domingo, 27 de mayo de 2007

El fin del Imperio Neocon

“Aquella noche oí explicar a un coronel la guerra en términos de proteínas. Nosotros éramos una nación de cazadores carnívoros con muchas proteínas, mientras que los otros sólo comían arroz y roñosas cabezas de pescado. Íbamos a matarlos a garrotazos con nuestra carne." Así recordaba Michael Herr alguna de las charlas de los días previos a la ofensiva Tet, en Vietnam –el ataque coordinado a más de treinta ciudades en Vietnam del Sur, entre enero y abril de 1968, que constituyó un fracaso militar y un éxito político de primera magnitud para Vietnam del Norte–.
"¿Qué podías decir salvo «usted está loco, coronel» Era como aparecer en mitad de una lúgubre comedia manicomial en la que el tonto tuviera todos los papeles.” Hace pocos días, The Economist reseñó la investigación de Robert Dallek sobre las relaciones, en aquella época, entre el presidente Richard Nixon y su asesor de seguridad nacional y luego Secretario de Estado, Henry Kissinger –dos importantes protagonistas de la comedia manicomial de aquellos tiempos–. Del análisis de más de 2.800 horas de grabaciones de conversaciones en la Casa Blanca, surge la imagen de dos hombres a los que no les importaba el costo en vidas de sus decisiones, sino tan sólo si podían perjudicarse el uno al otro. Lejos de sorprender, estas revelaciones deben recordarnos hasta qué punto la política exterior es, en última instancia, una actividad humana, sujeta a las miserias, limitaciones y grandezas que compartimos como especie.
El final de aquella guerra, en cualquier caso, no implicó el telón para la comedia manicomial, sino tan sólo un cambio de actores. El movimiento neoconservador, nacido a finales de los años setenta, y abroquelado bajo autores como Irving Kristol y Norman Podhoretz, se desarrolló hasta llegar a ser un actor importante en la coalición que llevó al poder a George W. Bush en las elecciones de 2000. Pero fueron los atentados del 11–S los que les permitieron llevar adelante su programa en su máxima expresión: tras décadas de paciente prédica, los neocon aparecían como el único grupo, dentro de la vida política estadounidense, con un plan con apariencia de brindar una salida al desafío de al Qaeda: promover la democracia y la libertad de mercado como un mandato moral absoluto para EE.UU.
De esta premisa inicial pueden deducirse las otras notas del proyecto neocon: la predilección por las coaliciones flexibles, e incluso la acción unilateral, en lugar de los grandes cuerpos multilaterales como la ONU; la utilización expansiva del aparato milita y la preferencia por el ataque preventivo, frente a la prohibición de la guerra de agresión. No fueron extraños a la manipulación de la opinión pública: las míticas armas de destrucción masiva iraquíes, y el nexo de Saddam Hussein con al Qaeda y el 11–S fueron las banderas bajo las cuales movilizaron la invasión.
La celeridad con la que lograron imponer su agenda política sorprendió a tirios y troyanos: entre 2001 y 2005 aparecían como un grupo capaz de avasallar toda oposición, e imponerse sobre toda la vida política de EE.UU. –y, por extensión, del mundo–. Durante 2003, incluso, en el mundo de habla hispana se los llegó a catalogar como una secta religiosa que controlaba la Casa Blanca. El equívoco puede rastrearse hasta un artículo de Alfredo Jalife–Rahme para La Jornada, de México, en mayo de 2003, “
Seymour Hersh expone a la secta esotérica que controla la Casa Blanca”, donde reseñan un artículo en Hersh en The New Yorker. Culmina caracterizando a los neoconservadores “…como miembros de una “Cábala” que posee un conocimiento secreto al que sólo pueden acceder unos cuantos…” Varios párrafos después los trata de “la secta bélica y esotérica paleo–bíblica de La Cábala” y los fanáticos paleobíblicos”. En notas subsiguientes, “…la secta esotérica de iluminados profetas paleobíblicos que domina la Casa Blanca…” y de allí, la referencia se volvió una verdad revelada –si se permite la expresión– en el progresismo de habla hispana.
Sin embargo, volviendo a la fuente, el artículo original de Hersh trata sobre la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, creada por Paul Wolfowitz –él, si, un neoconservador– Subsecretario de Defensa en ese entonces, y quien hace pocos días terminó su paso por el Banco Mundial por un escándalo de corrupción vinculado a ascensos de su novia. Esta oficina se creó con un propósito concreto: realizar el análisis de datos de inteligencia bajo la doble premisa de la existencia de las armas de destrucción masiva en Irak y el vínculo entre al–Qaeda y Saddam Hussein. Ambos argumentos fueron utilizados para justificar la invasión de Irak en 2003. Y sus miembros, según Hersh, se llamaban a sí mismo, en tono casi burlón, “the Cabal”, término que, en inglés, hace referencia a un grupo de personas unidas para llevar adelante una agenda política, y que carece, por cierto, de toda la connotación esotérica que tiene en español. Desde el siglo XVII se utilizaba, en Inglaterra, para hacer referencia a reuniones no oficiales de grupos de ministros del Rey, en particular en lo relativo a política exterior. Y en apoyo de esta visión, el artículo de Hersh no hace mención alguna de secta o iniciaciones: se refiere a la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, a su lucha por imponer su agenda política sobre otras agencias de inteligencia; a las fuentes de información sobre los programas de armas de destrucción masiva iraquíes; etc.
Los neocon protagonizaron, como grupo político, su propia versión de la comedia manicomial: enviaron una significativa fuerza expedicionaria a imponer la democracia –y la libertad de mercado, de la que por supuesto hubieran obtenido suculentas ganancias, además de las vinculadas a la guerra en si misma– en Irak. Los iraquíes no se levantaron en regocijo tras la derrota del régimen de Saddam Hussein, mientras que la insurgencia empezó a extenderse y fortalecerse, al ritmo al que crecían los enfrentamientos sectarios y el país se deslizaba hacia la guerra civil. La democratización por vía de la ocupación militar se ha demostrado como una tarea más allá del poder estadounidense. El fracaso de esta fuerza expedicionaria no sólo debe medirse por el alejamiento de las perspectivas de paz en Medio Oriente. El despliegue de esta fuerza expedicionaria ha implicado, también, la puesta a prueba de la noción de una nueva política imperial: tal era la consecuencia de la agenda política neoconservadora. Precisando, no se trataba de promover o fortalecer las relaciones de vinculación o explotación económica, lo que es común denominar “imperialismo”. Se trataba de la demostración de que no existía alternativa a EE.UU. dado que contaba no sólo con los medios sino también con la voluntad de imponer criterios y políticas en cualquier lugar y en cualquier momento.
Este es el proyecto neocon que ha fracasado. Hace poco más de dos semanas
Geoffrey Wheatcroft realizaba un relevamiento de ominosas señales: la impaciencia de muchos estadounidenses para que termine el mandato de Bush; la pérdida del control del Poder Legislativo; la caída del primer ministro británico Tony Blair; la declaración del líder de la mayoría, Senador Harry Reid, de que la guerra de Irak está perdida; el despido de Paul Wolfowitz del Banco Mundial; el Senado interrogando a Alberto González –el Fiscal General que suscribiera, en 2002, un memorando intentando legalizar la tortura–; para concluir: “Y todo esto ilustra la impenitente arrogancia de la gente que ha guiado el destino de EE.UU. (...) por los últimos seis años. Lo que se siente con tanta agudeza son las condiciones de crecimiento de una perfecta tormenta política, que engullirá y destruirá todo el proyecto neoconservador.”
Jacobinos de la derecha estadounidense de inspiración fascista, promotores de una pax americana sostenida por armas guiadas por láser, grandes campeones de las guerras culturales de la prensa estadounidense, los neocon han aprendido, por el camino duro, que no existen recetas sencillas en política internacional. Claro que, mientras el fiasco iraquí se lleva su sueño imperial al arcón de los malos recuerdos políticos, otros serán los encargados de pagar los costos de su visión simplista de la política internacional.

Raúl J. Maldonado.

Michael Herr fue corresponsal de la revista Esquire, destacado en Vietnam entre 1967 y 1968. Sus memorias fueron publicadas en 1976, bajo el título “Dispacthes” –la cita corresponde a su edición en español, Despachos de Guerra, Barcelona, Anagrama, 2001, pág. 63–. Sus visiones de la guerra de Vietnam resultaron en su colaboración en dos clásicos del cine, “Apocalipsis Now”, con Francis Ford Coppola, y “Full Metal Jacket”, con Stanley Kubrick. En ambas se reconocen escenas enteras de “Dispatches”. Seymour “Sy” Hersh es una institución del periodismo estaounidense: denunció la masacre de My Lai, en Vietnam, en 1968; el programa nuclear israelí; y las torturas a prisioneros en la prisión de Abu Ghraib, en 2004. Sobre el papel de los neocon en la etapa 2001–2005, puede verse CORIGLIANO, Francisco,
Amenazas, seguridad nacional y política exterior, en Criterio, mayo 2007.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario