cuerpo consultivo, con
la apariencia de una asamblea, integrado por 3.000 “ilustres” entre los que
había una mayoría de pro-espartanos. Los Treinta Tiranos, además, iniciaron una
campaña de destierros y ejecuciones judiciales de los opositores, que incluía
la confiscación de sus bienes.
Esparta,
por su parte, también había resultado muy castigada por la guerra del Peloponeso.
Había perdido muchísimos hombres y mucho prestigio: en las etapas finales de la
guerra había aceptado el oro persa para sostener a sus aliados. Sus
instituciones y su dominio de los ilotas estaban en crisis, y se mostraron
incapaces de controlar el imperio que habían arrebatado a los atenienses. Menos
de un año después, en 403 ac, los demócratas atenienses lograron expulsar a los
Treinta Tiranos. La nueva democracia ateniense resultó ser un gobierno
prudente. Limitó las persecuciones y venganzas contra los Treinta y los Tres Mil
mediante el dictado de una ley de amnistía. Atenas era una sociedad cansada de
años de guerra. Pero en pocos años recobró sus murallas y su comercio; y en
pocas décadas, su imperio comercial.
La muerte de Sócrates
Una de
las más viejas tradiciones de crítica a la democracia proviene de aquellos
días. La historia es conocida, y ha llegado a nosotros en la aún hoy
angustiante crónica que realizara Platón. Se trata del juicio y ejecución de
Sócrates, un filósofo ateniense, en 399 ac. Es materia discutible si el juicio
se inició para buscar la muerte, o sólo la humillación de Sócrates, quien había
sido uno de los Tres Mil, aunque no proespartano. Pero culminó en la condena de
un anciano que aceptó su injusta muerte con sobriedad, integrándola en su deber
de observancia de la ley ateniense.
Platón
inició su crítica a la democracia al señalar con qué voluble espíritu había
votado la Asamblea, decidiendo y festejando la muerte de su maestro para luego
pasar a ocupaciones más banales. Este carácter volátil de la asamblea ateniense
siempre había espantado a los sectores más conservadores y aristocráticos, de
los cuáles provenía Platón. Durante las siguientes décadas, mientras Atenas
trataba de reconstruir su imperio; Esparta se eclipsaba y Tebas iniciaba su
ascenso, esta volatilidad sería un elemento determinante de la política internacional.
Hay
aspectos del juicio a Sócrates que hoy encontraríamos nulificantes: la vaguedad
de las acusaciones, la falta de garantías procesales y asistencia letrada, la
ausencia de toda posibilidad de revisión del proceso, la crueldad e inmediatez
de la pena. De hecho, constituye una referencia obligada, en el estudio del
Derecho, como ejemplo de las flagrantes injusticias que conlleva el desprecio a
los derechos individuales.
La democracia griega y la democracia moderna
Sócrates
fue asesinado en 399 ac. Para 363 ac, la democracia ateniense ya estaba supeditada
a los deseos de Filipo II, el rey de Macedonia. La base agraria y el sistema de
ciudadanos-soldado habían pasado de su mejor momento, en buena medida por su
propio éxito. El hijo de Filipo fue educado por un alumno de Platón llamado Aristóteles,
y pasó a la historia como Alejandro Magno, uno de los genios militares de la
antigüedad. Su padre había unificado Grecia a sangre y fuego como paso previo a
la conquista del Imperio Persa. Alejandro, como sabemos, lo logró mediante una
serie de campañas brillantes en las que expandió lo que llamamos “la cultura
helenística”, una combinación de elementos griegos, macedonios y orientales.
La
democracia griega inspiró también a la República romana, ayudando a consolidar
el poder de lo que, luego de Julio César, conocemos como el Imperio Romano.
Para el siglo XVII era casi inevitable que hubiera menciones de la historia
griega en las discusiones políticas. En el siglo XXI asistimos a gimnasios,
simposios, liceos y academias sin relacionarlos, necesariamente, con la
historia griega.
Aunque
nuestras libertades y nuestras democracias son muy diferentes, no debemos
dejarnos confundir por las notas que son propias de aquellas épocas. Hoy
pensaríamos que los griegos clásicos eran sexistas, machistas y chovinistas. La
sujeción del individuo al Estado era mucho mayor que la que hoy consideraríamos
aceptable. Y con frecuencia sus gobernantes eran venales, corruptos, torpes,
miopes o crueles. Fue la Asamblea democrática de Atenas la que votó la muerte
de Sócrates, o las matanzas de los melios.
Pero
para ser justos con el legado de la democracia griega, tenemos también que tomar
en cuenta tanto su excepcionalidad como sus logros. A lo largo de casi dos
siglos, un conjunto de casi mil ciudades tuvo instituciones de gobierno más o
menos consensuadas que produjeron una cultura pujante y efervescente. En
ausencia de dogmas político-religiosos, la libre discusión entre ciudadanos
produjo avances en todas las áreas del conocimiento. Aún hoy nos referimos a
los griegos clásicos para la mayoría de las disciplinas, al menos en el ámbito
de la cultura occidental. De las matemáticas al teatro, todo parece hecho o
intentado por ellos.
Una
suerte de sabiduría colectiva permitió estos logros culturales. Nuestro mundo
es infinitamente más rico y complejo que el de aquellos griegos, pero no hemos
logrado superar su visión de la virtud cívica: el derecho a elegir y el deber
de participar. Aún cuando ahora no votamos a mano alzada, sino que elegimos
representantes para que lo hagan por nosotros mediante complejos sistemas de
una o más asambleas. Aún cuando ahora hay una distancia enorme entre la
decisión del votante y la ejecución de la política por parte del gobernante.
Aún cuando auditar los actos de gobierno es mucho más difícil que presentar el
caso ante una asamblea de iguales.
Aún con
todas esas diferencias, y muchas más que podríamos encontrar, en algún punto
nos intuimos continuadores de esa tradición de democracia. Aún sin una
reflexión política profunda, intuimos que el gobierno de consenso, el respeto a
la ley y la capacidad de auditar efectivamente a los gobernantes son pilares
esenciales del buen gobierno. La noción de “ciudadano” nos ha permitido
articular el mundo político y social durante los últimos tres siglos, y
rechazamos por pernicioso todo aquello que nos prive de la libertad necesaria
para lograr estos pilares. La lanza espartana y el remo ateniense defendieron
la democracia en sus orígenes. Pero cada generación tiene que resolver qué hará
con la libertad de la que goza, o como obtendrá la que le falta.
Raúl J. Maldonado
Para seguir leyendo: la bibliografía sobre la democracia griega es, por necesidad, apabullante. Por supuesto, tenemos excelentes traducciones de los textos clásicos como las "Historias" de Heródoto; la "Historia de la guerra del Peloponeso", de Tucídides, o la "Annábasis", de Jenofonte. Heródoto se centra en las Guerras Médicas. Tucídides, por su parte, deja sin cubrir los últimos años de la guerra. Y Jenofonte, por último, narra un episodio marginal, una incursión de 10.000 hoplitas, veteranos de la Guerra del Peloponeso, como mercenarios en Persia. En el mercado local, podemos encontrar además excelentes obras de divulgación sobre los temas tratados en este artículo. Podemos citar "Termópilas. La batalla que cambió el mundo", de Paul Cartledge (Ariel, Barcelona, 2010); "Un siglo decisivo. Del declive de Atenas al auge de Alejandro Magno", de Michael Scott (Ediciones B, Barcelona, 2010) y, como casi obligatorio, "La guerra del Peloponeso" de Donald Kagan (Edhasa, Barcelona, 2010). Sobre aspectos más específicos, como la batalla de Salamina, puede verse "Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental" de Victor Davis Hanson (Fondo de Cultura Económica, México, 2006), así como algunos de sus ensayos en "Guerra. El origen de todo" (Turner, Madrid, 2011).
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