Tras seis días de enfrentamiento abierto, en lo que The Economist ya denomina Guerra entre Hermanos –un elegante eufemismo para una guerra civil–, el gobierno de unidad entre al Fatah y Hamas, en la Franja de Gaza, fue disuelto. Según el portavoz de Hamas, Fawzi Barhoum, “Esta es una victoria no sólo para Hamas, sino para los palestinos. La primera liberación fue de la ocupación. Esta liberación es de las milicias de al Fatah apoyadas por nuestros enemigos.”
Valga recordar que Israel ocupó la Franja de Gaza en 1967, en la Guerra de los Seis Días, y la entregó a la Autoridad Palestina en septiembre de 2005. La complejidad de las situaciones de Medio Oriente pone a prueba la paciencia y los métodos de cualquier analista. Pero, como bien recordaba Henry Kissinger –en unas líneas que bien podrían buscar su propia exculpación–: “Los intelectuales analizan las operaciones de los sistemas internacionales; los estadistas los construyen. (…) El analista no corre riesgos. Si sus conclusiones resultan erróneas, podrá escribir otro tratado. Al estadista sólo se le permite una conjetura; sus errores son irreparables.”
La guerra –o, con mayor propiedad, el conflicto armado– es la actividad humana que representa el nivel más complejo de la interacción estratégica, en ella las “conjeturas del estadista” se pagan con sangre, sudor, trabajo y lágrimas. Lejos de las asociaciones de un no tan remoto pasado con la gloria y el honor, el siglo XX acercó, mediante la fotografía, la radio, el cine y la televisión, el campo de batalla con una inmediatez que ya no requiere el talento de un Tolstoi o un Conrad: el dolor y la muerte están allí para quien quiera verlos. Pero la casi obscena cercanía con el desarrollo y los resultados inmediatos de los combates no permite aprehender, en toda su dimensión, el fenómeno estratégico. El éxito en los niveles tácticos y operacionales no siempre se transforma en éxito estratégico. La Guerra de los Seis Días –del 5 al 11 de junio de 1967– constituyó un claro ejemplo.
Existen sencillos recuentos, y otros más complejos, de los hechos, así como de sus antecedentes y consecuencias. Pero a los efectos de este análisis, valga establecer que para fines de mayo de 1967 los oficiales de las fuerzas armadas israelíes presionaban la autorización para el ataque –llamado “preventivo” para encuadrarlo en la legítima defensa del art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas– a las tropas egipcias que se acumulaban en la frontera. Michael Oren, un reconocido autor de la derecha israelí, sostiene que el ataque fue una respuesta razonada a una escalada de agresiones de parte de los sirios y los egipcios. También sostiene la teoría de que el ataque egipcio se programó para fines de mayo, pero fue abortada por una maniobra diplomática israelí: al denunciar en EE.UU. el ataque inminente de Egipto, la consulta llegó al Kremlin –no habían pasado aún cinco años de la crisis de los misiles cubanos, y las superpotencias estaban muy pendientes de no enviar mensajes equívocos– y la Unión Soviética instó a Egipto a no tomar la iniciativa.
Menagen Begin –en aquel entonces, ministro de Defensa israelí – reconoció, en tres párrafos sucesivos de un discurso de 1982, que aún cuando Egipto había cerrado el Golfo de Aqqaba –una vía marítima no esencial a Israel– y había realizado una concentración de tropas en el Sinaí, la decisión y la iniciativa del ataque partió del gobierno israelí. Por su parte, Moshe Dayan, en un reportaje de 1976 que se mantuvo sin publicar hasta 1997, dijo que alrededor del 80% de los incidentes previos con los sirios habían sido provocados por Israel. Éstas y otras declaraciones similares no son pruebas del cinismo de los hombres de Estado, como han dicho –a izquierdas y derechas– los defensores de las interpretaciones conspirativas, sino muestras de las complejidades de las decisiones de la política internacional, frente al sosegado juicio que brinda el tiempo.
El 5 de junio de 1967 el éxito de las fuerzas israelíes fue abrumador: en tres oleadas principales de ataque, volando bajo el radar, sus poco menos de 200 aviones de combate destruyeron más de 330 aviones egipcios –cuatro quintas partes de las máquinas y un tercio de los pilotos– y luego destrozaron a las fuerzas aéreas de Siria, Jordania e Irak. Al final del día, en términos de la propia Fuerza Aérea Israelí, se había alcanzado la supremacía aérea en los tres frentes: en el Sinaí; en ambas riveras del río Jordán; y en las Alturas del Golán.
Esta victoria, la mayor que Israel consiguió sobre sus vecinos árabes, es un ejemplo del concepto de maniobra correlativa: en lugar de enfrentar una larga guerra de desgaste contra un enemigo superior, las fuerzas armadas israelíes concentraron su ataque en una debilidad de sus enemigos –la pobre coordinación de sus fuerzas aéreas– y lograron, en el primer día, la supremacía aérea. Tras cinco días más de combate, Israel triplicó su territorio ocupando terreno en los tres frentes –la Península de Sinaí y la Franja de Gaza; Cisjordania y las Alturas del Golán–, y ocupó la totalidad de la ciudad santa, Jerusalén. Por primera vez en 2500 años, desde la expulsión ordenada por el emperador romano Adriano, había judíos en el Muro de los Lamentos.
El impacto en el mundo árabe fue demoledor. El presidente de Egipto, Ganmal Abdel Nasser, renunció durante algunas horas. Cayeron las administraciones de Siria, Irak, Sudán y Libia. Pero el cambio más duradero no fue tan evidente: la Guerra de los Seis Días inició el declive del nacionalismo árabe, y su reemplazo por el islamismo. Ese nacionalismo, de corte socialista, había acercado a Egipto a la Unión Soviética y se había permitido, incluso, diezmar a la organización islámica de los Hermanos Musulmanes en 1955 y ahorcar al líder teórico del islamismo egipcio, Sayyid Qotb, en 1966. Pero para 1973 –cuando Egipto realizó un mejor papel militar frente a Israel en la Guerra del Yom Kippur–, los líderes islamitas insistían en que se debía a que las tropas avanzaron al grito de “Dios es grande” y no al de “Agua, Tierra, Aire” de la época de Nasser. Explicaciones más mundanas, como que Egipto había alcanzado una sorpresa operativa –la movilización israelí fue ordenada casi en el momento mismo del ataque egipcio– y una sorpresa táctica –los egipcios desplegaron los primeros misiles antitanques– fueron convenientemente dejadas de lado.
La enorme victoria de 1967 había logrado imponer la propia existencia de Israel como Estado en la agenda diplomática. Logro no menor, ya que, por lógica, el reconocimiento es el inicio, y no el término, de la acción diplomática: para 1979 el Egipto de Anwar el Sadat firmó la paz con Israel –paz por la que un grupo islamista asesinaría a Sadat dos años después–. Pero esta guerra también facilitó, para Israel, cuatro décadas de una indiscutida “relación privilegiada” con EE.UU. Si esa relación fue de beneficio recíproco, y la existencia y alcance del “lobby pro–israelí” fueron los ejes de la famosa polémica que, en la Harvard Law School, sostuvieron entre marzo y septiembre de 2006 los profesores de ciencias políticas Stephen Walt y John Mearsheimer y el profesor de leyes Alan Dershowitz. Uno de los pocos puntos en común fue la importancia de la Guerra de los Seis Días como término inicial.
Pero también se generaron costos. La península de Sinaí fue devuelta entre 1979 y 1982, la Franja de Gaza y parte de Cisjordania, en 2005. Las Alturas del Golán siguen ocupadas por Israel, pendiente de resolución de conflictos con Siria. El último informe de Amnesty International sobre el costo humano de la ocupación, es lapidario, y critica las restricciones a la circulación, el ataque a las personas por parte de los colonos, el destrucción de casas y otras propiedades y el muro de Cisjordania.
Lo que sorprende de Medio Oriente es la resistencia del conflicto a agotarse. En parte, la explicación puede encontrarse en la Guerra de los Seis Días. Desde el punto de vista israelí, el desmesurado éxito del primer día –los israelíes perdieron sólo 19 aviones, es decir, menos del 10% de su fuerza, por eliminar del conflicto a sus homónimas de cuatro países– y la posterior ocupación de toda Jerusalén fortalecieron a los sectores más duros de la política israelí. Sin embargo, como decían David Makovsky y Eran Benedeck en 2003, en The 5 per cent solution, sólo el 5% de los colonos israelíes se ha asentado en los territorios ocupados en 1967. Sorprende el número ya que la presencia mediática de esos grupos hace presumir una mucho mayor importancia.
Pero así como Israel no puede abandonar su aura de invencibilidad –a pesar de las claras limitaciones que mostró en 2006 frente a Hezbollah–; tampoco los palestinos pueden evitar iniciar su propia guerra civil aún antes de haber viabilizado su primera experiencia de autogobierno.
Una victoria no tan aplastante en los niveles tácticos y operativo tal vez hubiera permitido –con la salvedad de que se trata de un análisis contrafáctico– una solución mucho más rápida y sencilla del problema de los refugiados palestinos. Pero el excesivo éxito evitó cualquier posibilidad de un rápido compromiso. Aún más, para muchos analistas la resolución de tomar Jerusalén fue tomada a medida que avanzaba el combate. Tal es el peso de los acontecimientos. Quedan por fuera de este análisis multitud de cuestiones –la Resolución 242 de la ONU, el ataque al USS Liberty, las imputaciones de apoyo combatiente y no combatiente a EE.UU. y a Inglaterra, la conformación de los grupos palestinos, las cuestiones de insurgencia y terrorismo, y un largo etc.–. Pero el hecho subsiste: la Guerra de los Seis Días fue el evento más influyente en la conformación del actual Medio Oriente. Cuarenta años después, la región aún vive atrapada en los ecos de aquellas batallas o, lo que es lo mismo, lejos de la paz.
Raúl J Maldonado.
La cita de Kissinger corresponde a La Diplomacia, México, FCE, 1995, pág. 29. Para Walt y Mersheimer, el apoyo de EE.UU. a Israel había excedido con creces las ventajas, y la diferencia estaba en la cuenta del “lobby pro–israelí” –una coalición laxa de cabilderos de diversa orientación, que incluye sectores sionistas duros, fanáticos religiosos como Jerry Falwell e intereses industriales–. Alan Dershowitz, un polemista habitual, aún hoy detenta el record de ser el profesor más joven jamás nombrado en Harvard. Fue partícipe de muchos casos de alto perfil mediático, como el juicio a O.J. Simpson en 1994. En 2002 defendió la aplicación de la tortura en su artículo "Want to torture? Get a warrant". Construyó su argumento contra Walt y Mersheimer sobre la imputación de antisemitismo. Sobre la polémica del lobby proisraelí, puede verse el informe especial de Foreign Policy de julio/agosto 2006.
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