miércoles, 8 de abril de 2009

Raúl Alfonsín: su hora más gloriosa

El hombre que presidió la restauración de la democracia en Argentina falleció el 31 de marzo de 2009. Recibió honores de Estado, 70.000 personas presentaron sus respetos en una capilla ardiente en el Congreso de la Nación, y otras 100.000 acompañaron su cortejo fúnebre hasta el céntrico Cementerio de la Recoleta. A los tres días de duelo nacional se sumaron Brasil, Uruguay, Chile y Perú, y varios ex presidentes latinoamericanos se hicieron presentes en la ceremonia, junto con las condolencias de dignatarios y potencias extranjeros.
Sea que lo veamos como credibilidad, como confianza, o como la capacidad de un líder de representar y guiar a las masas, el prestigio es un componente ineludible del poder político. No por ello tiene que resultar agradable la puja por la apropiación del prestigio de Raúl Alfonsín, en la que participaron, cuan tirios y troyanos, tanto los líderes actuales de la Unión Cívica Radical como miembros del gobierno, del resto de la oposición, y antiguos oponentes y defensores del periodismo local. Se ha dicho, y mucho, que cada uno elije qué Alfonsín quiere recordar.


Pero aún subsiste la sensación de que, al menos, existe el germen de algo diferente en esa movilización espontánea entre el 1 y 2 de abril de 2009. Puede –y de hecho, así ha sido– pensarse que existía un marcado sesgo de clase en la movilización: a más de la militancia de la Unión Cívica Radical, en el cortejo había un cierto perfil de personas: quienes promediaban entre cuatro y cinco décadas, con un buen ver indicativo de un buen pasar y, en muchos casos, que habían recuperado de entre sus propios cajones de recuerdos apolilladas boinas blancas –distintivo tradicional de la UCR– y desvaídos elementos del mercadeo partidario de aquella campaña de 1983, cuando Raúl Alfonsín terminaba sus discursos recitando, con incontenible pasión, el Preámbulo de la Constitución Nacional. También se ha criticado la rápida reacción de los medios masivos, que al advertir la reacción popular –la noche misma en que murió, más de un millar de personas se agolparon a las puertas de su domicilio– empezaron a hablar del “padre de la democracia”, e inclusive un dirigente radical habló, luego, de “padre fundador”, una metáfora común en la política estadounidense para referirse a la pretensa voluntad de sus propios constituyentes –allá por el tercer cuarto del siglo XVIII– a la hora de resolver conflictos de intereses actuales. Otras valoraciones, por último, son netamente críticas: representan aquellas apetencias de profundizar determinados pasos –en particular, en el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura militar– que, por falta de oportunidad o de convicción –es materia opinable– la administración Alfonsín no fue capaz de realizar.
De aquellos multitudinarios actos de inicios de la democracia, el paso de Alfonsín por el gobierno bien puede ser visto como una sucesión de derrotas: se inició el histórico juicio a las Juntas Militares, pero luego se sufrieron retrocesos bajo las figuras de las instrucciones a los fiscales, y las infames leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Se declamó contra la política económica neoliberal, pero se reconoció la deuda externa –y por cierto que existían argumentos para rechazarla– y se sembraron las semillas de la privatización de entidades públicas. Luego de la conmoción inicial ante el triunfo del radicalismo, los sindicatos y los cabilderos empresariales forzaron, una vez tras otra, la mano del gobierno. Estos son hechos conocidos y aún discutidos.
En materia de política exterior, la participación argentina en los Grupos Contadora –en defensa de la paz en América Central, cuando EE.UU. reaccionaba contra la incipiente democracia nicaragüense minando puertos y financiando, aún contra sus propias leyes, a la “contra” nicaragüense– y Cartagena –que intentó una tibia defensa de los países deudores de préstamos internacionales–; la finalización de las carreras armamentistas, los diferendos territoriales y las hipótesis de conflicto con Chile y Brasil; y el lanzamiento del proyecto de integración que hoy conocemos como Mercosur fueron cotas de grandeza que luego caerían al nivel de las “relaciones carnales” con EE.UU. –la frase de época define, por si misma, la renuncia a toda apetencia de independencia– en la administración Menem. Y un amplio etcétera que incluye los levantamientos militares del hoy político líder de los “carapintada”, Aldo Rico; el ataque al cuartel de La Tablada por el Movimiento Todos por la Patria, reprimido con un poder de fuego desmesurado; los planes económicos que fracasaban al ritmo de la caída de poder adquisitivo de los salarios; los saqueos de comercios en los centros urbanos; la entrega anticipada del poder a Carlos Menem; el Pacto de Olivos en 1994… Una vida política llena de aciertos, errores y maniobras variadas, difícil de calificar en pocas líneas sin caer en la tentación del panegírico, la elegía o la crítica feroz.
Pero la pregunta subsiste: ¿qué llevó a tantas personas a lamentar la muerte de Raúl Alfonsín? Se ha dicho, también, que implicó la muerte de la juventud de aquellos que, hoy, rondamos por los cuarenta. Y, tal vez, este sea un argumento emocional con algo más que una pizca de razonabilidad: durante estos días este cronista ha escuchado, en muchos coetáneos, una suerte de necesidad de definir su propio paso por la vida en algo más que el esquivo éxito material, una añoranza por aquél momento en que parecía que todo era posible, esa frescura en el ambiente que se debía tanto a nuestra propia juventud como a la libertad que respirábamos. Que en ello exista el germen de una nueva era en la política argentina quizá sea, tan sólo, un irracional deseo producto de la exposición a tanto balance mediático.
Alfonsín ha sido tratado, también, de “estadista”, una definición que evoca un gran saber y experiencia en los asuntos de Estado. Es cierto que su oratoria y su convicción fueron potentes elementos, sobre todo en la comparación con los políticos actuales, más preocupados por transmitir su posición en las encuestas que por determinar las grandes líneas estratégicas de sus plataformas. Y algún elemento de estadista hubo en Alfonsín, cuando propuso mudar la capital de la República a la austral ciudad de Viedma, pretendiendo terminar así con el fenómeno del centralismo porteño que, para bien y para mal, signó el desarrollo económico y social del país; y que años después instó la incorporación de la Unión Cívica Radical a la Internacional Socialista.
En el balance, sin embargo, quiero rescatar otra vez aquella maravillosa sensación del período conocido como “primavera democrática”, entre 1983 y 1987. Allí estuvo el mejor Raúl Alfonsín, el líder que supo interpretar el reclamo de paz y de justicia de una porción mayoritaria de la población. Supo interpretar, pero también respetar y conducir a puerto esos reclamos: el histórico juzgamiento a las Juntas Militares, el divorcio civil, la normalización de la enseñanza pública, un nuevo florecimiento de la cultura argentina, el retorno de miles de exiliados, la palabra de millones de oprimidos y el reconocimiento y el respeto a quienes habían resistido a las infamias de la dictadura.
Si un evento debe elegirse para definir el principio del fin de la administración Alfonsín, casi sin duda debe elegirse la Semana Santa de 1987, ante el levantamiento militar de Aldo Rico, que Alfonsín cerró con su famosa frase sobre el orden en la casa. La tradición política argentina es oral, por lo que la reconstrucción del proceso de toma de decisiones se realiza, casi sin excepción, por medio de testimonios orales, con toda su carga de subjetividad y conveniencia. Aún hoy resulta difícil establecer con qué información contaba Alfonsín a la hora de las decisiones, y si el grupo de militares sublevados tenía suficiente poder como para desarticular la capacidad del gobierno para reprimirlos y para mantener el control del Estado. Pero aún ante las dificultades para establecer los hechos, parece indiscutible que allí se produjo un quiebre entre el gobierno y el apoyo popular e internacional.
El martilleo mediático, luego, se enancó en el neoliberalismo: no ya en la aplicación de políticas económicas bajo un paraguas de fundamentalismo católico, como en la dictadura militar; sino en la constante repetición de que la única realidad era “el mercado”, que toda regulación era, por definición, injusta y disfuncional, que toda actividad estatal tendía a la corrupción y el despilfarro. En fin, todo el andamiaje ideológico que llevó a la actual crisis financiera mundial, y que ha performado buena parte del déficit institucional actual de Argetina. Existe alguna ironía histórica en el hecho de que mientras Alfonsín recibía un funeral de Estado, el G–20 haya estado discutiendo unos tibios límites a la orgía neoliberal.
Las rosas y los claveles que pavimentaron el paso del cortejo fúnebre pueden ser vistos como las últimas flores de esa primavera democrática. O como los primeros retoños de algo nuevo y diferente. Hay muchos elementos que inclinan la conclusión hacia la primera suposición. Y muchos obstáculos, que aparecen casi como insuperables, para la segunda. Pero por algunas horas a principios de abril de 2009 pareció que existía ese potencial para el cambio, de la mano de un caudillo radical que había tenido el coraje de defender a las víctimas del terrorismo de Estado –Alfonsín fue miembro fundador de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos en diciembre de 1975–; que había tenido la visión de no apoyar a la dictadura cuando recurrió a la aventura armada en Malvinas –dicha esta calificación con el mayor de los respetos a quienes allí pelearon y murieron, la motivación de la Junta Militar tuvo más elementos de oportunismo que de estrategia–; y que se animó a colocar en el banquillo de los acusados a los miembros de la saliente dictadura militar.
Elijo ese Alfonsín para el recuerdo y el homenaje, y aquel momento en que se podía sentir orgullo y esperanza de vivir en este país. Aquella fue, sin duda, su hora más gloriosa, pero también la del pueblo argentino. Sobre si este último merecerá, con nuevos logros, reclamar como propia esa herencia, el juicio de la historia continúa abierto.


2 comentarios:

  1. El análisis tan detallado no es algo habitual en los medios actuales, que se centran más en la persona y en la forma de la política que en el fondo. Y, el que fuera presidente argentino, fue una persona con mucho que contar, y que no ha acaparado las portadas que mereciera.

    Un saludo La Frontera de Babel

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  2. Estimada María, muchas gracias por su amable comentario, me ha hecho ruborizar.
    Con mis más cordiales saludos,

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